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El adiós a Galina Ulanova

A los 88 años falleció quien fue la mayor gloria del ballet ruso de este siglo

Lunes 23 de marzo de 1998

El 8 de enero último, Galina Sergeyevna Ulanova cumplió 88 años. Seguramente ocurrió en el sanatorio donde la atendían y murió anteayer. Había nacido en 1910, en San Petersburgo, y fue la mayor gloria del ballet ruso de este siglo y máxima figura mundial. Si bien recibió los más altos honores en su país y el reconocimiento universal, lo que la caracterizó fue su antidivismo.

Impresionante, conmovedora y brillante sobre el escenario, era todo lo contrario cuando salía de los mágicos momentos artísticos. Entonces, su menuda figura, sus ojos gris-celeste y su discreto temperamento resultaban inesperados. Ponía cierta distancia con su seriedad pero su hablar, directo y sencillo, traducía calidez sin dar cuenta de vanidades y ni prestar oídos a elogios. Rezumaba sabiduría y enorme amor por la vida. "Si no se ama la vida, no se puede bailar", fue uno de sus dogmas.

Como jugarretas del destino, a veces los que menos lo esperan resultan los más dotados. De niña, a Ulanova no le interesaba realizar la misma carrera de María Romanovna, su madre, bailarina y maestra de la compañía del Kirov. Tampoco le llamaba la atención ninguna de las artes, aunque su padre, Serguei Ulanov, fuese regisseur de Teatro Marinsky. No tenía vocación, si bien pasó muchas horas dentro de la casa que alberga al elenco de ballet más fiel a las tradiciones del mundo.

A Galina le hubiese gustado navegar. Soñaba con barcos y le atraían los ejercicios y deportes menos acordes con los gustos femeninos. Así, su ingreso en la escuela de ballet del Kirov fue una cuestión práctica: cuando tenía 9 años, apenas pasada la revolución bolchevique, sus padres no podían emplear a una persona que la cuidara en su hogar. Debían llevarla con ellos donde fuese y lo mejor fue que estudiara en la misma área donde ambos trabajaban, no sin rebelión por parte de la pequeña. Una lucha que años más tarde, y ya célebre, entregada desde el alma a su profesión, no dejó de fastidiarla cada vez que llegaba las clases para realizar los sempiternos pasos de ballet. "Un arte cruel para el que lo cultiva", decía.

"La técnica -sostenía- es el ABC de la danza. Hay que incorporarla al corazón adiestrándose a ultranza. Superar la técnica es esencial para llegar a la libertad de expresar lo que se siente". Por eso, Ulanova explicaba, en su larga y concienzuda tarea como maestra y coach, que "los grandes bailarines son aquellos en los que no se percibe el esfuerzo del tecnicismo; los que pueden traducir la danza con naturalidad y emoción sin demostrar la dificultad del arte clásico."

Esto sucedía con ella que, muy a su pesar, se convirtió en un mito viviente, admirada e idolatrada como la legendaria Pavlova. Sin embargo, su trayecto fue muy diferente y duro desde los comienzos, cuando cursaba los estudios en la escuela de ballet al unísono de los albores de la Unión Soviética. Tanto era el frío que los niños sentían en los amplios salones sin calefacción, que hacían clases con gorros, suéteres y botas. Aún así, después de haber templado un poco su musculatura, Galina se ponía su leve túnica de ejercicios, se ponía las zapatillas y, con el estómago semivacío, se entrenaba hora tras hora.

En cierto modo, la guerra marcó su sino y asentó la fortaleza de espíritu y física por las que era famosa. Retraída, jamás quejosa, nunca mostró sus dolores o problemas cuando era hora de trabajar.

Su paso por la Argentina

Sólo estuvo dos veces en la Argentina: en 1983, cuando Vladimir Vassiliev, uno de sus discípulos, hizo su obra "Homenaje a Ulanova" (la única vez que el público de aquí la vio bailar, a los 73 años, en un dulce vals con el gran bailarín, etérea con su vestido de gasa), y en 1991, cuando se presentó el Ballet del Bolshoi y su nombre encabezaba el plantel de maestros.

En un reportaje para La Nación , la artista relató ciertas experiencias que hablan de esas épocas, después de su graduación, en 1928: "Cuando yo empecé, en Rusia no quedaban buenas bailarinas. De las que se formaron antes que yo en el Kirov no quedó ninguna, porque cuando Diaghilev formó su compañía, muchas, como Tamara Karsavina y Ana Pavlova, se quedaron en Occidente. Fuimos la última generación que se había graduado en al escuela y no había ningún ejemplo. Teníamos muy mala salud porque habíamos vivido los años de la Primera Guerra Mundial. Tampoco tuve ejemplos en la Segunda, cuando ya estaba en Moscú. Sólo años más tarde actué en el extranjero y tuve oportunidad de ver a otras bailarinas. Me gustaron Margot Fonteyn, Ivette Chauviré y Nadia Nerina". En cuanto a Fonteyn, cuando vio bailar a Ulanova dijo que nunca había visto algo igual y la calificó de "mágica".

Aunque los primeros años de su carrera los hizo en el Kirov (donde de inmediato fue primera bailarina en obras como "La bella durmiente" y "El lago de los cisnes"), fue en 1935, cuando actuó en el Bolshoi (en los inicios de la guerra el Kirov fue evacuado a Perm), que obtuvo el reconocimiento general. Alternaba sus presentaciones en las dos compañías.

Los grandes papeles

En 1940, al protagonizar "Romeo y Julieta", que Leonid Lavrovsky había creado en 1938 junto con el compositor Seguei Prokofiev, tuvo su consagración. Si bien no fue ella quien estrenó el personaje femenino, su interpretación fue la ideal. Sobre la obra y el papel también habló con La Nación : "A Prokofiev no lo veía mucho cuando estaba componiendo porque la hacía en su casa. Pero Lavrovsky trabajaba continuamente en el teatro. Estaba abriendo caminos nuevos y nosotros éramos sus elementos. Juntos íbamos descubriendo algo distinto, alejado de cuentos de fantasía. Julieta, y también Giselle, son los papeles que más amé. Julieta está en todas las mujeres del mundo, sus sentimientos están vigentes, por eso que todas pueden tener en sus corazones si están enamoradas".

Trabajó con los creadores rusos de su tiempo (Lavrovsky, Vainonen, Zaharov,Jacobsen) en un experimento conjunto: "Ellos nos descubrían a la par que se nos revelaban cosas. Me hace gracia porque en mi primera etapa yo era muy lírica; bailaba siempre mirando al piso, como si me diese vergüenza. Cuando terminé la escuela era la perfecta clásica, pero en expresión tenía un dos. Se me consideraba especial para los papeles clásicos y líricos, no para los de gran interpretación. Sin embargo, después cada coreógrafo sacó distintas facetas de mí y terminé transformándome en bailarina dramática".

Por esa causa, su Giselle fue antológica. Lo mismo que María, en "La fuente de Bakhchisaray". De 1944 a 1960 fue primera figura del Bolshoi, teatro en el que estrenó los protagónicos de "La flor de piedra" y "La muñeca roja", fue aclamada en "La cenicienta" y asombró al público en sus memorables Odette y Odile en "El lago de los cisnes" y otros, hasta su retiro, cuando ya ocupaba el primer puesto entre las grandes.

Se dedicó a la enseñanza en la escuela del Kirov hasta los 64, y paralelamente fue ensayista y maestra de las primeras figuras del Bolshoi. Su discípula más gloriosa fue sin dudas Ekaterina Maximova, a quien preparó en su Giselle inicial. También fue coach de Nina Semisorova y Nadiezhda Grachova, entre otras brillantes bailarinas.

Amaba la naturaleza, nadar, remar en canoa, pasear por los bosques de álamos que rodeaban su dacha, en las afueras de Moscú, la luz del sol, las sombras y los radiantes focos de los teatros, la música, su San Petersburgo natal. Callada, emocional desde adentro, su leve paso por el arte del ballet hizo historia. Para Galina Ulanova llegó el descanso, algo que añoró durante toda su vida alguien a quien el mundo nunca dejará de recordar.

Silvia Gsell

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