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Domingo 24 de junio de 2007 | Publicado en edición impresa

Cambalache

Cultura

Por Enrique Pinti

 
 
 

Nadie llega a viejo de un día para el otro. Existen, claro, enfermedades fulminantes que irrumpen imprevistamente. Pero lo usual es que el organismo mande mensajes y la negación patee la pelota para adelante con frases como: "Es el estrés" o "estoy somatizando". La vieja y sensata teoría de que la prevención es más importante que la cura es dejada de lado por nuestra inmadurez y nuestros miedos, y cuando menos lo pensamos el mal se ha desparramado por nuestro organismo. Este tremebundo introito médico no es más que el ejemplo de un modelo para aplicarlo luego a lo que pasa con nuestra cultura, manoseada, utilizada, despreciada o ignorada por los sucesivos gobiernos. Ya se sabe que cuanto menos se meta el Estado en cosas que tengan que ver con el arte mejor será para todos. Nadie necesita el dirigismo de poderes que pretenden usar al artista como factor de propaganda de tal o cual sistema. Desde los delirios nazifascistas de Cinecità y la UFA alemana hasta el pesado e insoportable "realismo socialista" del comunismo, pasando por dictaduras varias de derecha, izquierda, militares o civiles, con su aparato de "grandes valores" que debían ser apoyados y "disolventes subversivos indignos de nuestro país" que eran prohibidos, exiliados, censurados o encarcelados (cuando no "suicidados"), los veteranos hemos visto todo tipo de "apoyo cultural". Las democracias tampoco han desdeñado el adoctrinamiento del pueblo desde aparatos privados de los cuales el dorado y mítico Hollywood es el ejemplo más contundente de cómo los mensajes mandados desde cowboys justicieros, indios malvados, negros sufridos, Rambos anticomunistas y héroes progresistas luchando contra la corrupción política mostraron las bondades de un sistema que permitió la prédica de John Wayne a Michael Moore, de Cecil B. de Mille a Martín Scorsese y de La novicia rebelde escapando de Hitler a la Sally Bowles de Cabaret, atrapada por el nazismo con una canción desesperada. La cultura en sus múltiples formas, protegida por Estados o explotada en forma privada, es un modo altamente expeditivo de difundir la imagen de países y civilizaciones. Cuando se pide atención, cuidado o interés por la cultura a los gobernantes y funcionarios se está pidiendo que no se cierren escuelas de arte o que no se las deje naufragar por deterioro; se está exigiendo, como corresponde, que no se dejen caer espacios culturales atesorados por años y –todo hay que decirlo– descuidados por años también. El teatro Cervantes es el más patético ejemplo de cómo, en los discursos, no hay político que falle, pero, en la práctica, los escombros, derrumbes y cañerías en mal estado hablan por sí solos de la desidia y la negligencia. Es importante, pero es sólo la punta del iceberg. Cuando la burocracia se ha dejado expandir, el panorama se complica de tal manera que no hay culpables visibles, con nombre y apellido, y entonces la oposición aprovecha para cargar contra el gobierno, el gobierno devuelve la pelota acusando a los que, hoy en la oposición, fueron gobierno ayer, y nadie miente pero nadie dice toda la verdad. Y así, de mentira a verdad, los edificios se caen y con ellos cae también la posibilidad de construir una verdadera cultura popular. Como contrapartida, los artistas, creadores, simpatizantes y aficionados siguen luchando a brazo partido, abriendo nuevos espacios que no pueden llenar el vacío que tanta mala política estatal en la materia ha creado. Así como "somos lo que comemos", también "somos lo que producimos". La castigada cultura argentina resiste como puede y sigue produciendo, junto a fenómenos lamentables, joyas y creaciones para la antología del talento. La materia prima está. Falta que la respeten. Nada menos.

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El autor es actor y escritor .

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