El arte del desvío

PERIPECIAS DEL NO Por Luis Chitarroni-(Interzona)-245 páginas-($ 35)

Domingo 24 de junio de 2007

Hacia el final de Peripecias del no figura una de esas palabras que trafican la belleza de lo intraducible: "Serendipity". Inglés, pero exótico, el sustantivo fue acuñado por Horace Walpole y define la actividad de los protagonistas de un viejo cuento persa que, lanzados al camino, realizan, uno tras otro, hallazgos inesperados sin relación alguna con su misión original. En el reino de Serendip, donde legisla la literatura, cada ocasión invita a un desvío continuo.

Algo similar ocurre en estas Peripecias del no de Luis Chitarroni, que se escudan bajo un elocuente subtítulo ( Diario de una novela inconclusa ). No se trata, en verdad, tanto de un diario como de un dietario para la escritura de una novela, Las equis distantes . Según se entrevé desde la proa de esta frondosa y móvil suma fragmentaria, la obra en construcción propondría una antología de relatos escritos por los integrantes de una sectaria revista de culto ( Agrafa/Alusiva ). El compilador y presentador sería Víctor Eiralis (personaje que ya aparecía en una de las Siluetas del mismo Chitarroni). En esa revista imaginaria, fascinada por el anonimato, la polinomia, la cleptografía y las alusiones exquisitas, puede intuirse un homenaje y una nostalgia generacional, el fantasma de Literal y de la no tan distante Babel .

"No estaba tratando de escribir algo experimental cuando escribí este cuaderno. Estaba tratando de encontrarle una estructura ordenada a una cantidad intermitente <e incesante ¡pudor, pudor!> de ideas narrativas/rotativas", se lee en la página 51. Chitarroni, sin embargo, no aspira a convertirse en un sereno virtuoso del zuihiutsu , esa escritura japonesa "al pincel" siempre en estado de esbozo. La prosa de Peripecias del no es alerta, nerviosa, y su construcción centrífuga difiere de la de otros libros recientes como La novela luminosa , de Mario Levrero, que también se valieron del diario personal para abordar el fracaso de una obra larvaria.

Los muchos personajes, adictos al pseudónimo y al anagrama, van poblando las páginas en sfumato. El texto hormiguea con referencias literarias, musicales, cinematográficas, poemas mutilados, que terminan por darle al texto una curiosa y críptica melodía. Chitarroni, mientras tanto, deja germinando un ayuda memoria ("Leer a Cavafis") o desgrana alguna frase que crea en el lector la ilusión de haberse convertido en un artista del subrayado perfecto ("Otro que se viene con su Glenn Gould bajo el poncho", ironiza poco antes de un sádico Blindfold test musical).

Lo más notable de este singular libro fluctuante -y allí es donde puede lamentarse la condición fantasma de la novela entrevista- radica en los bloques narrativos más extensos. Tanto en el diario a una excursión a Xochimilco, esa Venecia azteca, como en la secuela al St. Mawr de D.H. Lawrence, con sus diálogos ágiles y afilados, queda en evidencia un talento, nada común, en la línea de la comedia satírica inglesa de Anthony Powell o de Evelyn Waugh. La coda a un estilizado pastiche de Henry James, en cambio, tal vez revele por qué llevar adelante la tarea resulta tan dificultoso: "Descartar [ ] la imitación de James después de Lodge y Tóibín". (Ambos escritores acababan de publicar libros sobre el autor de La lección del maestro ).

Fue Cyril Connolly en The Unquiet Grave quien mejor definió la tentación del fracaso y sus ambigüedades. Creador angustiado de obras fragmentarias, firmó aquel libro como Palinuro. Palinuro, el piloto de Eneas que, en un sacrificio exigido por los dioses, fue arrojado al mar. Connolly se preguntaba: ¿no será en realidad que, "a pesar de su gran destreza y de su conspicua posición pública, desertó de su puesto y optó por la orilla ignota"? Como el legendario timonel, como Connolly, Chitarroni se decidió por el mar, por esa masa líquida y armoniosa donde todo está siempre en suspenso. Por decisión estética o agotamiento, con ese gesto postergó la indiferencia que, hoy, la tierra firme promete a las ficciones gozosas y exigentes. "El escritor quiere ser, no escribir", se lee en un rincón de estas Peripecias El noble Palinuro, como se sabe, cuando por fin alcanzó la playa, fue descuartizado, miserablemente.

Pedro B. Rey

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