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Cambalache

Autoridad y autoritarismo

Revista
 
 

La autoridad es necesaria para gobernar, para educar, para vivir en sociedad con pautas claras y para ordenar la existencia. El autoritarismo es la negación de la autoridad, es el camino al exceso, es el peligroso atajo que nadie debería tomar, es el abuso, la arbitrariedad y el caldo de cultivo más propicio para el más descarado culto a la personalidad. No se salvan ni la derecha ni la izquierda, extremos que se tocan y coinciden en los medios que utilizan aunque sus discursos sean diametralmente opuestos. La línea que separa la autoridad del autoritarismo es tan delgada como la que diferencia lo simple de lo simplista, lo sensible de lo sensiblero, lo popular de lo populachero o lo valiente de lo suicida. El tan cacareado "carisma" que se les exige a los candidatos es el trampolín desde donde se origina el peligroso salto ornamental al vacío; esa condición, a veces natural y otras armada con diabólica estrategia y oportunismo audaz, es aprovechada por personajes que llegan al poder en medio de situaciones críticas y envueltos en convulsiones sociales, posguerras, debacles económicas y escenarios políticos de extrema complejidad. Esos paracaidistas aprovechan la ansiedad de los pueblos por conseguir trabajo, pan, educación, vivienda, paz, seguridad y buenas condiciones de vida, objetivos loables y absolutamente justos, pero que en esos momentos revueltos adquieren proporciones desmesuradas y se convierten en obsesiones que llevan a las masas a no reparar en los medios para lograrlos. Es entonces cuando lunáticos con sed de poder hacen componendas con sectores diversos y diseñan estrategias para potenciar pequeños logros, que aumentan con el autobombo y la ayuda de medios a los que se "adornan" con promesas a futuro. Las alianzas son veloces y a veces poco duraderas, pero se las usa como peldaños hacia la cumbre. Una vez allí comienzan el desprestigio y la persecución a los que se opongan o no simpaticen y, de acuerdo con la permisividad de cada sistema, empezarán las purgas, los castigos y "limpiezas", y se implementarán las mil y una maneras de perpetrarse en el poder. Ante cada intento de renovación, crítica o cambio, enfervorizarán a los sectores beneficiados con sus medidas (sean éstas sustentables o castillos en el aire) y buscarán el mayor apoyo mediático del que dispongan para ridiculizar (en el mejor de los casos) o pulverizar (en el peor) a los adversarios u oponentes.

La mejor defensa sigue siendo la vieja y querida libertad de expresión ejercida responsablemente. Y también la posibilidad cierta de renovar autoridades. Ya sabemos que la democracia y la alternancia en el gobierno no garantizan la solución de los problemas, pero el monopolio del poder que ejercen las dictaduras (sean cuales sean) conducen a sus pueblos al fracaso, al hartazgo y a la desesperación. Los largos períodos dictatoriales han dado como consecuencia natural procesos dolorosos, terribles y nefastos de los cuales las víctimas son los pueblos, y cuanto más humildes más perjudicados. Sólo con ver lo que pasó con las ex repúblicas soviéticas, los horrores de Kosovo, Serbia y Bosnia o Chechenia, así como los coletazos siniestros de todas las dictaduras militares en América latina, alcanza para aprender la lección de la historia. A veces, el remedio es peor que la enfermedad; a veces, el remedio no es el adecuado, y lo que en una época y en un país funcionó en otros tiempos y en otros territorios, no sólo no funciona, sino que destruye y sumerge en el caos total a su población. De ahí también el peligro de las superpotencias y sus invasiones, hablen en inglés, ruso, español o japonés. El exceso de poder hundió a Oriente, Grecia, Egipto y Roma. Son ejemplos muy lejanos, tan lejanos que siempre se olvidan y por eso siempre se repiten.

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El autor es actor y escritor .

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