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Sábado 24 de marzo de 2007 | Publicado en edición impresa

Teatro

Momentos de pánico antes de subir al escenario

Por Ernesto Schoo | LA NACION

 
 
 

En inglés se llama stage fright (algo así como "miedo al escenario"; Hitchcock tituló así uno de sus films menores, con Marlene Dietrich), en tanto que en español, francés e italiano se prefiere la palabra trac . Es el ataque de pánico sufrido por los actores cuando deben entrar en escena. Con diversa intensidad, la mayoría de ellos lo sufre. Hace poco, en un excelente documental de la BBC proyectado en el cable, sobre una noche de estreno en Londres, actores experimentados como Judi Dench y Rupert Graves dijeron sentir lo mismo que cualquier novato en ese trance. "Es el peor momento", confiesa Dench, y eso que la veterana actriz se las sabe todas.

Es una reacción natural, la misma que acomete al estudiante que rinde examen, o al paciente en la antesala del dentista. La capacidad de sobreponerse depende del temperamento y la experiencia de cada uno; pero es inevitable, y en los casos más agudos, si se reitera en cada función, el desgaste psíquico y físico es agotador: el sudor es copioso; la garganta se cierra; el deseo de huir es acuciante. El susto suele pasar en cuanto se intercambian las primeras réplicas.

El escenario es el lugar donde los actores viven su verdadera vida, que es la de su personaje, y perciben de inmediato la onda de comprensión (de complicidad, si se prefiere), que va de la sala hacia ellos. ¿Qué pasa cuando el público permanece frío y la onda dista de ser benévola, o cuando el colega se olvida la letra?

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A esta cuestión y a otras relacionadas con lo que pasa en un escenario durante la representación, vista desde adentro, se refiere un libro publicado en Londres, Stage fright, animals and other theatrical problems , escrito por un actor y director, Nicholas Ridout, y que se comenta en la edición del Times Literary Supplement del 2 de marzo último. Ridout empieza por criticar un famoso diálogo de Heinrich von Kleist (1777-1811), donde el escritor alemán elogia el teatro de marionetas como el más deseable para un dramaturgo: ningún actor humano alcanzaría la gracia y la perfección de los muñecos, ya que éstos carecen de conciencia de lo que están haciendo y, por lo tanto, de inhibiciones. Claro, dice Ridout que Von Kleist pasa por alto un detalle: las marionetas son movidas por hábiles operadores humanos. "Y un intérprete absolutamente perfecto incomodaría sobremanera a un público imperfecto".

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Para Ridout, las miradas o las pausas imprevistas, lo accidental en cada representación, es lo que haría al teatro todavía atractivo, en contraste con la invariabilidad mecánica del cine. La teoría es discutible, pero no carece de interés, y confirma lo que sabemos: primero, que la presencia física, inmediata, del actor, provoca la empatía del espectador; y luego, que ninguna función es exactamente igual a otra, precisamente porque esos incidentes, por menudos que sean, muestran que en la escena circula una corriente vital que compromete por igual a intérpretes y público.

Ahora bien, ¿cómo enfrenta el actor un súbito olvido de la letra -ya sea propio o ajeno-, o la distracción del utilero que no puso un objeto clave en el cajón del escritorio, o la caída imprevista de un sector del decorado? Como regla general, de inmediato se acude en auxilio del olvidadizo: se dice su parlamento, acomodándolo al momento, o se le da pie para que el diálogo siga como si nada.

En la noche del estreno en el San Martín, a fines de 1997, de Un guapo del 900 , un veterano actor prestigioso (ya fallecido) a quien se había confiado un papel de reparto en la primera escena, mostró de inmediato estar en el limbo: ni recordaba su letra ni sabía adónde ir. Muy hábilmente, sus compañeros lo rodearon, lo abrazaron y lo sacaron del escenario entre todos, fingiendo que ese movimiento pertenecía a la obra. Los espectadores tal vez ni se dieron cuenta.

Iris Marga me contó una vez que en su debut en el Casino, en un cuadro musical en el que ella cantaba -la primera vez que lo hacía en público, en Buenos Aires, pues venía de una gira-, al entrar en escena se le cerró la garganta y se sintió perdida. "El director de orquesta, al verme aterrada, me hizo un gesto cordial, animándome, y repitió la introducción; si no fuera por él, ahí mismo se terminaba mi carrera, que recién empezaba." .

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