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Miércoles 23 de mayo de 2007 | Publicado en edición impresa

Opinión

Los muertos no hablan

Por Maruja Torres
De El País

 
 
 

BEIRUT.- De Beirut a Trípoli apenas hay controles militares. Se refuerzan al salir de la ciudad hacia el Norte camino del campo sitiado de Naher al-Bared (quiere decir "el río frío", qué paradoja), donde en el momento en el que escribo, al final de un largo día, pero no al final de todo, siguen librándose feroces combates y produciéndose bajas y heridos en los dos bandos. A uno lo conocemos. Es el ejército libanés. El otro resulta un misterio.

La Conspiración, ese recurrente argumento de Medio Oriente para no verse a sí mismo, se encuentra en su momento álgido. ¿Una facción, dos facciones, tres facciones? ¿Veinte nacionalidades en un solo partido violento? ¿O son palestinos jóvenes y airados? Organizados lo están. Y mucho.

El ejército sólo podrá someterlos perpetrando una masacre, entrando en el campo a sangre y fuego. Ahora mismo sabemos que matan indiscriminadamente. Los clérigos (me dejan indiferente a qué credo pertenezcan: mienten como bellacos casi siempre) dicen que los de adentro utilizan niños como escudos humanos. Los veteranos periodistas sabemos que la crueldad árabe convierte a sus hijos en guerrilleros, nunca en barreras. Por lo menos los arma. Israel sí utiliza ese método, pero con los niños palestinos.

Bien. También corre la versión de que, de los 40.000 habitantes del campo (10% de la población de Trípoli), la mitad son de Al-Fatah (el clásico de la Organización para la Liberación Palestina para todas las temporadas), y la otra son palestinos llegados de Ain el Helue, otro campo en Saida (Sidón), y furiosos. Como no hayan venido en ómnibus vestidos de jugadores del Barça, no sé yo. A lo mejor es que piensan diferente. A lo mejor es que son de aquí, del campo. Otras fuentes señalan que se trata de egipcios, sirios (el fantasma favorito), paquistaníes, afganos... Pero nadie da nombres.

Cuando se decreta el triste alto el fuego de la tarde, para que entren las ambulancias a llevarse heridos y cadáveres, no sabemos con quién negocia el comandante. ¿Quiénes son los muertos del bando miliciano? ¿Quién es el capullo que, cuando entra la Cruz Roja -a la Media Luna Roja la dejan entrar-, permite que se pongan a disparar, como si la visión de la cruz pintada en la carrocería los pusiera malitos?

Desconcierto y escepticismo

El gran Robert Fisk, de The Independent , con quien estuve charlando cuando nos cruzamos en medio del marasmo periodístico, me confesó que ni él (que suele saberlo todo) tiene ni idea. Y es verdad lo que ha dicho: "¿Los muertos? Sí. Carbonizados. Los muertos no hablan". Y no hay ADN que nos autorice a analizar, en el caso de que las ideas dejaran rastro en la sangre y los países tuvieran su adenecito, pienso. El escepticismo lo tiñe todo. Le deseo buena suerte a Fisk y me contempla con conmiseración. Me encojo de hombros. Ya sé que no la hay. Era por hablar.

Les contaba que esto, informativamente, no hay quien lo aguante. Todo el material nos llega filtrado por las fuentes ministeriales, policiales y militares. A los periodistas esos controles que se van haciendo más fuertes al llegar al campo nos conducen, disciplinadamente y sin saberlo ("¡Qué bien educados son!", babeaba un corresponsal dado a la ternura militar) hacia esa especie de picnic-espectáculo para Barbies presentadores/as en que se ha convertido la observación de la batalla.

Con decir que, en la terraza con pinchos, sólo íbamos sin casco y en mangas de camisa cuatro veteranos de este país: Fisk, de The Independent ; Tomás Alcoverro, de La Vanguardia ; un libanés al que adoro y que es igual que Fred Astaire y cuyo nombre no puedo recordar ni aunque me empalen, y esta servidora.

Al llegar al final de nuestro recorrido, custodiado por virtuosas tanquetas, un caminito se empina hacia la casa donde se reúnen los enviados especiales. Es como una excursión a un merendero en un "bello paraje de esta pequeña y sufrida república", por decirlo también manoseando los tópicos.

A la derecha, naranjales, un invernadero que culmina la brillantez del último tramo de carretera, sembrado de palmeras y magnolios. Enfrente, vehículos atascados: periodistas, tanqueta, periodistas, tanqueta. Sólo falta una familia y un perrito. Pero los sabuesos sabemos que tenemos que subirnos a la terraza y esperar, esperar a que los hombres callen porque las armas ladran, a que las personas mueran porque los hombres muerden. Sólo nos redime sufrir por saber que, al final de cada bala, hay una historia que termina.

Lo más exclusivo que vi desde allí arriba fue a un periodista meando contra un árbol y subiéndose luego la cremallera. Al fondo, el campo de refugiados Naher al-Bared, donde ignoramos qué ocurre. Se parece tanto a Gaza, emparedada entre la apatía turquesa del Mediterráneo y la tierra de los otros, que asusta. Aquí la tierra es más hermosa pero por ello es también más cruel. No es suya.

¿Por qué van a hablarnos los muertos? Esto no es ir a ciegas. Alguien controla la ira, alguien la está dirigiendo muy bien. .

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