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María Romilda Servini de Cubría: una jueza amiga del poder

Sobrevivió en los años 90 a causas ciclónicas como el Yomagate y el escándalo por la censura contra Tato Bores, que la hizo famosa como "la jueza Buruburubudía", y salió indemne de los incontables pedidos de juicio político en su contra

Domingo 08 de abril de 2007

María Romilda Servini de Cubría navega con asiduidad y sabe timonear. Podría ser ésta una metáfora alusiva a su pericia para deslizarse sobre las turbulentas aguas de la política argentina, donde a estas alturas ya no hay tormenta que la asuste. Desde sus dos despachos -uno el federal, en Comodoro Py, otro el electoral, en el viejo Palacio de Tribunales- vio pasar a cinco presidentes, administró judicialmente más de una docena de procesos electorales, se hizo cargo del vacío de poder que sucedió al colapso del cambio de siglo, controló infinitas internas partidarias de hecho y de derecho, mandó a cambiar leyes, bendijo las extraños comicios presidenciales -con tres fórmulas peronistas- de 2003 y sobrevivió en los noventa a causas ciclónicas como el Yomagate y al escándalo por la censura contra Tato Bores. Quizás hasta perdió la cuenta de los pedidos de juicio político en su contra (¿treinta?) que sorteó desde que está instalada, entre las funcionarias permanentes del Estado, como la más poderosa de todas. Para más, nunca nadie duró tanto como ella al frente del estratégico Juzgado Federal Nº 1 de la Capital Federal, el que, como queda dicho, viene con el manejo de la primera instancia en materia electoral para todo el país. Lleva allí casi 17 años, ella tiene 70, no está obligada a jubilarse a los 75 como otros jueces y nada indica que su trabajo de abuela le reclame en el futuro mayor dedicación. Ni que la jueza "Buruburubudía", como la bautizaron socarronamente cuando provocó el episodio más famoso de censura de toda la democracia, quiera vivir sin el protagonismo del cual ella misma colecciona pruebas en 25 carpetas de lomo grueso plagadas de recortes de diarios con las infinitas causas de sus juzgados.

Prosapia peronista

En verdad la doctora Servini hizo el curso de timonel. Tiene un barco Misting 25 (y una lancha) y cuando no anda en bicicleta, navega con su marido brigadier, junto a hijos (dos) y nietos (cinco), probablemente dando ella las órdenes de izar o arriar velas tras reconocer, sin equivocarse, la dirección del viento. Pero nunca "se doctoró" en navegación. Se cuenta que abandonó el examen de timonel porque les tuvo que ir a tomar declaración a Isabel Perón y al preso casi agonizante José López Rega en una causa por robo de joyas de la viuda.

Justamente en el último minuto antes de ser derrocada, fue Isabel Perón quien firmó el ascenso a jueza de la entonces joven -y muy bella, recuerdan en tribunales- defensora oficial que venía de un hogar de San Nicolás tan abogadil y tradicional como peronista. Por entonces su prima Clara Servini García, diputada nacional del PJ, la ayudaba a guiarse en los pasillos oficiales. Su abuelo, Crisanto Servini, había sido camarista y su padre, un radical que se hizo peronista en 1945, fue juez de un tribunal oral en lo civil y comercial, además de titular de un conocido estudio del pueblo y socio, durante un tiempo, de otro abogado relevante sanicoleño, Román Subiza, secretario político -tal el cargo oficial- del primer Perón. La madre de la jueza, sin embargo, era conservadora, pero admiraba al vecino de la esquina, el conservador popular Vicente Solano Lima, más tarde vicepresidente de Cámpora. No podía saber de chica María Romilda Servini que el hijo de la vicedirectora de su escuela primaria, el niño José María Díaz Bancalari, sería un protagonista del PJ sobre el que ella tanto entendería como adulta. Ni que Roberto Quieto, el hermano de Amílcar, su primer novio, sería un líder guerrillero en los setenta, lo mismo que aquel amigo radical de ojos saltones que tenía su hermano y que visitaba seguido a los Servini, Enrique Gorriarán Merlo.

Al capitán de la Fuerza Aérea Juan Tomás Cubría la estudiante de derecho de la UBA lo conoció en 1958. Se casaron luego de un año de novios y poco después a él lo designaron agregado militar en Río de Janeiro. Allí vivieron dos años. La futura jueza tenía 25. Al parecer en Brasil, de la mano de la vida diplomática combinada con las conspiraciones militares contra Frondizi que se sucedían en Buenos Aires, ella empezó a templar su extraordinario olfato político.

Su marido pasaría a retiro en 1977 por decisión del brigadier Ramón Agosti. Durante la dictadura ella era una desconocida jueza de menores. A quien hoy le pregunte por su actuación de entonces seguramente responderá que restituyó a sus abuelos a muchos hijos de desaparecidos, entre ellos Cecilia Méndez y Emiliano Hueravillo, y exhibirá orgullosa una carta de las Abuelas de Plaza de Mayo en la que le agradecen por haber sido "siempre recibidas desde 1977".

Cuando en los ochenta le tocó actuar como jueza subrogante en un juzgado de instrucción de mayores, su nombre se hizo más conocido, en parte porque tuvo una crucial participación en el desbaratamiento del clan Puccio y también por su estilo de poner el cuerpo en los motines carcelarios en los que actuó.

Por fin, el presidente Carlos Menem, como es sabido, la convirtió en jueza nacional en lo criminal y correccional Nº1 con competencia electoral, cargo que asumió el 19 de noviembre de 1990. Enseguida vino el Yomagate, causa de narcolavado originada en la extraña circulación de valijas con dinero en efectivo por el aeropuerto de Ezeiza que involucró, entre otros, a la cuñada y jefa de audiencias del entonces presidente, Amira Yoma, y a un funcionario del área del agua potable, Mario Caserta. Fue un inmenso traspié para Servini, aunque la parsimonia aplicada en la ocasión le dejó más fama de servicial que secuelas tangibles, como no sean los sesenta pesos de multa que hizo pagar la Corte Suprema automatizada. En el Congreso el juicio político en su contra no prosperó -huelga repetirlo, ni ese ni otros-, gracias a la mayoría peronista.

De ese período aún hoy circulan por tribunales leyendas risueñas sobre "la Chuchi", como le decían en San Nicolás). La más insistente es aquella que la retrata ingresando a Olivos para entrevistarse con Menem disfrazada y/o escondida en el baúl de un auto para discutir el Yomagate. Sus críticos, que no dejan de reconocerle oficio, dicen que ella fue antaño una gran "pisadora de causas", pero tienen una apreciación dinámica de su estilo: no la ven como menemista sino como funcional al gobierno de turno. Significativamente sus defensores se esmeran poco en refutar el punto. Prefieren subrayar que la jueza jamás se enriqueció en forma ilícita, virtud singular que de paso nos habla del estado que alcanzó en algún momento la Justicia federal. "Servini de Cubría nunca se integró a camarillas de jueces federales y es verdad que se le conocen actos de arbitrariedad, pero no de corrupción", dijo al ser consultado por LA NACION un antiguo archienemigo suyo. Otro abogado que litigó con la jueza, sin embargo, opinó: "la palabra corrupción como sinónimo de enriquecimiento no la incluye, pero habría que discutir cómo se llama el canje de complacencia por eternidad".

La jueza habita el mismo departamento de 90 metros cuadrados, en Santa Fe y Coronel Díaz, desde hace 40 años y su patrimonio suma, además del barco y la lancha, sendas participaciones en dos pequeños departamentos, no mucho más.

Es cierto que sus vinculaciones noventistas fueron perdiendo importancia con el tiempo. Kirchner mismo la acusó públicamente de "menemista" antes de las elecciones de 2003 (y antes, también, de que el entonces padrino Eduardo Duhalde completase con la jueza ese minué jurídico político que hizo que ningún candidato peronista se presentara "por afuera" sino todos en simultáneo, estrategia a la postre fulminante para Menem). Luego Kirchner no la mencionó más y la jueza hasta no tuvo reparos en aparecer tiempo atrás en el salon blanco de la Casa Rosada durante un acto público. Sin embargo, según parece, no se tratan, más allá de haberse dado la mano durante aquel acto. Varias fuentes consultadas dijeron que el contacto principal de Servini con el actual gobierno es Alberto Fernández y que también tiene trato fluido sobre asuntos judiciales con Diana Conti y Carlos Kunkel, miembros ambos del Consejo de la Magistratura. A diferencia de otros jueces, es cierto que la titular del juzgado N° 1 tiene la necesidad de hablar con los actores de la política en razón de su faena de administrar justicia electoral. "El problema -dice un juez que conoce bien a Servini y que pidió no ser mencionado- es que ella actúa como un dirigente más, produce hechos políticos, es actora, no árbitro." No quiere ser tan explícito, quizás, el constitucionalista y diputado Jorge Vanossi, pero al ser consultado sobre el poder de Servini y la forma en que lo ejerce dice: "No se discute su idoneidad, el problema no es la persona sino el régimen, porque nunca se crearon juzgados electorales; el día que la jueza Servini se jubile van a poner a alguien dócil, de quien se espere cierta porosidad".

Aparte de los apoderados de los partidos, muchos de los protagonistas de la política de las últimas dos décadas han estado sentados unas cuantas veces en el espacioso despacho electoral de tribunales bajo la inquisitoria mirada de 900 lechuzas, la más exótica colección de Servini. Al Partido Justicialista lo maneja a través del interventor Ramón Ruiz, hombre de su extrema confianza cuyo hijo Darío Ruiz fue nombrado hace pocos meses al frente de la Dirección Electoral porteña. En la ciudad de Buenos Aires la jueza "normalizó" el PJ y lo dejó en manos de Alberto Fernández, pero en el orden nacional todavía faltan trámites para llegar a la normalización, papeleo que probablemente dificulte las aspiraciones de los rivales domésticos de Kirchner -Menem, Rodríguez Saa, Romero- interesados en disputar candidaturas. Mientras sostenía al PJ intervenido, en la UCR la jueza revocaba este año la intervención del comité mendocino dispuesto por las autoridades radicales nacionales, lo que significó una sucesión de timoneadas dirigidas a encolumnar a los dos partidos más grandes del país en el derrotero electoral de la Casa Rosada. Nada que ahuyente la impresión que muchos políticos tienen sobre el modo de ajustarse a derecho de la jueza electoral más experta del país.

Campechana y exigente

Su trato a menudo es cordial y hasta campechano, pero ese beneficio no incluye, claro, a sus querellados personales, que no han sido pocos. En sus juzgados, unos cuantos al parecer la aprecian, varios le temen y, probablemente, la mayoría sintetice sentimientos. Se le atribuye un estilo de conducción exigente y protector, más habitual en políticos que en magistrados, extensivo, por lo demás, a su familia: gran parte de ella, incluidos hijos y nueras, encontró trabajo en la Justicia gracias a sus gestiones. Pero entre los subordinados directos no todos han disfrutado del afecto permanente de la doctora. De secretario electoral ya cambió tres veces: una de sus secretarias penales, Rita Auteiral, se hizo famosa al denunciarla, y Servini también ha perdido a varios fiscales por el camino. "Viví con ella miles de discrepancias procesales -recuerda el ex fiscal Oscar Ciruzzi-. Desde que me fui me la crucé un par de veces y no nos saludamos, pero más allá de todo la creo una mujer honesta. Eso sí, con la causa de Amira no tuve concordancia ni una vida funcional fácil".

La jueza de los casos Prats, sanatorio Güemes, Gaith Faraón, violencia del 20 y 21 de diciembre de 2001, la jueza recientemente excusada en dos grandes causas contra militares, católica otrora practicante, ha dicho alguna vez que sólo de una cosa está arrepentida. Y es la reacción que tuvo en 1992 cuando supo que Tato Bores iba a satirizarla y ella entonces pidió censura para el mayor cómico político de la Argentina. La respuesta de Tato (un coro ad hoc formado por Mariano Grondona, Alejandro Dolina, Susana Giménez, China Zorrilla, Magdalena Ruiz Guiñazú, Luis Alberto Spinetta y muchos otros artistas y periodistas que cantaba "la jueza Buruburubudía es lo más grande que hay", porque se había prohibido nombrarla) quizás haya sido el mayor castigo que debió soportar en su rica y ajetreada vida judicial.

Por Pablo Mendelevich

Quién es

Familia peronista

María Servini de Cubría tiene 70 años. Nació en San Nicolás, en el seno de una familia peronista. A su marido, brigadier, lo conoció en 1958, cuando era estudiante de derecho en la UBA. Tiene dos hijos y cinco nietos.

Trayectoria judicial

Desde hace 17 años está a cargo del Juzgado Federal Nº 1, con competencia electoral. Desde allí, administró una docena de procesos electivos, entre ellos, los comicios de 2003. Colecciona los recortes periodísticos que la involucran, así como sus caricaturas.

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