Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

"Los jueces independientes incomodan"

Lo dice Perfecto Ibáñez, del Tribunal Supremo español

Miércoles 30 de mayo de 2007

Desde que Montesquieu postuló la división de poderes, hace más de 200 años, la independencia judicial se convirtió en un pilar de la democracia. Sin embargo, para Perfecto Andrés Ibáñez, juez del Tribunal Supremo de España, hoy el término tiene un valor más retórico que real. “Los jueces que de verdad son independientes siempre son incómodos”, afirma.

Según Ibáñez, las agresiones de otros poderes y hasta la actitud de los propios jueces obligan a pensar que la independencia “no existe por las buenas” y que, incluso en un marco legal que la favorezca, “hay que luchar por ella”.

Original de Palencia, una región donde los nombres se ponían a golpe de santoral, el magistrado, de 63 años, es el cuarto y último miembro de una generación de Perfectos. Es también un hombre de familia judicial. Esa cercanía con la toga y los códigos y el haber comenzado la carrera durante el franquismo motivaron su interés por el problema de la independencia y por saber qué modelo de juez y de justicia la garantizaban mejor. En los libros que publicó sobre el tema -se destacan El poder judicial (1986), Corrupción y Estado de Derecho: el papel de la jurisdicción (1996), Crisis del sistema político, criminalización de la vida pública e independencia judicial (1998)- Ibañez desarrolla un modelo basado en la experiencia italiana de posguerra. De visita al país para participar del I Congreso Federal de Justicia Penal, el juez analizó los nuevos desafíos a la independencia, como los que plantean los medios de comunicación.

"Algunos jueces adquieren un protagonismo desmesurado, y eso no es bueno", afirma Ibánez
"Algunos jueces adquieren un protagonismo desmesurado, y eso no es bueno", afirma Ibánez. Foto: Miguel Acevedo Riú

-¿Cuándo nació su interés por el tema de la independencia?

-Comencé a ejercer la profesión en la dictadura franquista y allí el problema de la independencia tenía una densidad notable, porque el sistema la hacía muy difícil. Si cabía alguna, era con un cierto costo personal y por la propia actitud de quien la ejercía. Luego descubrimos que con la dictadura no se acaban los problemas, porque el juez está siempre inmerso en un contexto en el que la independencia es incómoda a otras instancias de poder. Le llegan asuntos de alta densidad política. Haga lo que haga, el juez es un sujeto incómodo. Desde la política, es habitual que se intente controlarlo, limitar su actuación o condicionarla de alguna forma. Entonces, aunque hay un discurso oficial que alaba la independencia como algo definitivamente consolidado en las democracias, la verdad es que es un serio problema. Pero no sólo por agresiones externas, sino incluso por la actitud de los propios jueces. Porque hay jueces que aceptan no ser independientes y tratan de ser gratos a una opción política o a un determinado gobierno.

-¿Qué modelo propone para garantizar la independencia judicial?

-La mejor realización práctica del modelo de justicia y de juez que exige un Estado constitucional y de derecho es el que aporta la Constitución italiana de 1948. Tiene un Consejo de la Magistratura que no depende políticamente de ninguna instancia de poder y es de composición mixta. Lo componen jueces y juristas de designación parlamentaria. Además, no hay una Corte Suprema con poder político y los jueces son rigurosamente iguales entre sí en dignidad y en calidad de independencia. En la experiencia occidental, no hay nada tan interesante.

-¿Se pudo aplicar en otros países?

-En Portugal es donde mejor desarrollo tuvo. España tomó el modelo del Consejo de la Magistratura, pero no lo llevó hasta las últimas consecuencias. En América latina hay muchos países que tienen consejos, pero no asumieron esa figura institucional de la forma en que deberían, porque no los dotan de suficiente independencia política.

-En algunos casos, se produjo incluso un aumento del control político sobre los consejos de la magistratura...

-Sí, eso pasa en muchos países. En algunos casos, el Consejo de la Magistratura queda sujeto a la Corte Suprema, que, a su vez, está controlada políticamente. En otros, hay algún tipo de control político sobre el Consejo. Este es el camino hacia la negación de la independencia. Institucionalmente es algo que no se sostiene con facilidad. Cuesta entenderlo. La independencia es un valor difícil, que plantea exigencias. El juez que de verdad es independiente es siempre un juez incómodo y con frecuencia deberá tomar decisiones que no son gratas a los centros de poder. Eso hace difícil su existencia. Sobre todo, no es un camino para obtener reconocimientos o premios. Si yo aspiro a ser juez y nada más y mi horizonte es la jurisdicción, porque me gusta y creo en ella, estoy a salvo de estos riesgos. Pero si tengo aspiraciones de carrera política o de reconocimiento institucional, o si quiero que me nombren para alguna instancia judicial internacional, es posible que necesite ser grato a determinados centros de poder. Ahí empieza la pérdida de la independencia. Por eso creo que la carrera judicial entendida al modo tradicional es un atentado a la independencia, porque predispone al juez a ser grato a quienes administran sus expectativas de carrera.

-La horizontalidad que propone, con jueces iguales entre sí, ¿evitaría esto?

-En realidad, lo de horizontalizar la justicia y hacer que los jueces se distingan sólo por la función que ejercen es algo que se puede lograr con un determinado tratamiento legal. Por ejemplo, evitando que la propia institución judicial esté jerarquizada como el ejército, lo que no tiene razón de ser. Ahora, también es verdad que la posición del juez juega un papel. Hay jueces a los que les encantan el oropel, las togas y las medallas. Ese tipo de jueces aspiran a posiciones de poder. Lo importante es que no haya posiciones de poder en la carrera. La cultura de los jueces debe ser una cultura de la discreción. En nuestra profesión sobran liturgias y pantallas que nos separan de la gente, ocultan lo que hacemos y favorecen muchas veces malas actuaciones judiciales, porque todo lo que no es transparencia va en contra de la justicia bien entendida.

-Sin embargo, muchas veces con la excusa de la independencia los jueces se muestran aislados y con privilegios que el resto de la sociedad no tiene.

-No hay cosa más antinatural que un juez incrustado en un marco de poder y beneficiándose con privilegios difíciles de comprender, ejerciendo su poder de una manera autocrática, que en vez de explicar sus resoluciones las rodea de hermetismo para que resulten casi incomprensibles. Esta función reclama sencillez. Y, como es una función que pisa muchos callos, tiene que ser ejercida con mucha legitimidad y soporte de razonamiento.

-¿Qué piensa sobre la presión de los medios? ¿No afecta también la independencia judicial?

-Este es un problema que tiene muchísima importancia. Yo conocí un tiempo en el que el único reflejo que tenía nuestra actividad en los medios de comunicación era una pequeña notita cuando había un crimen horrible. De ahí pasamos a que los periódicos se abran con noticias judiciales. Algunos jueces adquieren un protagonismo desmesurado. Los medios de comunicación se convirtieron en instancias de poder, y esto genera un clima que puede ser muy condicionante para la independencia.

-¿Qué papel deben tener los jueces en el diálogo con la prensa?

-No creo que sea bueno que comparezcan los jueces en una rueda de prensa cada vez que dan sentencia. Puede dar lugar a que digan más cosas de las que tienen que decir. Creo que la vía de comunicación debería ser algún tipo de oficina de prensa para facilitar determinado tipo de información. No descarto que en algunos casos el propio juez o el propio tribunal deban salir a un medio a explicar, pero con autocontención y sabiendo muy bien lo que dicen. Y por supuesto lo que no se puede hacer, que a veces pasa, es un uso táctico de la información privilegiada. Hay jueces que lo hacen, y eso me parece insoportable.

-¿Es parte de la búsqueda de protagonismo?

-Me parece una enfermedad grave. Creo que un juez no puede tener de estelar más que lo que tenga el caso. A veces es inevitable, si un caso es realmente relevante, que el juez tenga protagonismo, porque, en definitiva, la ciudadanía se encargará de leerlo en primera plana por una razón de interés. Pero los jueces tendrían que ser especialmente celosos, porque lo que administran no es suyo. Si yo me convierto en un juez estrella y cada caso en el que intervengo es un caso que desborda el interés mediático, estoy arrastrando a las personas cuyas situaciones administro a ese terreno, en el que no tienen por qué estar.

-Es inevitable pensar en el juez Baltasar Garzón...

-La experiencia Garzón tiene luces y sombras. Garzón hizo cosas estimables, en parte por las circunstancias, por su propia forma de ser y por el tipo de órgano que administra. En España, los juzgados centrales -y Garzón lleva un juzgado central- acumulan una enorme cantidad de poder y de casos llamativos. Es una estructura judicial muy cuestionable, porque favorece el estrellato judicial. Tendría que modificarse. Entonces, allí hay una conjunción de factores: casos muy importantes, una actitud en algunas cosas innovadoras y en otras muy valiente y un personaje arrollador. Garzón trató mucho con la prensa, cuidó mucho su imagen en los medios y todo eso, unido a que ocupó espacios muy importantes y a que se ocupó de casos de mucho relieve, da como consecuencia este fenómeno. Pero el fenómeno no es bueno. El juez debe ser un sujeto discreto, muy trabajador, que no debe rehuir a cierto tipo de publicidad autolimitada y autocontrolada cuando sea inevitable, pero que debería sentirse incómodo en esa dimensión estelar.

Por Leticia Chirinos Para LA NACION

Te puede interesar