
El Skanskagate y el estado de corrupción
Por Mariano Grondona | LA NACION
Las palabras coima y soborno han llegado a nosotros por distintas avenidas etimológicas. "Coima", de origen incierto (quizás indígena), empezó por aludir a la prostituta y a la relación clandestina que sus clientes entablan con ella, una relación que da lugar a un pago igualmente oculto.
Sólo más tarde el significado de la "coima" se acercó en los países hispanoamericanos al significado del español "soborno", que responde a una evolución clásica, grecorromana, lo remoto de cuya fuente nos indica que el soborno, al igual que la prostitución, ha acompañado desde antiguo a la condición humana.
El castellano "soborno" proviene del griego uper y del latín super, "por encima de", aludiendo al "sobreprecio" no registrado que se suma a un precio registrado. Sobre el precio registrado: aquí la palabra "sobre" se vincula no sólo con lo que se paga por encima del precio anunciado, sino también con la envoltura de papel que lo disimula, como cuando se hablaba de "los sobres del Senado" en tiempos de De la Rúa.
No bien se habla de "coimas" o "sobornos", inmediatamente se piensa en otra palabra contigua: "corrupción". Pero la corrupción admite grados. ¿Cuál es el grado de corrupción que revela el escándalo de la empresa Skanska, el Skanskagate ?
Decimos que se comete un acto de corrupción cada vez que aquel que tiene a su cargo la protección de un interés ajeno lo traiciona en beneficio propio. En todos los países del mundo se cometen actos de corrupción. Pero el tema se agrava cuando los actos de corrupción se vuelven tan frecuentes que ya no sorprenden. Cuando el ciudadano que circula por la ruta ve acercarse a un agente de tránsito y no se pregunta qué infracción habrá cometido, sino cuánto le pedirá ese agente "por izquierda" para dejarlo seguir, ese ciudadano ya no vive en un país donde hay actos excepcionales de corrupción, sino en un país sometido a un estado de corrupción, donde, de tanto repetirse, la corrupción se ha vuelto previsible.
En tanto que los actos de corrupción salpican aquí y allá el funcionamiento de todas las sociedades, el estado de corrupción indica la existencia de una sociedad enferma. No bien un régimen político cruza la frontera que separa los actos del estado de corrupción, entra en un proceso de inminente descomposición.
Esto coincide con el origen de la palabra "corrupción", que significa "romper con" porque indica que entre muchos, funcionarios y ciudadanos, "co-rompen", co-destruyen, la vida en común. El cadáver muestra la descomposición de un cuerpo en proceso de corrupción. El estado de corrupción es la enfermedad de una sociedad que, si no reacciona pronto, asumirá una palidez cadavérica. Por eso Aristóteles distinguió entre las formas "puras" de gobierno, las que sirven al bien común, y las formas "impuras" o "corruptas" de gobierno, donde ya no impera el bien común sino el bien particular de los gobernantes (ver Mariano Grondona, La corrupción , Planeta, 1993).
El Skanskagate nos plantea por ello una pregunta acuciante: los argentinos, ¿vivimos hoy en una sociedad bien ordenada a la que sólo salpican actos de corrupción, o estamos afectados por un estado de corrupción?
De Menem
El estado de corrupción ingresó como un tema dominante en nuestra vida política con el gobierno de Carlos Menem (1989-1999). Empezó como un rumor creciente aunque impreciso hasta que, primero el escándalo del Swiftgate y después el de IBM-Banco Nación , lo instalaron en los titulares. El temor ciudadano ante los estados de corrupción estalla cuando el rumor, hasta ese momento difuso, se encarna en un caso particular insoslayable por escandaloso.
Desde que el país tomó conciencia de que sobre él se cernía la amenaza del estado de corrupción, la vida política se alineó bruscamente detrás de los críticos morales del gobierno de Menem. Así fue como surgió el Frepaso de "Chacho" Alvarez, que obtuvo cinco millones de votos en las elecciones presidenciales de 1995. Y así fue como triunfó la Alianza entre el Frepaso y el radicalismo en apoyo de la candidatura de Fernando de la Rúa en 1999, detrás de una consigna de moralización.
Pero el problema de aquellos que ascienden al poder empujados por una consigna de moralización es que la ciudadanía, no bien les descubre una falla moral, es aún más severa con ellos que con sus antecesores. Menem, después de todo, nunca pretendió encabezar una cruzada contra la corrupción. Pero apenas un candidato que hizo de la pureza su bandera tiene un traspié moral, la ciudadanía no se lo perdona porque ya no lo considera un cínico sino un hipócrita. Los sobres del Senado acabaron por eso en un día con la principal bandera de la Alianza, preparando su dramático final. Del mismo modo la ciudadanía brasileña echó por tierra la presidencia de Collor de Mello, que había edificado su victoria sobre una consigna moral, no bien descubrió que la había embaucado.
...a Kirchner
Cuando los argentinos rodearon la caída de De la Rúa en 2001 con la consigna "que se vayan todos", su indignación respondía no sólo a la catástrofe económica, sino también a la previa catástrofe moral de los sobres del Senado, que había privado a una presidencia sitiada por las dificultades financieras de la autoridad moral que le habría permitido enfrentarlas.
Lo que pasó desde entonces fue que el presidente Kirchner pudo presentarse a partir de 2003 como un presidente enojado, tan enojado como el pueblo, frente a la inconducta de la clase política. Una y otra vez, el nuevo presidente mostraba sus manos abiertas para reivindicarse como un dirigente distinto en contraposición con una clase política vulnerada por el descreimiento. Esta actitud le permitió presentarse como el presidente moralizador que el país estaba esperando desde los años noventa.
Para salvar esta expectativa, el doctor Kirchner ha procedido con rapidez para ahuyentar la renovada sospecha de un estado de corrupción que lo amenaza desde Skanskagate . Empezó por afirmar que la corrupción de Skanska es un arreglo "entre privados", procurando así despegarse de ella. Hasta el caso Skanska, en verdad, la fama del nuevo gobierno en materia moral corría, como la de Menem en sus comienzos, en torno del rumor creciente sobre la existencia de sobornos en el Ministerio de Planificación, del ministro De Vido, con el respaldo de esa voz en el desierto que era Elisa Carrió.
Pero con el caso Skanska, ¿estamos entrando ahora en una nueva fase de la indignación moral de los argentinos que ya se había insinuado, aunque tímidamente, ante la evaporación de los fondos de Santa Cruz? Si quiere evitar que se repita con el caso Skanska lo que pasó en la era Menem con el Swiftgate e IBM-Banco Nación , quizás al presidente Kirchner no le baste mostrar sus manos abiertas, decir que la corrupción de Skanska es "privada" o beneficiarse con el desvío de la causa por corrupción en dirección del juez Montenegro, el mismo que se declaró incompetente ante la denuncia por los fondos de Santa Cruz. Quizá lo que ahora necesita es golpear sin piedad a varios de sus funcionarios, como lo hizo el presidente Lula con los suyos. Así podría eludir a tiempo la sospecha por el estado de corrupción que, después de ensombrecer las presidencias de Menem y De la Rúa, ahora se proyecta cerca de él. .
