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Buen humor y refinamiento musical

Domingo 01 de abril de 2007
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La venganza de don Mendo , ópera de Ernesto Mastronardi en versión semiescénica. Elenco: Leonardo Estévez (Don Mendo), Paula Almerares (Magdalena), Mario Gabriel Centeno (Don Pero), Oreste Chlopecki (Don Nuño), Celina Torres (Azofaifa), Vanesa Mautner (Doña Ramírez), Osvaldo Peroni (Abad), Susana Moreno (Bertoldino) y Oscar Grassi (Relator). Director escénico: Eduardo Rodríguez Arguibel. Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Reinaldo Censabella. Teatro Avenida. Nuestra opinión: bueno

Como era de imaginarse, aunque no por eso razonable, hubo muy poca gente en la reposición de La venganza de don Mendo, en el teatro Avenida. Las causas habría que rastrearlas en el tremebundo temporal que se extendió, largo y molesto, hasta poco tiempo antes del comienzo de la obra y, con mayor incidencia, en un conocido, inveterado e injustificado preconcepto que indica que una ópera de compositor argentino debe tener pocas o nulas chances de despertar algún interés. Pues bien, tal vez lo más rescatable de esta adaptación de la ópera original para versión de concierto con vestuario y actuaciones sea, precisamente, el texto sutil y socarrón de Pedro Muñoz Seca y la música de Ernesto Mastronardi, un feliz collage escrito con mucho oficio, estrictamente en función del libreto.

La partitura de Mastronardi -quien, inexplicablemente, en el programa de mano aparece como repertorista- es tonal y ajustada a cierta tradición escénica decimonónica con ocasionales recursos de la música del siglo XX utilizados como ornamentación para la creación de ciertos efectos particulares. A lo largo de sus dos actos, se perciben sonidos operísticos, zarzueleros, de música incidental cinematográfica, arias en estilo de óperas del bel canto , típicas escenas de comedias musicales y hasta eventuales pasajes de músicas populares. Las objeciones que se pueden efectuar tienen que ver con la realización de la ópera en sus aspectos técnicos, interpretativos, vocales y escénicos, algunas muy puntuales y específicas y otras generales y casi esenciales.

Paula Almerares interpretó a la enamoradiza Magdalena en esta versión de La venganza de don Mendo
Paula Almerares interpretó a la enamoradiza Magdalena en esta versión de La venganza de don Mendo. Foto: Miguel Acevedo Riú

La presentación de la ópera tuvo su peor obertura cuando, a telón cerrado, un delegado del Coro Polifónico Nacional se apropió del micrófono que estaba destinado al narrador para leer un comunicado que, por lo demás, ya había sido repartido entre el público. Más allá de la justicia o injusticia de los reclamos, la redundancia escrita y oral no parece pertinente. Hubo abucheos y aplausos, y el escaso público quedó enfrascado en una minidisputa a gritos un tanto apagados, aunque no lo suficiente como para no poder evitar oír alguno que otro insulto absolutamente innecesario.

En esta puesta semimontada, la Sinfónica se dispuso sobre el escenario dejando libre el espacio anterior para que en él los cantantes desplegaran su canto y, en general, sus muy buenas actuaciones, sobre todo cuando ofrecieron sus diálogos y monólogos. Pero cuando afloró el canto, correcto en líneas generales, el texto se hizo mayormente ininteligible y se notó sobremanera la ausencia de un sobretitulado electrónico que pusiera en claro qué estaba diciendo cada uno de los cantantes, algunos más claros, otros, decididamente ininteligibles. Inflexiones del canto, algún melisma, vibratos exagerados, un volumen desmedido de la orquesta, caudales insuficientes de algún cantante, muchas fueron las causas para la ininteligibilidad del canto. La cuestión es que oír un texto a partir de palabras sueltas no es lo ideal cuando el libreto es estupendo y la música y la puesta están en función de él.

Gracias al narrador, muy bien interpretado por Oscar Grassi, con toda la gracia y con suma eficiencia, podían comprenderse las situaciones generales y el devenir de la acción. Pero cuando dejaba la puerta abierta al anunciar sólo quiénes llegaban a la escena, no siempre se comprendió qué era lo que sucedía o qué planes pergeñaban. Así, sólo quedó en el campo de la imaginación y de la intuición saber cuál era la moraleja o las parábolas con las cuales se cerraba la ópera en el último cuadro cuando todos los muertos resucitan para armar un final feliz, exactamente lo que correspondía para tanto buen humor y tanto refinamiento literario y musical.La progenie de don Mendon Cuando los grandes actores construyen sus papeles se despersonalizan hasta tal punto que nadie debe ver sino a los personajes que protagonizan. En general, las actuaciones de todo el elenco fueron de lo mejor que hubo en esta puesta. Pero al menos hubo un espectador que no pudo separar ficción de realidad y no porque quien estuviera involucrado en el incidente hubiera tenido algún déficit en su trabajo. Cuando Leonardo Estévez ingresó por primera vez al escenario, desde las filas posteriores de la platea se escuchó, tierna y emocionada, una voz infantil que dijo claramente: "Ese es papá".

Pablo Kohan

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