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Domingo 01 de abril de 2007 | Publicado en edición impresa

Bibliografía

Una obra siempre abierta

INTRODUCCION A DERRIDA
Por Maurizio Ferraris-(Amorrortu)-Trad.: Luciano Padilla López-192 páginas-($ 32)

 
 
 

Sabido es que, desde el inicio de su vasta y compleja obra, Jacques Derrida se situó en los márgenes de la filosofía, posición que supone cierta estrategia discursiva. Para decirlo a su modo, y en los términos de la que fue, a la sazón, su última entrevista -realizada en 2004 y publicada hoy bajo el título Aprender por fin a vivir -, el "gusto riguroso por el refinamiento, la paradoja o la aporía" implicaban, para él, una exigencia (extendida al lector), y todo aquello en lo que pueden verse los rasgos de su estilo -como "los injertos sin confusión de lo poético con lo filosófico, o algunas maneras de utilizar homonimias, lo indecidible, las astucias de la lengua"- respondía a una " necesidad propiamente lógica ".

Más allá o más acá de la necesidad lógica subyacente al discurso del filósofo argelino, discurso que invita más fácilmente a la cita o al intento de imitación que a la paráfrasis o a la glosa, ¿se puede abordar su obra no en los márgenes, sino en el seno y en la historia de la filosofía misma?

Maurizio Ferraris, profesor de Filosofía en la Universidad de Turín y en el Collège International de Philosophie (París), responde afirmativamente a esta pregunta, sin planteársela, en su Introducción a Derrida , ordenada en tres etapas y enriquecida con todos los anexos necesarios (cronología de vida y obras, historia de la crítica, bibliografías).

Se trata, claro está, de una interpretación (no se puede introducir a un filósofo "objetivamente", ni siquiera al más clásico, que no es ni más transparente ni menos complejo), guiada tal vez por una tesis de fondo, implícita o sólo explicitada en el anexo "Historia de la crítica", según la cual Derrida sería un "heredero altamente innovador" de la filosofía de Edmund Husserl, a la que se consagra, de entrada, en su primera etapa ("1952-67: Aprendizaje fenomenológico").

Siguiendo ese hilo, Ferraris sitúa al primer Derrida en la que dio en llamarse la "generación de las tres H", marcada por la introducción y el estudio, en Francia, del pensamiento de Hegel, Husserl y Heidegger. También recuerda que, para llegar a los objetos ideales (necesidad esencialmente científica), Husserl suspende toda referencia "natural" al mundo y salva los fenómenos como hechos de conciencia (reducción fenomenológica), que son depurados en su idealidad (reducción eidética) y, finalmente, trasciende la caducidad del sujeto empírico para llegar al Yo trascendental, conciencia pura, dimensión del sujeto eterno (reducción trascendental).

Es ese Husserl -dice Ferraris-, el epistemólogo, el que le interesa a Derrida, que elucida la dialéctica entre lo empírico y lo trascendental en su tesis de grado, El problema de la génesis en la filosofía de Husserl (1954, publicada en 1990). Luego, en su traducción e introducción (1962) a El origen de la geometría , de Husserl, emerge en Derrida, como bisagra entre ambas dimensiones, el elemento empírico-trascendental, el signo, particularmente el escrito, que asegura la transmisión.

El camino se va precisando: de la dialéctica al signo, del signo a la marca o huella. En La voz y el fenómeno (1967), al interpretar la diferenciación que establece Husserl entre la expresión (los signos intencionales, que "quieren decir" algo) y el índice (los no intencionales, como los gestos involuntarios, o una marca de tiza), Derrida esboza su propia filosofía. Sintetizando: en su reducción (fenomenológica) de lo mundano, Husserl deja a un lado los signos no intencionales (entre ellos la marca, la escritura) y privilegia la expresión, el "querer decir", la intencionalidad de una conciencia que hace "presente" un sentido en la voz del soliloquio (la voz "viva"). Es ese privilegio el que estará en discusión en la trilogía compuesta por La voz... , La escritura y la diferencia y De la gramatología (publicados en 1967), que recorta "el perfil de una filosofía autónoma y fuertemente caracterizada", escribe Ferraris sobre esta segunda etapa ("1967-80: Deconstrucción de la metafísica").

Allí distingue dos movimientos en el trabajo de Derrida. El primero es la "construcción", la propuesta teórica planteada en la Gramatología ("la Crítica de la razón pura de Derrida", afirma, y la analiza en detalle), en la que se generalizan los planteos de su discusión con Husserl: el fundamento de toda experiencia sería la huella, la escritura concebida como archiescritura, que se sitúa en un estrato más originario y estructural. La represión de esa huella (y de la escritura como técnica) sería el trasfondo de la historia de la metafísica occidental, que pone del lado "moralmente bueno" el logos (la palabra, el decir) como interioridad e intencionalidad consciente, y del lado "malo" a la escritura fonética (el logocentrismo es también etnocentrismo: hay escrituras no fonéticas), derivada, pura exterioridad.

Segundo movimiento de Derrida: la "deconstrucción", que intenta explicitar estas contraposiciones en el discurso filosófico y echar luz sobre las represiones y los juicios de valor que subyacen a esta instauración.

Además de los textos ya indicados, Ferraris trata en esta etapa la tríada de 1972: Márgenes de la filosofía , La diseminación y Posiciones . Con menos referencias a Nietzsche que a filósofos clásicos como Kant, o el ineludible Heidegger, el especialista italiano explica conceptos como la presencia, el logocentrismo o la différ a nce , nodales en Derrida que, lejos del "nihilista" y del "posmoderno", tiende al "mesianismo".

Este es el argumento central del análisis de la tercera etapa ("1980-...: Objetos sociales"). En ella se sitúan obras como Espectros de Marx (1993), donde resurgen ante todo el Marx utopista y el "espectro del comunismo" como promesa de una justicia por venir; los análisis de conceptos como la hospitalidad, la amistad, el don o el perdón, éticamente ambiguos pero abiertos a un futuro, y las cuestiones del duelo, el testimonio y la autobiografía. Ferraris no esquiva las aporías, las antinomias y los indecidibles del discurso de Derrida (molestos para sus detractores, cautivantes para sus seguidores), pero no parece pensar, como él, que respondan a una " necesidad propiamente lógica ". ¿Queda un Derrida "depurado"? ¿Un filósofo clásico?

Que la interpretación de Ferraris, tan consistente como discutible, dé lugar a la polémica y abra el campo para nuevos lectores curiosos y nuevas interpretaciones es ya un modo de hacerle justicia -más acá de la justicia por venir- a la obra abierta por Jacques Derrida. .

María del C. Rodríguez
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