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Opinión

 
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Martes 08 de mayo de 2007 | Publicado en edición impresa

Editorial I

La lección de Francia

 
 
 

El primer balance del gobierno de Nicolas Sarkozy, que comenzará dentro de una semana, se hará, como es convencional en todo el mundo, al finalizar los primeros seis meses, a mediados de noviembre próximo. Por ahora los resultados de las elecciones en Francia han dado paso a una ilusión renovada, tal vez la de mayores proporciones de los últimos años, de que las sociedades contemporáneas, y no sólo la francesa, puestas a elegir entre la modernidad, por un lado, y el anacronismo de formulaciones estatizantes y paternalistas, por el otro, opten, con ánimo más firme, por el camino de la sensatez y del progreso en los hechos y no en el palabrerío demagógico. Hasta aquí esos resultados deben verse como una lección de la sabiduría francesa, expresada en una votación de la que participó más del 85 por ciento de los ciudadanos inscriptos.

Han sido casi todas buenas noticias las que Francia ha dado este fin de semana último. Y, habiendo sido tales, no hay razones para escamotear la satisfacción que ello suscita. Francia ha sido un país de inmensa gravitación en la evolución de las ideas y el peso de su influencia cultural se ha hecho sentir hasta nuestros días en la intelectualidad latinoamericana y, por cierto, en la de nuestro propio país. De modo que lo que ocurre en Francia es siempre importante para la latinidad.

Desde la revolución francesa de 1789 la afirmación universal de los derechos humanos reconoce en Francia el ámbito de su paternidad esencial, bien que con olvido frecuente de los horrores a que esa misma revolución dio lugar con los excesos jacobinos. Desde entonces, precisamente, sabemos que la exacerbación de las pasiones populares termina mal para todos -terminó mal para el señor Guillotine-, e incluso para quienes impugnan desde el poder el disenso con el humor variable de las mayorías.

En tiempos de desconcierto en amplios espacios de la América latina -con la excepción clara de países como Brasil y Chile- la victoria de la fuerza de centroderecha en Francia abre la esperanza de una gravitación política y cultural madura en el tembladeral de los deberes humanos. Poco entienden de esa materia algunos de los principales exponentes de la nueva generación de dirigentes latinoamericanos.

Pues bien, la mayoría elocuente obtenida por Sarkozy debe interpretarse como respaldo a un programa de valores que en nuestro continente muchos habrían definido como antipopular. Ese programa fue enunciado por el candidato triunfante con el carácter de piedra basal para un cambio que su país no puede demorar por más tiempo a riesgo de perder competitividad en los mercados internacionales.

La verdadera defensa de los derechos humanos no se realiza con declaraciones huecas de contenido. O haciéndolo de manera parcial o con el impulso de mitos como el de que hay monedas de una sola faz cuando, en rigor, la experiencia demuestra que toda experiencia humana genera su contrafigura. La otra cara de los derechos humanos -en cuya lucha, por cierto, no debe haber intermitencias- es la de los deberes humanos. El programa de gobierno de Sarkozy los ha tenido presentes.

¿Qué sería de la libertad o de la propiedad privada en Francia sin un sentido innato del orden, puesto a prueba a diario por el terrorismo, que conmueve a tantas partes del mundo, o por el desprecio por la seguridad individual y pública que demostraron las turbas incendiarias en la periferia de París y de otras ciudades en 2005?

Frente a la política de prebendas propuesta por el socialismo, Sarkozy opuso la voluntad de estimular por todos los medios posibles la cultura del trabajo. Para ello habrá ventajas impositivas. En la escala de valores que el vencedor expuso durante la campaña el sentido de la responsabilidad individual ha rayado todo lo alto que permitía otro principio irrenunciable, el de la igualdad de oportunidades que la organización social y política del Estado debe asegurar a cada uno de los ciudadanos.

El líder de la Unión de Demócratas por la República (UDP) ha vencido este domingo por más de seis puntos después de haber asestado, en la primera ronda, un golpe decisivo a la extrema derecha del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. En el ballottage, la mujer ha tenido en Ségolène Royal, como puede tenerla hoy en cualquier democracia, una oportunidad. Ella la ha perdido.

Debe, sin embargo, reconocerse que a lo largo de la campaña electoral la señora Royal procuró apartarse de los esquemas de pensamiento más rígidos de la vieja izquierda francesa. Pagó esa independencia con la hosquedad con la cual devolvieron su actitud algunas de las más antiguas personalidades del Partido Socialista. O intelectuales de izquierda que hicieron públicas sus simpatías por el candidato de centroderecha. Pero igualmente obstaculizaron su ambición las ambigüedades con las cuales se pronunció sobre ciertos problemas centrales de la Francia de hoy y la constatación general, ya cuando ella infería la derrota inminente, de que la mujer puede llegar a encarnar, tan bien -o, mejor dicho, tan mal- como el hombre sentimientos de perversidad volcados al servicio de resultados electorales.

Si Ségolène Royal quiso extorsionar a los franceses con la advertencia de los tumultos eventuales con los cuales Francia se enfrentaría en caso de su traspié, dio un pésimo ejemplo de prestancia política. Ha dejado así, con todo, un modesto consuelo a quienes en otros escenarios nacionales observan, como un destilado original de la política local, la bajeza creciente, que no perdona la intimidad de las personas ni nada, en la que se hunden las prácticas políticas cada vez que se aproxima la hora de las urnas. Se trata de un capítulo con interrogantes por responder en la amplia disciplina de los derechos humanos, que se supone abarcan no sólo la integridad física de las personas, sino también los valores del espíritu.

Europa, en conjunto, sale en principio tonificada con el caudal de votos recibido por las promesas de gobierno de Sarkozy y sus principales seguidores. En semanas más, los franceses deberán decidir en las urnas la magnitud del respaldo parlamentario que otorgarán al presidente electo. Tanto éste como la señora Royal quedan como la vanguardia de una generación emergente, que deja atrás la época que toca cerrar al señor Chirac.

Gran Bretaña y la política permanente de los Estados Unidos se hallarán ante un interlocutor al que conocen por haber estado en los últimos veinte años en el centro de la escena francesa y con el que abundan las razones para entenderse en asuntos fundamentales de la política europea y mundial. España, en cambio, debería aprovechar estos resultados para hacer un examen de la situación en que se encuentra en el concierto europeo con este socialismo del señor Rodríguez Zapatero. Un fenómeno en cuya agitación es por momentos irreconocible la España socialista de Felipe González. Si España hace debidamente ese examen se hará un favor a sí misma y, por extensión, a la Argentina, sobre la que se derrama su incuestionable influencia.

Entretanto, si bien confiamos en la acción resuelta de un político moderno como Sarkozy en cuanto a las líneas con las que irá definiendo su perfil la política internacional en el siglo XXI, también hacemos votos porque el arrojo y la determinación que han definido la personalidad del candidato triunfante se detengan un paso antes de la vehemencia y crispación que dañan más que construir. Hay una luz de alarma encendida sobre esa debilidad del carácter del señor Sarkozy.

Esperemos que en la afirmación de que "la victoria no es para la venganza" se encuentre el nudo de una reflexión profunda sobre ese punto de quien gobernará Francia por los próximos cinco años sin declinar, seguramente, del orgullo nacional que ha inspirado desde De Gaulle la política exterior francesa en relación por igual con aliados que con adversarios. .

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