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Cambalache

El lobo y los chanchitos

LA NACION revista

Uno es la historia que vivió, y la historia personal no está formada sólo con las experiencias individuales, sino con las de la sociedad con la que se comparte el azaroso camino de la vida. Así, la familia, los amigos, los compañeros de estudios (si los hubo), de juegos (siempre los hay) y de trabajo (muchas veces no hay) se incorporan por derecho propio a la "pequeña" historia personal, y los gobiernos con sus legisladores, la justicia con sus jueces y letrados y la situación internacional de cada momento histórico lo hacen con su determinismo social, político y económico, que termina por definir el balance de nuestra existencia.

No es lo mismo haber nacido en Francia en 1760 que en Etiopía en 1936, o en Rusia en 1531 que en Roma cien años antes de Cristo. Ser judío pudo significar sentencia de muerte durante el nazismo y ser cristiano, el camino directo al martirio en la Roma imperial. Ser negro en el continente africano era preferible a serlo en las colonias europeas o americanas cargado de cadenas y con la espalda llagada de latigazos.

Y no es igual un negro en los Estados Unidos pre-Kennedy que en la actualidad, y si no pregúntenle a Condoleezza Rice. Hasta no hace tanto, en la época de la campaña de Kennedy, allá por finales de los cincuenta, el apoyo del gran cantante negro Sammy Davis Jr. al candidato demócrata hizo que en diarios y órganos de propaganda de la derecha norteamericana se publicaran comentarios como éste: "¿Seguirá siendo nuestra Casa Blanca realmente blanca?" ¡adorables! ¿no? La persecución a los disidentes y homosexuales en el régimen cubano, en la época de Stalin y durante el maccartismo en EE.UU. puede parecer "cosa superada", pero cada tanto la historia vuelve a repetirse, y ser diferente o disidente lo hace a uno "sospechoso" y por lo tanto vigilado.

La complicada y muchas veces intrincada trama de la vida nos lleva por caminos llenos de curvas, desvíos, tramos gozosos y sendas llenas de obstáculos y, aunque nos empeñemos en no registrar el afuera y nos declaremos prescindentes de toda posición a favor o en contra del poder de turno, ese poder golpeará a nuestra puerta como el lobo que se quiere devorar a los tres chanchitos, que se creen seguros porque no saben que a la bestia es muy difícil engañarla con subterfugios, y tarde o temprano se las ingeniará para entrar en casa.

El "afuera" juega un papel preponderante en nuestro "adentro". Por eso se hace muy difícil juzgar objetivamente a nuestros semejantes y desde nuestro lugar nos resulta casi imposible comprender algunas de sus conductas.

Cuando, allá por los años cincuenta, llegaba la última ola de inmigrantes europeos de la posguerra, los prósperos argentinos se asombraban al ver el valor que le daban a un plato de comida caliente y a la tranquilidad de irse a dormir sabiendo que no tendrían que levantarse en medio de la noche para meterse en un refugio antiaéreo por un bombardeo.

Deberíamos hacer el esfuerzo para tratar de entender las acciones y los comportamientos de una generación que ha crecido sin escuela, sin la más mínima educación, rodeada de mugre física y moral, sin posibilidades de trabajo decente y medianamente bien remunerado, con el delito como única salida laboral, con la explotación de mayores irresponsables y con funcionarios sospechados de todo tipo de irregularidades y autoridades policiales que van del gatillo fácil a la transa corrupta. Comprender no es justificar ni apañar ni fomentar: es abrir una puerta a la razón, conocer la historia y enfrentar las soluciones posibles desde esa conciencia y desde el pequeño-gran esfuerzo de pensar qué hubiera sido de nosotros en semejante entorno. Es eso, nada más: una vida sin techo, sin trabajo, sin agua corriente, sin escuela. eso, el infierno. Sólo imaginésmonos en esa historia y después hablemos.

revista@lanacion.com.ar

El autor es actor y escrito .

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