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Castro y sus cómplices

Jueves 22 de marzo de 2007

Se espera que en meses más quede reconstruida y sistematizada toda la información fehaciente que haya sido posible registrar sobre los casi cincuenta años del régimen totalitario de Cuba.

No hay razones para alentar demasiadas esperanzas sobre la luz que aquella reconstrucción pueda aportar a la mirada de quienes se han negado a ver, a pesar del cúmulo de evidencias, los aspectos más siniestros de la tragedia cubana. Nadie se extrañe, pues, si facciones de izquierda o populismos subidos a cualquier ola propiciatoria para sus designios, permanecen tan ciegos como siempre frente al primer balance completo de los crímenes y los desatinos castristas. Sus antepasados ideológicos se mantuvieron por décadas en tal estado respecto del fenómeno soviético, de colosal perversidad en cualquier estudio serio comparado de historia política.

Lo que más importa ahora es que el trabajo encarado por prestigiosas instituciones internacionales pueda servir, al menos, para neutralizar ante la opinión pública y, sobre todo, ante las nuevas generaciones los efectos de una complicidad a la que debe reconocerse no poca eficacia ejercida a lo largo del tiempo en favor de Castro. Un trabajo constante, paciente y generoso en recursos materiales ha procurado disimular los efectos devastadores que la revolución cubana ha tenido sobre el pueblo de la isla, y, por si ello hubiera sido poco, se ha empeñado en transmitir una aureola de heroicidad a la acción de los principales jerarcas de ese régimen brutal y anacrónico.

La recopilación de datos de lo que será un balance del medio siglo de totalitarismo castrista se ha nutrido de los informes de la Organización de Estados Americanos, de ex milicianos y de entidades tan insospechables como Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Cuando ese balance quede concluido la opinión internacional accederá a la información acumulada merced a los aportes de Freedom House, fundación creada en 1941 por Eleanor Roosevelt y, por lo tanto, difícil de impugnar, al igual que aquellas otras, con el sonsonete de que los ataques al castrismo provienen invariablemente de la derecha.

Entre las puntualizaciones principales del informe figurará la lista de las más de 8000 personas que han sido fusiladas o han desaparecido en Cuba desde enero de 1959. Esa cifra es bastante similar a otro muestrario de horrores, como fue el informe de la Conadep para el caso de la represión dispuesta por el gobierno militar argentino contra individuos enrolados en organizaciones subversivas, igualmente responsables de actos de barbarie, en los años setenta.

En la actualidad hay todavía en Cuba unos sesenta prisioneros sobre un número algo superior al que el régimen condenó en 2003, en su mayoría a veinte años de cárcel, por participar en demandas colectivas de más libertad para la sociedad cubana. Hoy mismo, un no vidente, Juan Carlos Leiva, presidente de la Fundación Cubana de Derechos Humanos, denuncia que turbas paramilitares asedian su domicilio.

Todo cambio abre esperanzas de mejoría en las situaciones de absoluta gravedad como la de Cuba. Los hombres libres observan con atención los movimientos, los gestos, las palabras de Raúl Castro, sin por ello dejar de tomar nota de la aparente recuperación de Fidel Castro y de ciertas señales de que estaría dispuesto a retomar el poder. Ellos se van registrando sobre el trasfondo de un cuadro que no han podido pintar con más crudeza sino aquellos que fueron partícipes de la cruzada castrista y son, por lo tanto, los que mejor la conocen desde adentro.

Ese ha sido el caso, por ejemplo, de Carlos Franqui, el ex director del periódico Revolución . Ha dicho Franqui que las tres supuestas verdades castristas de "empleo, salud y educación" no son más que tres mentiras, que se reflejan en míseras raciones alimentarias o en la escasez de electricidad, de ropa, de zapatos Nada se diga, en fin, de las computadoras inalcanzables para niños y adolescentes que van quedando entre las franjas más retrasadas de la humanidad en la hora de una revolución verdadera, la revolución tecnológica.

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