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Psicólogos y neurobiólogos indagan las raíces del prejuicio

Para los científicos, la tendencia a dividir en grupos es parte de nuestra naturaleza

Sábado 14 de abril de 2007

LONDRES.- Aunque resulte perturbador, muchos científicos sugieren que el prejuicio es parte de la naturaleza humana. Enfrentarnos con nuestra auténtica naturaleza, afirman, es la única forma de conocer las fuerzas que llevan a los conflictos entre grupos, y de aprender cómo controlarlas.

"No debemos tratar el prejuicio como algo patológico simplemente porque nos ofende -sostiene el antropólogo Francisco Gil-White-. Si queremos superar las contiendas étnicas, debemos comprender el rol que una psicología humana normal juega en producir los prejuicios."

Los psicólogos han estudiado desde hace tiempo nuestra proclividad a dividirnos en grupos de acuerdo con rasgos ordinarios, como el color de la piel o la vestimenta. "Nuestras mentes parecen estar organizadas de una forma que lleva a fragmentar el mundo en distintos grupos casi automáticamente", dice el psicólogo Lawrence Hirschfeld, de la Universidad de Michigan, Estados Unidos.

En Sudáfrica, un hombre negro viaja atrás; el perro, junto al conductor
En Sudáfrica, un hombre negro viaja atrás; el perro, junto al conductor. Foto: AFP / Archivo

Muchos experimentos lo confirman y muestran que tendemos a favorecer a nuestro propio grupo, aun cuando se trate de una colección arbitraria de individuos. Ya en 1970, investigadores conducidos por Henri Tajfel, de la Universidad de Bristol, Inglaterra, dividieron al azar a adolescentes de un mismo colegio en dos grupos, y les dieron la posibilidad de que puntuaran a dos muchachos, uno de cada grupo. Los integrantes del mismo grupo siempre fueron los favorecidos.

La genética moderna ha disipado la creencia de que las nociones de divisiones raciales reflejan diferencias biológicas reales. Hoy sabemos que la variación genética entre individuos de un mismo grupo étnico son generalmente más amplias que la diferencia promedio entre dos grupos étnicos.

Pero los conceptos de raza y de etnicidad son marcadores arbitrarios que han adquirido significado. "La raza no importa porque sea algo real -dice el historiador Niall Ferguson, de la Universidad de Harvard-, sino porque la gente la concibe como algo real."

El significado del color

Es más, esa concepción errónea parece estar profundamente arraigada en nuestra psique. Por ejemplo, Hirschfeld halló que a los 3 años de edad, la mayoría de los niños ya atribuyen algún significado al color de la piel. "Los chicos creen que las diferencias físicas atribuidas a la raza son más importantes que otras para determinar qué clase de persona se es."

Recientes estudios con imágenes cerebrales sugieren que incluso los adultos que dicen no ser racistas registran el color de la piel en forma automática e inconsciente. En 2000, el psicólogo Allan Hart, de la Escuela Amherst de Massachusetts, halló que cuando las personas blancas y negras ven caras de personas de colores opuestos presentan una mayor actividad en una región del cerebro llamada amígdala, que participa de la comprensión del significado emocional de los estímulos.

Ese mismo año, la neurocientífica Elizabeth Phelps, de la Universidad de Nueva York, observó que aquellos individuos cuya amígdala se activaba más fuertemente también presentaban los resultados más elevados en test para medir el prejuicio racial.

Muchos investigadores creen que hemos desarrollado una tendencia a dividir el mundo en grupos étnicos. Por ejemplo, el antropólogo Rob Boyd, de la Universidad de California, sostiene que nuestros ancestros, ante el rico contexto social de la vida humana, debieron haber necesitado habilidades para percibir los grupos a los que pertenecían las personas. Distinguir las diferencias étnicas permitía entonces identificar a otros que compartieran las mismas normas sociales.

Aun así quizá sea posible hallar formas de dominar nuestras inaceptables tendencias. Es más, experimentos muestran cuán poco se necesita para quebrar el prejuicio. La psicóloga Susan Fiske, de la Universidad de Princeton, hizo que los estudiantes observaran fotos de individuos de distintos grupos sociales, mientras monitoreaba la actividad de su corteza prefrontal, una región que se activa en las respuestas a los estímulos sociales.

Los investigadores se sorprendieron al descubrir que las fotos de personas de grupos "extremos", como los drogadictos, no producían ningún estímulo en esa región, lo que sugería que no eran considerados seres humanos. "Es lo que uno ve en la calle -dice Fiske-, la gente trata a los mendigos como si fueran pilas de basura."

En nuevos experimentos, Fiske fue capaz de revertir esas respuestas. Después de replicar los experimentos iniciales, los investigadores realizaron preguntas simples y personales sobre las personas que aparecían en las fotos: "¿Qué piensa usted que le gustaría comer a este mendigo?" Sólo una de estas preguntas bastaba para que la corteza prefrontal se active.

"La pregunta tuvo el efecto de lograr que la persona volviera a ser considerada una persona -dijo Fiske-, y la respuesta de prejuicio fue mucho más débil."

Por Mark Buchanan De New Scientist

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