"Hoy, las elecciones son decisivas y se vota, pero son insuficientes", dice el profesor Isidoro Cheresky Foto: Rodrigo Néspolo
“La democracia es un régimen inestable”, afirma Isidoro Cheresky, y da por tierra con la certeza de que es, por sí misma, la salvadora que tenemos los argentinos, quizá por la memoria de las dictaduras. Cheresky da un paso más: la democracia, aquí y en el mundo, está hoy en “un período de mutación decisiva”, que le proporciona, al menos, dos rasgos novedosos.
Por un lado, la legitimidad creciente que le da el voto; por otro, la presencia constante de los ciudadanos en el espacio público, tanto como sujetos de encuestas como en las acciones directas de protesta, “que instalan la amenaza constante del estallido y dejan a las instituciones desconcertadas”.
Doctor en Ciencias Sociales, Cheresky es profesor titular de Teoría Política Contemporánea y de Sociología Política en la UBA e investigador principal del Conicet. Acaba de publicar La política después de los partidos (Prometeo), una compilación de trabajos que describen este nuevo escenario político.
En un tono mesurado y reflexivo, que culmina de pronto en definiciones contundentes, dice Cheresky que el presidente Néstor Kirchner fue hábil al construir “una popularidad en relación directa con la ciudadanía”, pero que ese liderazgo necesita actualizarse si quiere perdurar. “Para poder darle un rumbo al país hace falta cierta homogeneidad, no sólo una convergencia en torno a la figura presidencial", reflexiona.
-¿Qué escenario se produce ante el debilitamiento de los partidos políticos?
-La idea que nosotros tenemos de la democracia es que tiene uno de sus pilares y dispositivos principales en los partidos políticos. Creo que la democracia representativa, tal como la conocimos, está en una mutación decisiva; que estamos evolucionando hacia una democracia con otras características y otros problemas. En la Argentina existía la idea de que la crisis de la democracia representativa en su forma tradicional era una derivación del cacerolazo, que iba a haber una superación de la crisis y que las cosas volverían a encarrilarse. Pero ya en las elecciones de 2003 los cinco candidatos principales competían por fuera de las etiquetas tradicionales. Hay una nueva escena, con otros formatos de representación.
-¿En qué se ven los cambios?-Hay dos rasgos principales. Uno es que la legitimidad electoral hoy es decisiva. Se vota en serio. Otro es que hay una presencia constante de la ciudadanía en el espacio público. En cuanto al primer aspecto, en la Argentina, hasta 1983, las corporaciones tenían mayor peso. Hasta entonces, las elecciones habían sido siempre dudosas. Hoy, las elecciones son decisivas, pero insuficientes.
-Hay una sensación de que lo que uno vota no termina pasando.
-Lo que sucede es que el elector que vota está dispuesto a la protesta. En el pasado había una imagen del pueblo, como se decía entonces, vinculada a la participación de masas, encuadrada en sindicatos, en corporaciones, en la Plaza de Mayo. Esa movilización no existe más. Pero hay una ciudadanía que permanece presente en el espacio público. Esa presencia tiene una forma habitual que es virtual, a través de las encuestas que construyen la opinión, una especie de grado cero de la ciudadanía que tiene pendiente a quien quiera actuar políticamente, en primer lugar, al Gobierno. Pero hay otra legitimidad que se tiene que reproducir continuamente, porque existe la amenaza constante del estallido. La ciudadanía está presente en la capacidad que ha adquirido su acción, que es a veces popular, como la más tradicional de piqueteros y sindicatos, y es otras veces ciudadana, como la de los asambleístas de Gualeguaychú. Sigue habiendo aparatos políticos, pero las pertenencias se constituyen en la campaña electoral; la identidad es en torno de un líder. La representación está dada por coaliciones, pero no coaliciones a la vieja usanza, en las que diferentes grupos políticos se sentaban a negociar, acordaban un programa y se distribuían las candidaturas. Las coaliciones hoy se hacen en torno de líderes con popularidad.
-Usted ha escrito que la reconciliación de los argentinos con la política después de 2001 se realizó a través de la reconstrucción de la autoridad presidencial. ¿En qué medida la de Kirchner es una autoridad presidencial distinta?
-Kirchner viene de los márgenes del Partido Justicialista. Creó un núcleo presidencial que lo acompañó y tomó decisiones completamente inesperadas que iban a contracorriente de ciertos intereses, algunos cruciales, y de lo que se había constituido en el sentido común.
-¿Por ejemplo?-El modo en que renegoció la deuda externa. Allí dio la imagen de que efectivamente el mandato popular valía y replanteó cierta idea de justicia. En derechos humanos, se suponía que las corporaciones eran intocables. El hecho de que se derogaran las leyes que habían amnistiado a los procesados creó un clima público que fue más allá de los tradicionales interesados por esa temática. La gente que no estaba de acuerdo con Kirchner o estaba fastidiada con su estilo se encontró con un presidente que ejercía autoridad política.
-¿Cómo puede continuar eso sin una estructura política?-Ese es el enigma en la Argentina y en otras sociedades latinoamericanas. Hay que adaptar la representación misma a esta nueva realidad.
-¿Cómo se hace para incorporar la presencia continua del reclamo en el espacio público?
-Lo que suele suceder es que las instituciones son arrasadas por la protesta. Por ejemplo, he visto muy poco a los líderes políticos principales posicionarse frente a la protesta de los vecinos de Gualeguaychú de un modo que suponga escucharlos sin plegarse a ellos. Un caso característico de lo que sucede en esta democracia de movilización es que puede haber una disociación entre la protesta y la opinión pública, como sucedió con el juicio de destitución a Aníbal Ibarra. El hecho de que los órganos representativos, como la Legislatura, no puedan preservarse para que sus instancias de acusación y juicio deliberen en condiciones de razonable ecuanimidad es una ilustración de la incapacidad de las instituciones y de los líderes políticos frente a esa ciudadanía liberada de ataduras.
-¿No hay peligro de que el espacio público se use para instalar demandas privadas?
-Para que esa sociedad activa, fragmentada y caótica no se instale como generalidad hace falta que se discuta el rumbo nacional, lo que es justo y lo que es injusto, legítimo e ilegítimo, en un debate en el que todos participen.
-¿Cuán cerca ve a la dirigencia argentina de poder encarar un diálogo de este tipo?
-Kirchner ha logrado un gran reconocimiento con un liderazgo que se pretende ajeno a las corporaciones y a los intereses creados. Ahora, el Presidente está ante el desafío de actualizarse, porque ese modelo de salida de la crisis no puede ser durable. Para poder dar un rumbo al país, hace falta cierta homogeneidad, no sólo una convergencia en torno de la figura presidencial.
-¿Ve alguna señal positiva?-En la Argentina hay una tendencia al pluralismo institucional, que se expresó en las elecciones de 2005, porque ese reconocimiento a Kirchner no se transfiere a sus candidatos. No sucedió en la Capital ni en Santa Fe ni en Mendoza. En otras partes hubo fórmulas combinadas, de coalición. El proceso electoral muestra que, aunque hay un reconocimiento al Presidente, en las elecciones locales se arman escenas diferenciadas.
-¿Qué cuentas pendientes tiene nuestro sistema político?-Creo que en la Argentina no se puede hablar de una renovación política y que hay muy poco Estado de Derecho. Hay problemas con el cumplimiento de la ley, con el ordenamiento de las instituciones. La renovación de la Corte Suprema fue importante. Ha habido cierta renovación de las fuerzas de seguridad, pero hay problemas con los grandes dispositivos institucionales, y esos problemas se han acentuado.
-Usted ha escrito que la fortaleza de la democracia es su carácter inestable. ¿Tenemos que aprender a vivir con eso?
-Efectivamente, creo que la democracia es un régimen inestable. Hay una tradición que piensa que las instituciones son contenedores dentro de los cuales se encarrilan las personas. No es así. Hay ideales del siglo XX, como la pertenencia de los individuos, la estabilidad del voto, la continuidad de los legisladores, que corresponden a una representación convencional de las instituciones, que tiene bastante que ver con las crisis que se produjeron en ellas. No se puede construir un régimen político que parta del presupuesto de que los gobernantes son una especie de padres de los individuos, irresponsables por naturaleza.
Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION