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Quince minutos de fama

LA MALDICION DE JACINTA PICHIMAHUIDA Por Lucía Puenzo-(Interzona)-301 páginas-($ 34)

Domingo 13 de mayo de 2007

"La maldición de Jacinta Pichimahuida" fue, antes que la tercera novela de Lucía Puenzo, uno de los titulares más sensacionalistas de la televisión argentina. Cuando, en julio de 2004, se descubrió que el asaltante muerto y el cabo de la policía detenido en un robo a un maxiquiosco eran ex actores de Señorita maestra , el "periodismo del espectáculo" convocó a los alumnos de la serie para hablar de los delincuentes con sus nombres de ficción, Cirilo y Siracusa. Los suicidios de dos actrices de la estudiantina sirvieron para convertir el caso policial en la clave de un destino maldito y en excusa para el parloteo de los programas de chismes. Más allá del caso en sí, es el delirio oportunista de la televisión lo que la autora elige para encontrar el tono de esta tragicomedia crispada de humor negro.

El protagonista de la novela de Puenzo, Pepino, es un extra suplente del programa que, como muchos niños actores, no pudo reconstruir su vida pasados los quince minutos de fama que le tocaron en gracia. Su anodina existencia parece encontrar una salida cuando se enamora de Twiggy, la desequilibrada hija de un juez que recuerda, más que a la supermodelo que le da nombre, "a la novia muerta de Tim Burton". Pero la sombra del pasado amenaza el idilio. Pepino persigue a un hombre que lleva un manuscrito bajo el brazo y que, al huir asustado, abandona sus papeles. En los fragmentos destrozados, el extra cree confirmar sus sospechas: Abel Santa Cruz, el guionista de la serie, ha vuelto de la muerte para escribir los destinos de sus actores. La novela inicia así una desbocada carrera de signos.

La interpretación de los fragmentos rescatados le permite a Pepino reconstruir un "guión" que anticipa las desgracias ocurridas a los actores de la serie. De este modo, realidad y ficción se confunden en un juego de planos superpuestos en el que los datos biográficos de los actores tomados por la autora -"Palmiro Caballasca" maneja un remise, el suicidio de la última "Jacinta" de la tira- contribuyen a la creación de los personajes, duplicados a su vez por sus papeles en el programa televisivo.

De confirmarse la maldición, el actor fracasado podrá representar un papel central en una estructura dramática perfecta: se transformará en el causante de las tragedias de sus compañeros de elenco, pero también recuperará su lugar en la gloria y la identidad vicaria que le brindaba recitar las palabras escritas por otro.

La estructura de la novela parece acompañar estas opciones. Puenzo, que además de escritora es cineasta, trabaja el relato a partir de la construcción de escenas que permiten encadenar el ritmo frenético de las acciones y dar profundidad a la descripción de los personajes. Los capítulos van alternando el pasado de la filmación de la serie con el presente, descubriendo los secretos de la relación de sumisión y dominio entre los personajes y su autor. Pero el montaje de las escenas no siempre coincide. La autora introduce pequeños desvíos entre pasado y presente que sugieren al lector que es en la violación de la propia estructura dramática donde el desborde del relato logra mayor libertad.

Contra la prolijidad de la trama de sus novelas anteriores ( El niño pez y 9 minutos ), en La maldición de Jacinta Pichimahuida , Puenzo se arriesga al exceso de las narraciones que cambian la literatura por la televisión como su referente, sin caer por ello en la suma de gags y guiños a la cultura pop habituales en estos casos. En la novela, Abel Santa Cruz aclara la apuesta citando a Raymond Chandler: "un escritor que teme excederse es tan inútil como un general que tiene miedo de equivocarse".

Martín Lojo

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