Made in Nueva York

Juan José Jusid rueda en Manhattan "Un argentino en Nueva York" que, con Guillermo Francella y Natalia Oreiro, desarrolla las desventuras de un típico padre porteño en la ciudad de los rascacielos.

Lunes 16 de marzo de 1998

NUEVA YORK.- Argentina Sono Film está tirando la casa por la ventana, con su nueva producción "Un argentino en Nueva York", que le cuesta casi cuatro millones de dólares y que le permite al director Juan José Jusid la aventura de rodar en la ciudad de los rascacielos.

Los responsables de la producción -Carlos Mentasti y Luis Alberto Scalella, que fueron socios en el éxito de "La furia", estrenada en 1997- suponen, sin temor a equivocarse, que la elección de los recursos actorales y técnicos garantiza un suceso de público. "Un millón y medio de espectadores, por lo menos", imagina Scalella.

No es la primera vez que una película argentina lleva sus cámaras a Nueva York -Jusid filmó allí escenas de "Made in Argentina"-, pero es la primera vez que por lo menos un ochenta por ciento de la misma, cinco semanas de rodaje, se cumplen en una de las ciudades más fotogénicas del mundo.

Este atributo no es invención nuestra. Basta mirar por los ventanales del World´s Café, en la esquina de la calle 69 y la avenida Columbus, en el el Up West Side. Llueve afuera y las carrrocerías amarillas de los taxis pueblan de color las calles. En el fondo, el cemento se erige brillante sobre las vidrieras que lo reflejan. Una mujer cruza la avenida.

Es una mujer alta, ceñida en un tapado oscuro, largo, que esconde su mirada debajo de unos anteojos negros de buen tamaño. En su mano derecha porta un paraguas en cuyo borde se lee The New York Times. "¡Corten!", pide el director, justo cuando el semáforo libera la marcha de los coches. Un rumor de asfalto llega hasta el obligado silencio que reina en el bar.

Frente a la mesa donde apoya la taza con el café, el contraluz permite entrever la silueta de Guillermo Francella, que le echó el ojo a la mujer alta. El actor tiene el codo apretado sobre la mesa y debe poner cara de preocupación.

"Es que mi hija se vino de Buenos Aires a Nueva York para estudiar y me llamó para decirme que no va a regresar, que empezó a estudiar canto y que quiere quedarse a vivir aquí". Francella pone en primera persona el argumento que Graciela Maglie y Cristina Civale escribieron para que lo dirija Jusid -la idea le pertenece- y para que Francella y Natalia Oreiro se vistan con los personajes del padre y la hija rebelde.

"Supuestamente, Franco De Ricci, mi nueva criatura de ficción , se toma un avión y se viene a Nueva York para encontrarse con su hija de diecisiete años". La sorpresa del padre es grande: la nena cambió el color castaño de su pelo por un rojo encendido y se lo ha enrulado. En la aleta de la nariz lleva clavado un arito y se viste poco convencional.

"No es una película sobre ninguna clase de discriminación en el pelo o en el cuerpo -aclara presuroso Guillermo Francella-; es que al padre, un tipo de barrio, cariñoso y buen tipo, como los que a mí me gustan, le produce un golpe de efecto que lo voltea."

El temor de cualquier problema en la aceptación de los hijos y de sus rebeldías parece acercar el tema de "Un argentino en Nueva York" a una de las películas más querendonas entre las que realizó Juan José Jusid, "No toquen a la nena", de 1976.

"Podría haber alguna relación y no me molestaría -Juan JoséJusid se quita un sombrero de ala ancha que se calza para filmar-, ya que fui yo quien les dio la idea del guión a los productores y a las guionistas. Cuando filmé "No toquen a la nena" tenía hijos pequeños; hoy, que ya superaron la adolescencia, puedo decir que también a mí me hicieron pasar momentos de rebelión juvenil, viajes al exterior y temores de perderlos. Pero fue una ráfaga en que primó la comprensión, por suerte. Mi hijo Federico, que vive aquí, en Nueva York, es el compositor de la música de esta película.Ya hizo lo mismo en "Bajo bandera", mi película del año pasado".

La mujer del paraguas

En la charla ingresa Diana Lamas, que acaba de quitarse los lentes oscuros, se soltó el tapado y cerró el paraguas con la leyenda del Times. "A mí me toca hacer el papel de la vecina argentina que sabe dónde está la hija de Franco y que oficia de intermediaria para que se produzca el ansiado encuentro".

Diana es la nieta argentina de Fernando Lamas, el actor del mismo origen que a fines de los años cuarenta miró hacia Hollywood y se tomó el buque. En Hollywood, el abuelo Fernando, galán de canitas prematuras y buena voz para el canto, actuó en los estudios de la Metro como compañero de Elizabeth Taylor e interpretó al conde Danilo en el musical "La viuda alegre", al lado de Lana Turner, con quien dicen que anduvo en amores.

"Pero logró lo que quería: ser un tipo respetado en la industria mayor del cine -esperanzada, Lamas-. De eso me dí cuenta cuando falleció y vinimos a los Estados Unidos con mi madre, Cristina, que es hija de actriz Perlita Mux, mi abuela. Lorenzo Lamas es el hijo más conocido del abuelo Fernando; lo tuvo con Arlene Dahl."

Para Diana Lamas, el cine es más que una esperanza. "Es la vida entera. En casa no se hablaba de otra cosa. Cómo no les iba a salir actriz, aunque fuera un poco de circo, ya que mi preparación se produjo en "La Banda de la Risa", al lado de Claudio Gaillardou. Esta es mi primera película, pero me palpito que no será la última."

Cuenta Diana que se hallaba en Nueva York de vacaciones, igual que Ana, su personaje. Un día pasó frente al equipo de argentinos que estaba filmando -"No tuve intención de que repararan en mí", aclara sonriente-, la reconoció Luis Alberto Scalella y le ofreció el papel. "Dije en seguida que sí. Trabajar con semejante elenco y con un director como Jusid es el sueño cumplido."

Buena parte de las conversaciones con Jusid se relacionan con el temor de que los actores estallen fuera de nivel, sobre todo en el momento de dirigir a personas muy fogueadas en la desmañada gramática de la televisión.

"En Nueva York estamos lejos de las influencias televisivas -Jusid habla con la experiencia del hombre de cine- y confío en que el efecto transformador que posee el cine no lo consigue la televisión. Dentro de poco, mi primera película, ´Tute Cabrero´, cumplirá treinta años, y con ´Un argentino en Nueva York´ llego a mi décimo largometraje, a los que hay que sumar más de mil cortos publicitarios y 25 capítulos de la miniserie ´Dónde estás amor de mi vida...´, rodados como películas. El conocimiento de hoy no lo tenía en los comienzos. El trabajo te da tal experiencia que ya no se da la ilusión de aquellos tiempos: hoy pruebo una lente o ciertos sonidos y ya sé cómo va a salir. A pesar de mis treinta años de experiencia, no puedo dominar las turbulencias del clima neoyorquino, donde hace un rato llovía y acaba de salir el sol."

El clima de febrero y los primeros días de marzo en Nueva York fue el más intempestivo e imprevisible de los actores, en una película donde la magia de esta ciudad juega el papel de protagonista. Juan Carlos Lenardi, el director de fotografía, se las ve feas cada vez que calcula la luz, pues debe manejar la continuidad de la iluminación -si la chica cruzó la calle frente al bar con tarde lluviosa, no puede ingresar en el mismo con el sol que da más brillo a todo- y producir la impresión de que entre un plano y el siguiente sólo pasaron unos segundos, cuando, en la realidad de una filmación, tras mover los equipos desde la calle al interior del World´s Café, se sucedieron algo más de sesenta largos minutos.

Una canción

Ya están listos los equipos _unos cuantos técnicos son argentinos, pero abundan los norteamericanos hispanohablantes: según el informe del "catering", comen sesenta personas por día en la filmación, los actores están frente a la mesa del bar, una camarera con el rostro casi igual al de Whoopi Goldberg (fue buscado, por supuesto) se dispone a servir el pedido y un corito de personajes laterales, apoyados en la barra, se adiestra en un fondo cantable que tendrán que interpretar.

Se está por filmar una canción, uno de los momentos más mágicos en cualquier situación de rodaje. Sucede que Franco (Francella) adora a Roberta Flack y cuando se lo dice a Diana Lamas, ésta suelta a cantar "Killing Me Softly With His Song", uno de los clásicos de la cantante. Obviamente, el ámbito se llena de la música y la propia voz de Lamas que fueron grabadas temprano, en la mañana. A las órdenes habituales del director se suma ahora, dirigida al sonidista, la de "¡play back!", que señala que todo el mundo va a cantar, desde una cinta.

La escena es compleja. Hay que filmarla sobre un carro que da un giro encima de los rieles, en el espacio algo reducido del bar. Se hacen muchas retomas y hasta se escucha la voz impaciente de Jusid que, en un momento, insiste: "¡Todo sale mal... Vamos de nuevo!", sin fastidiarse, pero cuidadoso de los mínimos detalles. Siguen las retomas y luego los planos individuales. Preguntamos si se trata de un musical. El "line producer", Hugo Lauría, lo niega, "pero hay canciones; la gente a veces está alegre".

La jornada concluye con satisfacción. Jusid se acerca al grupo y reproduce las palabras de una señora mayor que le hizo una pregunta en la calle: "¿Are you the Frank Capra of Southamerica?" (¿Es usted el Frank Capra de Sudamérica?)

* * *

Transcurrió un día. Estamos ahora cómodamente instalados en un banco del Central Park. El sol está radiante. Supuestamente han pasado pocos minutos desde la escena rodada el día anterior. Natalia Oreiro, puntual y vestida como lo exige el personaje de Verónica, trata de concentrarse. Muchos transeúntes en torno de la filmación tratan de reconocer a los actores. Como abundan los turistas argentinos, ni Francella ni Oreiro se privan de firmar autógrafos con dedicatorias.

La producción se había preparado desde fines del año último para trabajar con nieve, pero el clima neoyorquino de este año fue demasiado benigno y no nevó. El intenso sol sobre el parque y la necesidad de continuar la filmación con un día nublado como el de ayer -vaya ironía-, obliga a los técnicos a colocar un improvisado toldillo con tela de trama abierta para filtrar menos luz sobre los actores, en la escena que se va a filmar: el reencuentro entre el padre y la hija y un abrazo que va a registrar la cámara sobre una grúa.

Sobre un banco, solo, Guillermo Francella mira hacia el suelo y frunce el ceño en busca de las necesarias lágrimas. Un poco más atrás, Natalia Oreiro tiene que lograr una congoja parecida. Padre e hija se abrazan varias veces, tantas como lo pide Jusid y la grúa eleva a los técnicos en el registro fílmico del acontecimiento. "Se copia", grita el director, cuando aún los lagrimales dan la prueba de que los actores se hallaban en buen estado de concentración emocional.

"Es grave que no tengamos nieve ni una luz pareja", -Margarita Jusid, hermana del realizador y directora de arte del film no se queja, explica- "pero la capacidad de Manhattan para crear los fondos más bellos del mundo justifica lo que sea. A veces hay que trabajar el doble para poner a punto la imagen y no crear discordancias".

Después de la emoción

Natalia Oreiro, apenas oculta detrás de unos anteojos pequeños y oscuros, se recupera de la conmoción emocional a la que el guión y las indicaciones del director la sometieron. "Para armar a Verónica -dice- me tuve en cuenta a mí misma, mi historia que, aunque corta, es intensa. No es fácil para una chica de diecisiete años cruzar el río y establecerse en Buenos Aires para trabajar de actriz. ¡Lo logré! La diferencia entre Verónica y yo misma es que Verónica se viene a Nueva York para un intercambio estudiantil y con el apoyo paterno, pero yo salí de mi casa sólo con la confianza y los buenos deseos familiares. El resto lo conseguí yo..."

Frente a los rascacielos, con el sol invernal que se prepara para esconderse tras la cordillera de cemento del Oeste, Natalia Oreiro luce radiante, enfundada en unos borceguíes medio azules, despintados, llena de esperanza. El equipo se marchó hacia el lado del sol, unos con los aparejos al hombro, otros dentro de la docena de camiones que escolta la filmación. El atardecer se va a filmar en el frente del edificio Dakota, donde vivía John Lennon y a pasos de donde, hace unos treinta años, nació "El bebé de Rosemary". Hábilmente, los productores buscan los sitios de Manhattan con historia propia y reconocible, de modo que Nueva York se convierta en un personaje más, si no en el principal.

El equipo

"Un argentino en Nueva York". Con Guillermo Francella, Natalia Oreiro, Diana Lamas, Jessica Schultz, Cristina Alberó, Boris Rubaja, Fernando Siro, Gabriel Goity, María Valenzuela y Steve Wilson.

Carlos Mentasti y Luis Alberto Scallella producen para Argentina Sono Film, en asociación con Telefé. Graciela Maglie y Cristina Civale (guión), Hugo Lauría (director de producción), Juan Carlos Lenardi (director de fotografía), Aldo Lobótrico (camarógrafo), que falleció días atrás durante este rodaje, Margarita Jusid (dirección de arte), Evelyn Bendjesbov (vestuario), Federico Jusid (música), Daniel Valencia (montaje), Jorge Stavropulos (sonido en la Argentina), Mirtha Blanco (maquillaje en la Argentina), Cinecolor (laboratorio). Dirección: Juan José Jusid.

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