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El infierno en Darfur

En el noroeste de Sudán, los negros resisten desde hace décadas el sometimiento de los árabes. Viaje al fondo de una lucha étnica que siembra el horror en el país de mayor tamaño de Africa

Domingo 20 de mayo de 2007

Mohamed Idris, un musulmán negro de Darfur, Sudán, había estado apilando leña en su aldea aquel día, cuando escuchó los aviones, las bombas, los explosiones, los gritos. Corrió a su casa y encontró a su hermana ensangrentada y violada por seis hombres, a su madre con un disparo en la cabeza, a su padre y a su hermano quemados vivos en los humeantes restos de su choza. Su familia, su comunidad, su hogar habían sido destruidos. Le encantaría matarlos a todos. Hombres, mujeres, niños. Exactamente como lo hicieron ellos. Ojo por ojo. Lo principal es quedar a mano, vengarse de manera sangrienta de los árabes y de sus milicias, dice él mientras se atusa el bigote del labio superior. Porque ellos se llevaron todo lo que amaba y que le resultaba próximo y querido. Su madre y su padre asesinados, su hermana violada y su aldea incendiada y reducida a cenizas sobre el suelo del desierto en el que se alzaba... Su futuro ha desaparecido, el pasado se ha convertido en un bloque emocional único.

Ya ha liquidado a unos cuantos, dice. Pero no es suficiente. “Nunca olvidaré, nunca perdonaré”, dice el hombre cuyo cuerpo está cubierto de hijabs, bolsitas de cuero negro que contienen versículos del libro sagrado, el Corán. “Me protegen de las balas enemigas, me hacen invencible.”

Mohamed habla como alguien que ha aceptado su destino. A sus pies, se dispersan los restos momificados de once personas. Cadáveres tendidos, con la ropa hecha jirones. El leve y dulzón olor de la muerte y la putrefacción invade nuestras narices. Sus manos acarician el arenoso suelo del desierto. Está perdido en sentimientos que no podemos compartir, como si hubiera viajado a algún lugar lejano al que la gente normal no puede ir. Abajo, en el valle, está Farajiwa, su aldea.

“Mataron a tiros a todos lo que no pudieron huir con suficiente rapidez”, dice Mohamed. Se rehace, como si estuviera despertando de un sueño. Es un hombre joven. Turbante blanco, anteojos de sol espejados, sandalias plásticas. Apenas diecinueve años, pero poseído por un único pensamiento ardiente: matar. “Soy bueno en eso”, se jacta, y muestra sus inmaculados dientes blancos en una amplia sonrisa.

Mohamed pertenece a la tribu Zhagava, nómadas, criadores de ganado y pequeños agricultores. Africanos negros. La región de Darfur está dividida por una frontera imaginaria en el sitio en el que el Africa árabe choca con el Africa negra. Aquí se enfrentan diferentes culturas, tradiciones y rituales. Durante siglos, los árabes sometieron a los negros como esclavos, un destino que les tocó a los abuelos y a la madre de Mohamed.

Los disturbios en Darfur son en realidad una guerra étnica. Desde hace tiempo es evidente que la verdadera motivación ya no es luchar por la libertad ni por la igualdad de derechos, sino para adquirir poder. Para ambos bandos. Las emociones conflictivas que han estado bullendo en la memoria colectiva de las tribus durante siglos han estallado ahora en un vacío sin ley donde no hay respeto por los derechos humanos y los musulmanes matan a otros musulmanes.

Mohamed es combatiente del Ejército de Liberación Sudanés (ELS) en Darfur, tal como la mayoría de los hombres de su tierra natal del noroeste de Sudán, el país más grande de Africa. Algunos se han unido a la lucha para conseguir libertad y para superar la opresión que padecen por parte de un gobierno que favorece a los árabes. Otros se alistaron por no poder aceptar la humillación de haber sido expulsados de sus pueblos natales, y de tener que vegetar en campos de refugiados de Chad, país vecino. Pero la mayoría –como Mohamed– sólo busca vengarse de lo que les han hecho.

Es una lucha desigual, en la que los rebeldes no tienen muchas armas, salvo ametralladoras antiguas, granadas oxidadas y camellos para defenderse de los lanzamisiles, los helicópteros y los jets bombarderos del ejército sudanés y su aliada, Janjaweed, la muy temida milicia árabe. El conflicto ya ha costado más de 300.000 vidas, y 2 millones de personas han huido a lugares más seguros. La tregua negociada por la diplomacia internacional suele ser frecuentemente ignorada por ambos bandos, y se producen súbitos estallidos de violencia. Una tragedia oculta en un “rincón muerto” de la sociedad mediática.

“He sepultado aquí a mi familia –dice Mohamed cuando llegamos a Farajiwa–. Aquí es donde murieron mis amigos. Y donde murió mi alma.” Se refiere a la aldea como “la escena del crimen”, y señala que las investigaciones no han concluido. Tal vez nadie esclarezca nunca lo que en realidad ocurrió aquí. Mohamed sepultó lo que quedaba de su familia en una tumba junto a la choza. Más de doscientas personas murieron en Farajiwa aquel día. Los que tuvieron la fuerza suficiente para hacerlo, empacaron sus pertenencias sobre un camello o un asno y se dirigieron a los campos de refugiados del otro lado de la frontera con Chad. Un viaje de tres días. Un vecino se ofreció a llevar a su hermana y cuidar de ella. Mohamed le prometió que algún día la buscaría en todos los campamentos. Pero ya había tomado su decisión. Se enrolaría en el movimiento rebelde para luchar. Venganza. Con tanta rapidez y tanta furia como fuera posible, porque ya no tenía más interés en otra cosa en la vida.

Cualquiera puede unirse a los rebeldes. Viejos hambrientos o chicos adolescentes. Voluntarios. Nadie recibe ningún pago. Los niños huérfanos preparan la comida de los comandantes o buscan leña, hasta que tienen fuerza suficiente para llevar un arma y participar en la lucha. Junto a su familia Mohamed sepultó todos sus sueños y planes para el futuro. ¿Una vida de abogado en Jartum? “Las palabras nunca traerán justicia a este país. Sólo esto lo hará”, señala su arma.

Farajiwa es ahora una base de los rebeldes. Zona liberada, tierra calcinada. Los troncos de los árboles están marcados por las balas. Profundos cráteres donde cayeron las bombas lanzadas desde los helicópteros. Aquí los rebeldes tienen armas, municiones, gasolina y repuestos para los vehículos de tracción que necesitan para hacer su patrullaje por el desierto. En una de las chozas se almacenan los alimentos, en cajas con etiquetas de las organizaciones Usaid (agencia estadounidense para el desarrollo internacional) y WFP (el programa mundial de alimentos de Naciones Unidas). Vienen de los campos de refugiados donde viven los familiares de los rebeldes y adonde éstos van cuando están heridos o necesitan descansar un poco de la vida en el frente.

Ya es noche cerrada. Una tormenta helada levanta arena y polvo sobre el suelo del desierto. Le pregunto cuántas personas ha matado. No lo sabe; en algún momento dejó de contarlas. “Muchas”, dice finalmente, y se encoge de hombros. Después cuenta cómo los soldados del gobierno escaparon en medio del combate, dejando sus armas atrás. Su relato épico. Se ríe y abraza su amada Kalashnikov... el arma que jamás abandona sus manos. “Esta se la saqué a un enemigo después de matarlo.” Lo dice sin mostrar emoción alguna en su cara. Ni odio ni remordimiento.

Una súbita tensión invade el campamento con la noticia de que Saya –otro reducto rebelde, a unos 120 kilómetros de Farajiwa– ha sido atacado. Hubo víctimas, y el peligro de un ataque contra Farajiwa es demasiado inminente como para quedarse tranquilos. El campamento está ahora en estado de alerta. Han desaparecido la atmósfera calma, la rutina normal. Se oyen las órdenes que gritan los oficiales y el ruido de las botas de los soldados ejercitándose. Nos levantamos con los primeros albores; hay ejercitación a las ocho, desayuno a las diez; hay que desarmar las armas y limpiarlas y volver a armarlas, y después –a pesar de toda la inquietud– viene la habitual ceremonia del té de la tarde, una partida de naipes, carnear una cabra para la cena, vaciar la cabeza de todo pensamiento...

Es el amanecer. Los soldados se agrupan en la plaza de la aldea de Farajiwa, donde han encontrado una bomba que no explotó, de 500 kilos, sobre cuya cubierta hay algo escrito en caracteres cirílicos. Se aprestan para el diario patrullaje del desierto, divididos en grupos más pequeños, de quince soldados. Se distribuyen cigarrillos entre los hombres, que los comparten como si fuera a ser el último que fuman, y debaten noticias y rumores de otras partes del país que los rebeldes reciben por medio de teléfonos celulares. ¿Dónde y cuándo se produjo el último ataque? ¿Hubo heridos? ¿Algún familiar o algún amigo han perdido la vida? ¿Cómo están los nuestros en los campos de refugiados? “Alá u’akbar”, gritan. Dios es grande.

Después se acomodan en los vehículos. La patrulla recorre la campiña de Darfur: aldeas saqueadas y pozos de agua sepultados bajo montículos de arena, tumbas colectivas y esqueletos de camellos. El aire tiembla bajo el sol de la tarde. De pronto, el jefe de la patrulla abandona de un salto su escondite y abre los brazos en un gesto de bienvenida. “Hermanos –dice a uno de los hombres que regresan de un campamento de refugiados de Oure Cassoni–. Casi disparamos contra ustedes. ¡Alabado sea Alá!”

La atmósfera cambia hasta transformarse en una festiva excitación... toda tensión se esfuma. Alguien lanza una salva de disparos al aire como celebración. Pero Mohamed parece desilusionado, como si alguien le hubiera arruinado su fiesta de cumpleaños. “Mañana será otro día”, dice, y se tiende a la sombra de un árbol para dormir un rato. En Darfur ya no hay nada alegre o agradable. Sólo hay sacrificio.

Texto y fotos Carsten Stormer TCS/ZUMA Press/LA NACION

Traducción: Mirta Rosenberg

Para saber más: www.savedarfur.org

Para entender el conflicto

Si bien data de hace varias décadas, el conflicto étnico en Darfur estalló de manera sangrienta en 2003, cuando las fuerzas armadas sudanesas y un grupo miliciano conocido como Janjaweed comenzaron a combatir a dos grupos rebeldes: el Ejército de Liberación Sudanés y el Movimiento por la Justicia y la Igualdad.

Desde entonces, al menos 400.000 personas fueron asesinadas y más de 2 millones de civiles, desplazados, debieron trasladarse a otras zonas de Sudán o a campos de refugiados en Chad, un país vecino.

Según la organización Save Darfur, más de 3,5 millones de personas (hombres, mujeres y niños) dependen exclusivamente de la ayuda internacional para sobrevivir. En julio de 2004, el Consejo de Seguridad de la ONU ordenó al gobierno de Sudán el desarme de Janjaweed. Dos años más tarde, tropas de paz de la ONU se involucraron en el conflicto. Sin embargo, la situación no mejoró.

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