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Opinión

 
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Lunes 09 de abril de 2007 | Publicado en edición impresa

El despegue tecnológico e industrial

Por Eitel H. Lauría
Para LA NACION

 
 
 

En el mundo moderno, la ciencia y la tecnología determinan las formas y la envergadura de la producción industrial y de los servicios y tienen fuerte incidencia en las características de la cultura.

En la ciencia se fundamenta el conocimiento tecnológico mediante oportunas innovaciones. Sin embargo, es sorprendente constatar que las innovaciones tecnológicas no son siempre consecuencia de investigaciones científicas previas. En diversas ocasiones, y como resultado de ingeniosas invenciones, ideas fabriles novedosas o absorciones de tecnología extranjera, la tecnología de un país avanzó en forma notable en determinados períodos sin que existieran conexiones significativas con las actividades científicas propias o extranjeras.

Una vez alcanzada la vanguardia tecnológica y consolidado el despegue industrial, en esos países se invirtieron fuertes sumas en investigación científica con la finalidad de mantenerse en las posiciones de liderazgo alcanzadas.

Un notable ejemplo es el de los Estados Unidos. Durante la primera mitad del siglo XX, su producción industrial evolucionó a partir de significativas innovaciones tecnológicas generadas, en su gran mayoría, en la actividad fabril, hasta convertirse en la primera potencia industrial del mundo. En esa época, la vanguardia científica mundial era claramente ejercida por los institutos y universidades de Europa.

El constante aumento de la productividad por causa de la mejora en los métodos y técnicas de fabricación se basó en la aplicación de brillantes ideas fabriles. Entre ellas, la intercambiabilidad entre piezas, puesta en práctica por Eli Whitney, tempranamente, a fines del siglo XVIII, y la línea de montaje, utilizada por primera vez por Henry Ford, en 1913.

Durante la II Guerra Mundial la capacidad de producción de una industria con alta productividad produjo resultados extraordinarios y decisivos para la marcha de la guerra. Terminada la contienda y, en especial, a partir de la experiencia adquirida con el Proyecto Manhattan para la fabricación de la bomba atómica, EE.UU. invirtió fuertes sumas de dinero público y privado en investigación y desarrollo y, en pocos años, el liderazgo de la investigación científica mundial correspondió al país del Norte.

El notable y sorprendente éxito tecnológico, industrial y comercial de Japón logrado en las décadas posteriores a la finalización de la II Guerra Mundial fue el resultado de una política pragmática, consistente en concentrar los esfuerzos en la absorción de tecnología extranjera, sin realizar ninguna investigación propia significativa. Así, por ejemplo, en semiconductores, microelectrónica y robótica, Japón instaló y equipó sus industrias empleando técnicas y comprando patentes norteamericanas. En poco tiempo les asestó un duro golpe a sus competidores. Alcanzada la vanguardia y disponiendo de fondos abundantes, Japón inicia, a su vez, importantes investigaciones científicas en áreas fundamentales.

El caso de la ex Unión Soviética es muy singular. En las ciencias, particularmente en la matemática y la física, realizó trabajos de investigación que alcanzaron un alto nivel. Asimismo, en algunas áreas tecnológicas puntuales, como la espacial y la generación de energía nuclear, se ubicó en la vanguardia mundial. Sin embargo, en la producción masiva de bienes y servicios, realizada en su totalidad por empresas estatales, la apabullante burocratización inherente al sistema soviético hizo que las innovaciones tecnológicas no encontraran terreno fértil. El resultado fue el inexorable estancamiento industrial y económico.

En 1970, la prensa mundial difundió una extensa carta dirigida al gobierno soviético por tres eminentes científicos rusos, el físico A. Sakharov, el historiador R. Medvedev y el fisicomatemático V. Turtchine. En ella, en forma respetuosa, pero sin eufemismos, se expone un cuadro de situación cuyas notas salientes son el estancamiento industrial y el atraso en las áreas tecnológicas modernas. En uno de sus párrafos, la carta dice: "Nosotros superamos a EE.UU. en la extracción de carbón, pero nos quedamos atrás en la perforación de petróleo, desesperadamente atrás en química e infinitamente atrás en la tecnología de las computadoras".

Es interesante destacar lo ocurrido en países con economías relativamente pequeñas, tales como Corea del Sur, Australia, Finlandia e Irlanda, con un rápido desarrollo tecnológico e industrial. Las políticas, aunque no fueron idénticas, permitieron absorber tecnologías extranjeras o incorporar innovación, sin contar con el sustento previo de importantes investigaciones científicas propias.

En síntesis: el despegue e inicio de un fuerte desarrollo tecnológico e industrial puede lograrse sin liderazgo científico, puesto que reside en los dirigentes empresarios, en un marco de políticas públicas inteligentes, la función esencial de anticipar la evolución de los mercados y prever el impacto de las innovaciones tecnológicas. .

El autor es miembro de la Academia Nacional de Ingeniería.
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