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Mal, gracias

Enrique Pinti

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PARA LA NACION
Domingo 15 de abril de 2007

Prefiero cualquier campaña electoral antes que una dictadura. Lo he dicho mil veces y lo sostengo, repito este pensamiento en voz alta por lo menos diez veces por día, como para darme fuerzas en este año electoral, en el que nuestra paciencia ciudadana es puesta a prueba en cada ocasión por los candidatos que buscan convencernos de que son nuestra “mejor opción”.

Los métodos son variados e igualmente bochornosos, pero lo que más molesta es la monotonía en los discursos y lo reiterado de las propuestas. Se comienza generalmente por hacer como que el contrario no existe, que no es nadie realmente importante; luego, a la luz de las encuestas, el enemigo empieza a molestar y se pasa al ninguneo, a la agresión descalificadora, que, por supuesto, será contestada por el adversario con la misma tónica, tras lo cual dispararán con munición gruesa, que incluirá la investigación del pasado de los candidatos opositores y culminará con denuncias sobre negociados, contubernios y asociaciones ilícitas en el pasado. Con tal de ganar se aliarán transitoriamente con anteriores enemigos, a los que de pronto respetarán y, de paso, pretenderán demostrar con esos actos su amplitud de ideas y su patriotismo al renunciar al ajuste de cuentas “que debe olvidarse en aras de la democracia”. El oficialismo hablará de sus logros, la oposición señalará los desaciertos y ofrecerán sus soluciones olvidando unos y otros sus anteriores desastrosas administraciones, en las que fueron gobierno ineficaz y oposición inoperante. ¿La realidad? Mal, gracias. Todo lo bueno es obra preclara del gobierno actual y todo lo malo es producto de “males eternos” sin nombres ni apellidos. Otro ítem insoportable son las encuestas, que arrojan números a gusto y placer de cada grupo, y que son nada más que el muestreo de una realidad dinámica y cambiante que baja y sube nombres en medio de la vorágine calumniadora y sensacionalista. “Salvar al país”; “No entregarnos a los intereses foráneos”; “Recuperar el orgullo de ser argentinos”; “Acabar con la corrupción”; “Convertir a la Argentina en un país seguro”; “Crear empleo”; “Frenar la inflación”; “Justicia con memoria y sin venganza”, y un largo etcétera forman un enjambre de enunciados que rara vez identifican algún perfil definido como para que el ciudadano pueda decidir su voto.

Por otra parte, las propuestas más concretas son las que ya se han aplicado sin éxito en tiempos no muy lejanos, de modo que el pobre y aturdido hombre común fluctúa entre la confusión y el tedio, y termina por desinteresarse. Así que en el clásico domingo electoral es llevado a meter en la urna la boleta del más carismático, el menos malo o el que le asegure al de derecha que no es de izquierda y al de izquierda que no es de derecha... ¿Y la verdadera capacidad de gestión tan a menudo confundida con el sostén de aparatos políticos más cercanos a la mafia que a la democracia? Mal, gracias.

Tonterías como “lo voto porque es rico y entonces no va a robar” cruzan por la cabeza del atribulado, confundido, abúlico o colérico ciudadano. Parece que falta mucho, pero en menos de lo que dura una mentira de político ahí estaremos con los pelos de punta, bostezando y (ojalá que no llueva) haciendo cola junto a nuestros vecinos con el único voto cantado escrito en la cara: el aburrimiento. Pero, así y todo, vuelvo al principio: “Prefiero cualquier campaña electoral a una dictadura”. Al menos puedo escribir estas líneas, verlas publicadas y no temer por mi vida. Que no es poco.

revista@lanacion.com.ar

El autor es actor y escritor
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Debido a la veda electoral estas notas estarán cerradas a comentarios hasta el domingo a las 18hs. Muchas gracias.