A la par que Alstom bate récords con una formación de trenes que alcanza los 574,8 kilómetros por hora, crece en Europa y en otros sitios un movimiento que procura detener la aceleración de la vida. Este detenerse se verifica en diferentes ámbitos, como la comida (slow food) los viajes (slow travel), los best-sellers que trazan un elogio de la lentitud, y los movimientos como el de la reciente Jornada de la Lentitud, donde se propusieron masivamente en Italia batir récords de antivelocidad. El significado genérico del "slow down" es semejante al que buscan los seguidores de la comida lenta: recuperar el sabor de las cosas, rumiar el mundo más que digerirlo de inmediato.
Esto parte de la intuición de que en algún punto, y a cierta aceleración, uno se deja atrás a sí mismo. La velocidad excesiva, sea física, mental o psicológica, produce un desdoblamiento bien expresado por el poeta Henri Michaux: "Iba lentamente, lo más lentamente posible para que su alma pudiera eventualmente recuperar a su cuerpo." Pasado cierto punto, lo que se mueve es ya una prótesis de uno mismo, una prolongación inercial que ha perdido contacto con el origen y que carece, asimismo, de fin. Pero, ¿por qué renunciar a ir más rápido, si es posible hacerlo? Toda pregunta, por más inocente que parezca, conlleva un principio de respuesta en su formulación. Y este principio es el que hay que resistir. Es lo que sucede cuando se pregunta "¿para qué sirve la filosofía?", en el que hay que revertir la lógica que yace detrás de la formulación, que no da lugar a comprender el mundo de otro modo que como herramienta.
En este caso, tal vez se trate de revertir el principio meramente finalista del tiempo, en el que el momento actual sólo es un medio para llegar al próximo, así como sucede con la comida rápida, en la que la energía está siempre colocada, no en el bocado actual sino en el siguiente. Esta concepción del tiempo va en detrimento de la celebración del instante, de la concentración festiva en el ahora. Sugestivamente, algunos autores originan el comienzo de la epidemia de depresión europea del siglo 17 en la supresión de las festividades puntuales que acompañó el avance del progreso masivo. Tal vez esta memoria colectiva, esta sospecha de que detrás de la velocidad pura se asoma una depresión incipiente, sea lo que resiste en estas iniciativas a favor de la lentitud.
