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Domingo 08 de abril de 2007 | Publicado en edición impresa

Cambalache

Las trampas del éxito

Por Enrique Pinti

 
 
 

En estas épocas exitistas es conveniente replantearse, cada uno en su perspectiva de vida, qué es el éxito.

Se supone que éste tiene que ver con el goce y el disfrute de un conjunto de factores que forman lo que suele definirse con una palabra enorme, pequeña, clara y confusa a la vez: felicidad. Por lo tanto, lo “exitoso” debería pasar por hacer lo que nos gusta, eso por lo que hemos luchado toda nuestra vida.

Lo perfecto no existe, pero lo que más se acerque a eso será nuestro éxito, que no pasa sólo por lo económico, sino por la íntima satisfacción de hacer lo que uno cree correcto, útil y beneficioso para sí mismo y para todos los que amamos.

El mundo está lleno de fracaso y frustración; millones de seres humanos naufragan en un océano de dificultades de todo tipo; otros apenas logran mantenerse a flote, siempre con crisis económicas o psíquicas, trabajando en cosas que no los hacen felices, con salarios de hambre y pocas perspectivas de progreso. Miles y miles de almas viven hacinadas y revueltas en barrios marginales, páramos desolados sin la más mínima atención sanitaria o en palacios mal habidos, llenos de intrigas y conspiraciones. Muchísima gente es perseguida por sus ideas, su color de piel, su raza, su religión o su conducta sexual, mientras aparentes “exitosos” llenos de glamour y dinero se desmoronan y desangran en relaciones amorosas y familiares lamentables, hundidos en el infierno del alcoholismo y la drogadicción extrema. Es por eso que cada vez que se pronuncia la palabrita (éxito) hay que desen­trañar su verdadero sentido y volver a poner sobre el tapete la trilladísima pregunta: “¿Sos feliz?”. Si la respuesta es afirmativa (con las limitaciones lógicas), el éxito tiene sentido.

La ley de las compensaciones da por un lado lo que quita por otro, y la cordura del sabio permite valorar los logros y equilibrarlos con los pasos en falso y los temporales bajones de ánimo. Cuando eso está claro recién podemos hablar de éxito con cierto fundamento.

Es necesario respetar a los demás en sus logros y aciertos, y comprender lo que ha tenido que superar cada uno para valorar la sensación de triunfo, que a lo mejor para nosotros es insignificante y para los otros es una apoteosis de felicidad.

El que vive de acuerdo con sus convicciones e ideales es el verdadero exitoso. Así, deberíamos enseñar a nuestros hijos que “famoso” pudo ser Jack el destripador y “exitoso” pudo ser Adolf Hitler durante más de una década en la que fue la gran amenaza de la libertad mundial, pero ni el nunca descubierto asesino ni el muy conocido dictador sangriento pasaron a la historia por ningún valor positivo. La fama a cualquier precio y el éxito que se consigue por el escándalo, la traición y la matufia política no significan nada más y nada menos que el peor de los fracasos, el fracaso insuperable de aumentar, con el crimen, la prepotencia y la malversación de valores, la cuota de mala calidad de vida que arruina la existencia de millones de seres humanos.

Esos “éxitos” no son duraderos, y muchos de esos “exitosos” (no todos los que debieran lamentablemente) tienen caídas horrorosas y decadencias patéticas. De esos exitosos están llenos los cementerios de ilusiones.

El autor es actor y escritor .

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