Extra Moda / Personajes
Señor jean
Levi Strauss, fundador del emporio Levi Strauss& Co., creó el primer jean en el año 1853. Hoy, su sobrino tataranieto, Bob Haas, ex CEO de la empresa y actual presidente de la Fundación Levi Strauss, hace filantropía siguiendo los principios de su antepasado
Si un día de mediados del siglo XIX un sastre de Reno, Nevada, hubiera tenido 67 dólares y no hubiese necesitado la ayuda de un comerciante radicado en San Francisco, California, ciento cincuenta años más tarde el hombre que sonríe en una sala de reuniones de un hotel cinco estrellas de Buenos Aires probablemente no sería quien es, probablemente no estaría aquí.
Bob Haas fue CEO entre 1984 y 1999 de una compañía que factura 4500 millones de dólares al año, es presidente de la fundación que auspicia una rama filantrópica dentro de esa compañía y algo así como el sobrino tataranieto de un inmigrante judío llamado Levi Strauss que, llegado a Estados Unidos a principios del siglo XX desde Buttenheim, Alemania, montó un comercio de telas al por mayor y terminó inventando una de esas cosas que –como la electricidad, la penicilina o Interne–- parecen haber estado siempre ahí.
–Mi antepasado –dice Haas– llegó a Nueva York en 1848 escapando de la persecución religiosa y buscando nuevas oportunidades. Pronto escuchó las noticias de la fiebre del oro en California, y allá fue. En 1853 comenzó su negocio en San Francisco. Era un negocio chico. Tenía indumentaria de lona para los mineros, medias, ropa interior.
En 1873, uno de sus clientes, Jacob Davis, un sastre de Reno, Nevada, fue a verlo con una idea: entre sus clientes se contaban mineros hartos de que los pantalones se les rompieran ya que guardaban las rocas en los bolsillos y las costuras estallaban bajo el roce y el peso.
–El sastre les puso remaches a los bolsillos y resultó muy bien. Pero cuando quiso patentar la idea no tenía los 67 dólares que costaba registrarla. Entonces fue a ver a mi antepasado, y él puso el dinero.
Así, en 1873, vio la luz el primer Levis, un pantalón para trabajadores, de lona y con los bolsillos reforzados por remaches. Se llamó 501 debido al número de lote de fabricación que se le asignó.
–Después empezaron a hacerse de denim. El denim venía de la ciudad francesa de Nîmes; de ahí su nombre. A su vez, estos pantalones eran muy usados por los marineros que venían de Génova, Italia, y de la pronunciación de Génova en francés (Gênes) quedó jeans. Pero hasta después de la Segunda Guerra Mundial la compañía fue un negocio mayorista de venta de pantalones y ropa interior. Fue mi padre el que se dio cuenta de que la gente joven empezaba a usar los jeans, y vio la oportunidad.
Señores y señoras como Marilyn Monroe, Marlon Brando, James Dean y Elvis Presley empezaron a usar el jean, y lo que por ochenta años había sido ropa de trabajo se convirtió en icono de rebeldía. Levis Strauss murió en 1902, pero aquella primera tienda de San Francisco se transformó en un emporio con brotes en 110 países al que se le ha cuestionado incluso el hecho de haber cerrado sus plantas en Estados Unidos y Europa para manufacturar productos en sitios donde la mano de obra es más barata, como Africa y Asia. Desde 1950 existe la Fundación Levis Strauss, de la que Haas es presidente y cuyo objetivo es actuar como catalizadora para dar resolución a las necesidades básicas de las comunidades, sobre todo en lo referente a niños y mujeres, y lucha contra el sida. La ayuda se realiza a través de diversos programas orientados sobre todo a promover que mujeres y niños identifiquen sus necesidades y participen “activamente en la solución de sus propios problemas”, así como a tratar temas tales como el racismo y la discriminación en esos sectores.
–Creemos en ayudar a la sociedad en la que hacemos negocios, y siempre tenemos algún socio local. Aquí nuestro socio es la Fundación Huésped. La filosofía de la empresa es “ganancias con principios”. El mayor legado de mi antepasado fue la integridad en los negocios y el interés por los empleados, por las comunidades.
Sea como sea, la unión de una buena idea y una tela dio origen al que probablemente sea el icono más inoxidable del mundo de la moda.
–El jean es el ítem más personal que tenemos. Es confortable, siempre está de moda. Todo el mundo tiene un recuerdo de algo que sucedió en su vida usando un jean. ¿Te despiertan el mismo sentimiento tus anteojos, tus zapatos? No. Y eso sucede porque el jean te hace sentir libre.
Por Leila Guerriero lguerriero@lanacion.com.ar Para saber más
Historia de un icono
Por Diana Fernández IrustaQué puede haber en común entre una glamorosa modelo francesa enfundada en los últimos diseños de Jean Paul Gaultier y un tosco buscador de oro en la California de fines del siglo XIX? El género del que están hechas las prendas que portan. De pies a cabeza, ambos visten ropa confeccionada en denim. Un género resistente, práctico y adaptable, que, aplicado a la confección de pantalones, dio lugar al nacimiento de un mito, un estilo de vida, un monumento cultural.
Algunos estudios consideran que ya en la Edad Media se producía en Europa un género de algodón de gran resistencia que bien podría haber sido el tatarabuelo del denim actual. Asimismo, se sabe que a partir del siglo XVI, en la ciudad francesa de Nîmes se elaboraba una tela teñida con añil, de color azul, apta para confeccionar velas de barcos, toldos y lonas. De la reiterada mención de su procedencia (“de Nîmes”) habría surgido el término “denim”. Por otra parte, la denominación “jean” nació en Inglaterra, donde se denominaba de este modo a un tosco género de algodón fabricado en Génova.
Sin embargo, podría decirse que la historia del popular jean comenzó a principios de 1848, en California. Un periódico de esta ciudad anunció con bombos y platillos la gran noticia: se habían encontrado pepitas de oro en la región. Un alud humano llegado de todas partes del mundo se instaló allí, dando comienzo a la fiebre del oro. La protagonizaban hombres rudos, sin nada que perder, dispuestos a hacerse ricos de la noche a la mañana.
Por aquellos tiempos, Levi Strauss, un joven alemán recién llegado de Europa, montó un almacén para abastecer a los afiebrados buscadores de oro. Vendía lonas para hacer carpas y toldos para carretas. Hasta que lo comprendió: no eran tiendas lo que los mineros necesitaban, sino algún tipo de vestimenta muy resistente, capaz de sobrevivir a las durísimas condiciones de su trabajo y provista de bolsillos donde guardar alguna que otra herramienta (o, si se era afortunado, cuantiosas pepitas de oro). Así que Levi utilizó parte de la tela destinada a los toldos para confeccionar pantalones prácticos y fuertes. Esa primera tanda se hizo de color marrón y sin bolsillos. Una vez agotado el stock, Strauss lanzó una segunda serie de pantalones confeccionados en denim, género también resistente, aunque algo más flexible. El jean acababa de nacer.
Unos años después, otro emprendedor, llamado Henry David Lee, fundó en Kansas la H.D. Lee Mercantile Company, dedicada a fabricar ropa de trabajo. Como en California, el género utilizado era el denim. En lugar de mineros, los clientes de Lee eran granjeros y empleados del ferrocarril. En 1911, la empresa lanzó un pantalón jardinero con muchos bolsillos, pensado exclusivamente para trabajadores manuales. Poco tiempo después, diseñó un blue jean capaz de satisfacer las exigencias de los cowboys que se debatían en los rodeos y el trabajo en los ranchos. Por esos años también se imponía la empresa que, a principios de los 40, pasaría a llamarse Wrangler. Así, se consolidaron The Big Three, las tres firmas pioneras del rubro.
Durante la década del 30, imágenes de trabajadores manuales y familias enteras vistiendo jeans comenzaron a ser frecuentes en revistas tales como Life y Look. Aparecieron los primeros jeans para mujeres y, con ellos, el atisbo de una nueva era.
Entonces, ella los usó. Era una pradera desolada, había unos caballos salvajes y Marilyn gritó, lloró, brindó una de sus mejores apariciones cinematográficas. La película se llamó Los
inadaptados, la dirigió John Huston y la Monroe apareció vistiendo blue jeans ante las cámaras. Marlon Brando ya los había usado en El salvaje y James Dean, en Rebelde sin causa.
Durante los años 40, los westerns habían consagrado los jeans como la vestimenta del cowboy, emblema de la autonomía y la virilidad. Pero a partir de los 50 se los comenzó a vincular con otra imagen: la del adolescente inconformista. Llegó el huracán de los 60 y los jeans se volvieron rockeros, hippies, absolutamente jóvenes. También dejaron de ser una prenda norteamericana: de la mano de la revuelta juvenil que se imponía en todo el globo, el blue jean se hizo internacional.
En los 70, diseñadores como Yves Saint Laurent, Pierre Cardin o Kenzo lo adoptaron. Décadas después, la experimentación con fibras, teñidos y procesos de producción permitió crear modelos de diversa elasticidad y textura. “Sólo lamento no haber inventado el jean –supo decir Yves Saint Laurent–. Transmite simplicidad, modestia y seducción, las mismas cualidades que yo espero de mi ropa.”
Fuente consultada: Jeans, la vigencia de un mito (Nobuko) .
