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Anticipo

La ronda de los jinetes muertos

Suplemento Cultura

Una carrera silenciosa de caballos preludiaba la ceremonia. Era un rito en el que la muerte se apoderaba de la escena y ahogaba de pánico y estupor a quien la observaba

Planicie. Llano. Desolación. Ni un árbol, ni una hoja de pasto. Tampoco un horizonte. Amanecía o atardecía. Imposible saberlo en esa luz sin luz, en ese gris de humo suspendido en el aire, un gris de siglos, compacto y chato como el revés de un cuadro.

Ella miraba quieta, desde lejos, buscando la palabra que nombraba el extraño lugar, palabra que ahora giraba inalcanzable en una vuelta de cerebro. ¿Desierto? No, era más que un desierto. Un desierto tenía límites, estaba contenido por un mar, por una montaña, por el levante y el poniente del sol, por jornadas de travesía, por la confiable Osa Mayor, por los cuentos que contaban los viajeros, por los monstruos fabulosos que aparecían en los cuentos.

"De todos modos", pensó aterrada, "este lugar sin nombre pronto se poblará de jinetes".

Los jinetes llegaban en una carrera silenciosa. Llegaban al galope, flotando de todas direcciones, ni un rumor de cascos ni relinchos ni voces bárbaras anunciando la ceremonia. Jinetes con trajes de hilo de cáñamo, bordados con siluetas de esbeltos animales salvajes, también esbeltos los jinetes, estilizados como la línea de sus gorros en punta y el hierro de sus armas, los pies desnudos colgando gráciles, sin estribar, de los caballos que montaban, jinetes y caballos hechos de un gris polvo, de ceniza.

Vio los jinetes y sintió el dolor en la nuca con el mismo impacto, la misma sorpresa de otras veces, sintió el cuello doblándose, la cara alzada por el golpe, el pelo suelto que le tapó la frente, el resplandor que la cegaba. Luego, como otras veces, tantas, los vio converger al centro de aquel cuadrado ahora brumoso con precisión geométrica. Muy juntos, eran ya la gran mancha que empezaba a abrirse lentamente como los pétalos de una flor negra hasta fijarse en una ronda.

Debía escapar. Con las piernas endurecidas por el miedo, corrió en el espacio circular de la ronda, buscó una salida en aquel muro de caballos y jinetes. Pero la carrera era inútil y sólo para que pudiera ver de cerca las caras de los jinetes muertos, la piel disecada, las bocas una costura tosca de donde asomaban los dientes, los ojos como trapos hundidos en dos huecos del cráneo, las manos aún empastadas de la cera y la miel del embalsamamiento. Y más que el pánico la sacudía el estupor porque de fuera de la escena había pasado adentro. La observadora de la ceremonia era el centro de la ceremonia.

Cómo, por qué, dónde, cuándo y quiénes ¿quiénes la habían obligado a cruzar la frontera, a invadir el sitio para el que no encontraba la palabra?

Paula querida, despertate.

Lloraba suavemente ahora. Había gritado, de eso estaba segura. Su amante la cubría, apoyando en un codo sobre su lado de la cama, acariciando el montón de carne temblorosa que era ella.

Había un espejo en el techo. Ahí estaban los dos, en aquel cielo de cristal que reflejaba el cuadro íntimo de abajo. La cama, los cuerpos desnudos, el rollo blanco de las sábanas en un marco de rojo estridente y vulgar, de alfombras y cortinas rojas, el brillo de algún falso dorado. El mismo cuadro del mismo hotel por horas donde se encontraba con su amante. No se atrevía a citarlo en su casa, a verlo entre sus libros.

¿La pesadilla? ¿Tuviste otra vez la pesadilla?

Divorciado, se llamaba Martín, vivía con la madre en una casa cerca del Riachuelo, alta por las inundaciones, con tejado de chapas, una casa modesta con unas pinturas colorinches del tiempo de los genoveses. Eso era todo lo que sabía de él, dicho por él. Se habían conocido en el subte, una mañana de veinte días atrás. Llevaban veinte días amándose, insaciables.

-Contame qué soñaste, hace bien contar las pesadillas.

Le había contado ya, cada vez que se despertaba gritando, pero él no la escuchaba o no podía entenderla o más sensato que ella traducía el espanto del sueño recurrente al ya crónico exceso de trabajo.

-Después. Ahora besame, por favor.

Se lo pidió, humilde como el primer día en aquel cuarto, con los ojos cerrados como entonces, abandonándose al hambre de otra piel, un hambre que en veinte largos días no lograba matar, que revivía en las horas que estaban separados, él con su madre en la casa de La Boca, ella sola en la casa del Barrio Sur. Y el hambre no moría porque aunque en esos encuentros se acoplaban con la voracidad de animales muy jóvenes, era un hambre de sentirse querida y de quererlo.

La besaba centímetro a centímetro, insólitamente delicado, tan grande y corpulento era su amante, tan fuerte que hubiera podido aplastarla sin un mínimo esfuerzo.

No pensés, vos pensás mucho, Paula.

Pero ella pensaba, aunque se iba calmando poco a poco. Y como siempre que soñaba con la ronda de los jinetes muertos, pensó en el primer encuentro en el subte. Pensó en lo raro, en lo casual y justo que había sido el encuentro. En que ocurrió la misma mañana de visita a su padre para que intercediera en el divorcio.

Y en la noche de esa misma mañana comenzaron las pesadillas. .

Por Vlady Kociancich
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