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La politización del calentamiento global

En Una verdad incómoda (Gedisa), el ex vicepresidente de EE.UU. Al Gore retrata los efectos devastadores del cambio climático y explica por qué la preservación del planeta se convirtió para él en una obsesión personal

Domingo 08 de abril de 2007

En mi viaje alrededor del mundo ofreciendo mi presentación de diapositivas, hay dos preguntas que las personas que ya conocen cuán seria es ahora la crisis me hacen con mayor frecuencia, en particular en EE.UU.:

1) "¿Por qué tanta gente cree que esta crisis no es real?"

2) "¿Por qué es político este problema?"

Mi respuesta a la primera pregunta ha sido intentar hacer que mi presentación -y ahora este libro- sea tan clara y convincente como me sea posible. Con respecto a por qué hay tanta gente que todavía rehúsa aceptar lo que los datos muestran claramente, creo que, en parte, la causa es que la verdad sobre la crisis climática es una verdad incómoda que implica que tendremos que cambiar el modo en que vivimos nuestras vidas. La mayoría de esos cambios resultarán ser para bien; se trata de cosas que de todos modos deberíamos hacer por otras razones, pero que de todos modos son incómodas. Ya sean cambios menores, como en el caso de ajustar el termostato o utilizar una bombilla de luz diferente, o mayores como pasar del petróleo y el carbón a los combustibles renovables, todos ellos exigirán un esfuerzo.

Pero la respuesta a la primera pregunta está relacionada, también, con la segunda pregunta. La verdad acerca del calentamiento global es especialmente incómoda e inconveniente para algunas personas y empresas poderosas, que ganan enormes sumas de dinero con actividades que saben muy bien que tendrán que modificar drásticamente a fin de garantizar la habitabilidad del planeta.

Esta gente -especialmente esas pocas personas de las empresas multinacionales que tienen muchísimo en juego- han invertido muchos millones de dólares cada año buscando maneras de sembrar la confusión entre el público en lo relacionado con el calentamiento global. Esta gente ha sido particularmente eficaz en la construcción de una coalición con otros grupos que han acordado proteger sus intereses entre sí, y esa coalición se las ha arreglado para paralizar la capacidad de EE.UU. de dar una respuesta al problema del calentamiento global. La Administración Bush-Cheney ha recibido un gran apoyo de esta coalición y parece estar haciendo todo lo que está en su mano para satisfacer sus intereses.

Por ejemplo, a muchos científicos que investigan el calentamiento global para el gobierno se les ha ordenado que tengan cuidado con lo que dicen respecto de la crisis climática y se les ha dado instrucciones de que no hablen con los medios. Más importante aún, todas las iniciativas políticas estadounidenses relacionadas con el calentamiento global han sido modificadas según la perspectiva no científica -la perspectiva de la Administración- de que el calentamiento global no es un problema. A nuestros negociadores en los foros internacionales que tratan el calentamiento global se les ha aconsejado que intenten detener todo paso hacia alguna acción que pudiese resultar inconveniente para las compañías productoras de petróleo o carbón, aun si ello implica perturbar la maquinaria diplomática para conseguirlo.

Además, el presidente Bush designó como máxima autoridad de toda la política ambiental de la Casa Blanca a la persona a cargo de la campaña de desinformación sobre el calentamiento global montada por las empresas petroleras. Aun cuando este cabildero-abogado no tenía la más mínima formación científica, se le otorgó el poder de corregir y censurar las advertencias de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y otras agencias del gobierno acerca del calentamiento global.

Los líderes políticos -en particular el presidente- pueden tener un enorme efecto no sólo en la política pública [...] sino también en la opinión pública, especialmente entre sus seguidores.

Considérese este hecho: aun cuando los estadounidenses en general están cada vez más preocupados por el calentamiento global, las encuestas de opinión muestran que los miembros del propio partido del presidente le dan cada vez menos importancia al problema, tal vez porque se sienten naturalmente más inclinados a otorgarle al presidente el beneficio de la duda.

La lógica ofrecida por los llamados escépticos del calentamiento global para oponerse a toda acción que pueda resolver la crisis climática ha cambiado varias veces con los años. Al principio, los opositores decían que no había ningún calentamiento global; afirmaban que se trataba únicamente de un mito. Unos pocos todavía dicen eso hoy en día, pero ahora hay tantas pruebas innegables que echan por tierra semejante aserción, que la mayoría de los negadores ha decidido modificar su táctica. Ahora reconocen que el planeta se está calentado, efectivamente, pero afirman inmediatamente que eso se debe a "causas naturales".

El propio presidente Bush todavía intenta mantener esta posición, aseverando que aun cuando parece que, en efecto, el mundo se está calentando, no hay ninguna prueba convincente de que los seres humanos sean los responsables del cambio. Y él parece estar particularmente convencido de que las compañías productoras de petróleo y carbón que tanto lo han apoyado jamás podrían tener algo que ver con todo esto.

Otro argumento relacionado que han utilizado los negadores es que, efectivamente, el calentamiento global parece real; pero probablemente eso sea bueno para nosotros. Y añaden que, por supuesto, cualquier esfuerzo por detenerlo sería, sin dudas, perjudicial para la economía.

Pero el argumento más reciente -y, en mi opinión, el más ignominioso- propuesto por los opositores del cambio es éste: sí, está ocurriendo, pero realmente no hay nada que podamos hacer al respecto, así que bien podríamos quedamos de brazos cruzados. Esta facción favorece la continuidad de la práctica de seguir emitiendo contaminación relacionada con el calentamiento global a la atmósfera, aun cuando reconocen que la crisis que eso está produciendo es real y perjudicial. Su filosofía parece ser "comamos, bebamos y pasémoslo en grande, ya que mañana nuestros hijos heredarán lo peor de esta crisis; resulta demasiado incómodo tomarnos la molestia".

Todas estas lógicas cambiantes dependen, habitualmente, de la misma táctica política subyacente; afirmar que la ciencia tiene incertidumbres y que hay serias dudas acerca de los hechos básicos.

Estos grupos hacen hincapié en la incertidumbre porque saben que, en EE. UU., la política puede quedar paralizada por su causa. Ellos entienden que es parte del instinto natural de un político evitar asumir cualquier posición que resulte controvertida, a menos -y hasta que- los votantes se lo exijan o la conciencia se lo requiera de manera perentoria. De tal modo, si los votantes y los políticos que los representan pueden ser convencidos de que los propios científicos no se ponen de acuerdo sobre cuestiones básicas del calentamiento global, entonces el proceso político puede ser paralizado por tiempo indefinido. Esto es exactamente lo que ha ocurrido -al menos hasta hace muy poco- y todavía no está claro cuándo cambiará realmente la situación.

Parte del problema tiene que ver con un cambio estructural de largo plazo en el modo en que opera actualmente el mercado de ideas en EE.UU.. La naturaleza unidireccional de nuestro medio de comunicación predominante, la televisión, se ha combinado con la creciente concentración de la propiedad de la enorme mayoría de los medios de comunicación en un número cada vez más pequeño de grandes conglomerados que mezclan los valores del espectáculo con los del periodismo, lo cual acaba dañando seriamente el papel de la objetividad en el foro público estadounidense. Hoy en día hay menos periodistas independientes con la libertad y la estatura necesarias para informar al público cuando importantes hechos son tergiversados de manera permanente con el fin de engañar a la audiencia. Internet ofrece la oportunidad más esperanzadora para restablecer la integridad del diálogo público, pero la televisión es todavía el medio predominante en el modelado de ese diálogo.

Las técnicas de "propaganda" que surgieron con los nuevos medios masivos de filmación y comunicación del siglo XX prefiguraron la amplia utilización de técnicas relacionadas para la publicidad y la persuasión política de masas. Y ahora, la presión de los intentos corporativos de influir y controlar las iniciativas políticas públicas se ha intensificado enormemente, lo cual a su vez nos está llevando a la utilización muy difundida y, a menudo cínica, de las mismas técnicas de persuasión de masas para condicionar las ideas del público en relación con imporantes asuntos, de modo tal que no presen su apoyo a las soluciones que podrían resultar incómodas -y costosas- para ciertas industrias.

Una de las técnicas constantemente utilizadas en la campaña para detener las acciones contra la crisis climática ha sido acusar repetida e insistentemente a los científicos que intentan advertirnos de la crisis de ser deshonestos, codiciosos e indignos de confianza, así como de distorsionar los hechos científicos con el fin de engrosar de algún modo sus subsidios para la investigación.

Estos cargos son insultantes y absurdos, pero se han repetido lo bastante a menudo y en un volumen lo suficientemente elevado -y a través de los megáfonos de tantos medios de comunicación- como para que mucha gente se pregunte actualmente si esas acusaciones son verdaderas. Y esto resulta especialmente irónico, dado que muchos de los escépticos reciben fondos y apoyo de grupos con intereses sectoriales financiados por corporaciones desesperadas por detener toda acción contra el calentamiento global. Resulta increíble, pero el público ha estado oyendo estas opiniones desacreditadas de los escépticos tanto o más de lo que han oído las ideas consensuadas por la comunidad científica global. Este hecho vergonzoso constituye una notoria mancha en la historia de los medios de prensa estadounidenses modernos y, tardíamente, muchos líderes del periodismo están dando algunos pasos para corregírlo.

Pero no está nada claro si los medios de comunicación serán capaces de mantener un compromiso mayor con la objetividad, frente a las presiones intensas que los socavan cada vez más y los hacen espantosamente vulnerables a este tipo de propaganda organizada. Hemos perdido mucho tiempo, que podríamos haber utilizadopara resolver la crisis, a causa de que quienes se oponen a la acción han tenido éxito, hasta el momento, en politizar el problema en las mentes de muchos estadounidenses.

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