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"En China, la represión cultural y política sigue tan firme como antes"

Lo dice el reconocido escritor Ha Jin, que vive y enseña en los Estados Unidos

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LA NACION
Miércoles 27 de junio de 2007

MONTREAL.– “Esto es una mesa. ¿Es eso una silla? ¡Larga vida al camarada Mao!” Ha Jin, considerado el heredero del gran escritor polaco Joseph Conrad y del ruso Vladimir Nabokov en la exclusiva estirpe de extranjeros que escriben en inglés grandes obras de la literatura a pesar de no ser éste su idioma materno, recuerda así cómo eran los programas de radio con los que aprendió, a fuerza de repetición, la lengua de Shakespeare. Y dice que, a pesar del boom económico, en China la represión cultural y política sigue tan sólida y tan firme como siempre.

Ha Jin, un ex soldado del Ejército Rojo –en el cual se alistó a los 14 años, mintiendo sobre su edad–, nació en una provincia aislada del nordeste de China y de niño vio cómo eran quemados todos los libros de su pueblo, en la Revolución Cultural.

Ni en sus sueños más locos imaginó que terminaría como profesor en la Universidad de Boston, miembro de la Academia Norteamericana de las Artes y Ciencias y con sus novelas premiadas con los máximos galardones de la literatura norteamericana.

Juana Libedinsky
Juana Libedinsky.

El, Philip Roth y John Edgar Wideman son los únicos autores que han ganado dos veces el Pen-Faulkner Award. Los libros de Jin aparecen tanto en las listas de best sellers como en las de los recomendados del año de The New York Times , y su prosa ha sido comparada con la de León Tolstoi y Nicolás Gogol. Ante esto, "cualquier autor de sangre caliente debería sentirse casi asqueado de envidia", le dijo, recientemente, a The Guardian .

Pero en persona Jin, autor de La espera , En el estanque y Sombras del pasado , entre otros libros, parece el epítome de la humildad oriental. Invitado estrella del Festival Literario Metropolis Bleu, de esta ciudad, vestido con su eterno blazer, sin corbata y con un pantalón de color neutro, se mueve de la manera más discreta posible y accede a todo con una sonrisa. Eso sí, a la hora de opinar no les teme a las posiciones fuertes: "China se habrá abierto en lo económico, pero en lo cultural todo sigue igual", sostiene en diálogo con LA NACION, en un inglés muy fuertemente acentuado que contrasta con lo fluido de su escritura. "Es que paso más horas en silencio sobre la página", aclara con humor.

-¿La apertura económica no trajo otro tipo de cambios?

-Seguro: hay muchas cosas nuevas dando vuelta, pero en lo cultural y en lo político, esencialmente, la situación es la misma. La opresión está allí, puede ahora tomar formas más sutiles, pero es tan dura como antes. Yo no he vuelto a China desde la masacre de Tiananmen. De hecho, cuando hace unos años me postulé para trabajar de profesor en China no tuve respuesta. Aparentemente, las autoridades no lo permitieron. Pero sigo en contacto con intelectuales, tanto con los que viven en el país como los que están en el exilio, y sé que la censura es atroz. Uno nunca tiene control sobre la obra terminada. Para mí es un gran esfuerzo y no me es natural escribir en inglés, idioma que aprendí con un curso en la radio sólo a los veinte años. Pero si escribiera en chino, para el mercado chino, después de entregado el manuscrito aparecería cualquier otra cosa, cortada y editada. Si es que fuera publicado, claro. Los libros míos que se venden allí son, básicamente, los que no se meten con la situación política.

-¿ Qué les diría a los empresarios y políticos occidentales ante el furor por hacer negocios con China?

-La gente se ha vuelto muy materialista y ante la promesa de un mercado gigante sólo quieren correr para ver cómo facturar millones. Pero yo pido que no se olviden en Occidente de que los chinos somos seres humanos, no sólo un mercado, gente con la cual se puede hacer dinero. Si se va a lucrar con ellos, existe cierto deber de mejorar su existencia. En lo material, hay aspectos en los que la situación ha cambiado para bien de algunos, pero todo es muy superficial si no se acaba con la opresión política y social.

-¿Por qué decidió no regresar a China después de Tiananmen?

- Yo fui soldado del ejército chino, que era llamado el ejército del pueblo. Es decir que éramos gente del pueblo con la misión, supuestamente, de servir al pueblo y proteger al pueblo. Fue, entonces, un shock del que no me pude recuperar ver en la televisión, mientras estudiaba en los Estados Unidos, cómo escuadrones de campaña entraban en la ciudad para reprimir a la gente. Las historias de atrocidades, entonces, tenían que ser reales. Supe que, a partir de entonces, sería imposible para mí escribir con honestidad si volviera a casa. Había tenido que dejar a mi mujer y a mi hijo en China para poder venir a hacer el doctorado. Primero vino ella, y cuando él llegó, pocos días antes de que todo estallara, pensé en su futuro. Entonces se acabaron la retórica, el compromiso y los ideales de grandeza: quería que él fuera norteamericano.

-¿Y cómo es que un ex soldado estaba haciendo un doctorado en Estados Unidos?

- Cuando yo era niño, tras la revolución cultural, se cerraron todas las escuelas en los pueblos y ciudades. Había dos opciones: alistarse en el ejército o ir a trabajar al campo, de lo cual lo más probable era que uno nunca pudiese regresar, así que elegí lo primero. Además, circulaban rumores de que los rusos iban a atacar, y era mejor, en ese caso, estar en el ejército que esperando en casa un bombardeo aéreo. Estuve cinco años y medio en el ejército. Al segundo año las cosas se calmaron. Intuimos que no habría guerra y yo empecé a pensar en estudiar. Entonces me postulé para la universidad. La literatura anglosajona era mi quinta opción de carrera. A todos nos incentivaban para que leyéramos a Marx, Engels, Stalin y Lenin. Yo sabía que Engels había escrito algunas obras en inglés, como Las condiciones de las clases trabajadoras en Inglaterra , que quería leer en su versión original, y por eso había seguido un curso rudimentario por radio, al volver del frente. Pero literatura anglosajona fue la carrera que me asignaron. ¡Comprensible, tomando en cuenta que sólo dieciséis personas en mi año la habíamos puesto como opción! Todas las demás carreras tenían miles de postulantes. Al terminar, estuvo justificado que fuera a perfeccionarme con un doctorado en literatura norteamericana en la Universidad de Brandeis, con la idea de volver para enseñar en China.

-¿Se podía leer literatura norteamericana en la China de entonces?

-Algunos autores, como Jack London o Theodore Dreiser, eran considerados escritores proletarios. Entonces, sus obras se conseguían con cierta facilidad. No es que esto necesariamente asegurase su popularidad. Los escritores rusos, por ejemplo, cuyas obras estaban por todas partes, al no estar prohibidos no interesaban a los jóvenes. En cambio, eran furor, y lo fueron durante treinta años, Faulkner y Hemingway, que escribían sobre el individuo y sobre los cuales recibíamos clases por parte de profesores que ni siquiera los habían leído y que sólo basaban sus clases en recortes de críticas.

-¿Y los escritores latinoamericanos?

-Tuvieron una enorme influencia -realmente, una enorme influencia- sobre mi generación. Gran cantidad de literatos chinos aprendieron mucho de Borges y de García Márquez, pero eso no continuó en las generaciones siguientes. Sólo ahora algo se vuelve a hablar del tema, pero no ayuda que los chinos sigan esperando que todo lo que venga de América latina sea realismo mágico

-¿En qué afectó su paso por el Ejército Rojo su forma de escribir?

-Me dio un contacto muy fuerte con la vida real, con lo que pueden ser miles y miles de vidas desperdiciadas. Me ayudó a ser extremadamente racional y realista respecto de muchas cosas. No creo que después de años en el frente uno pueda abordar de manera sentimental las relaciones humanas. Ellas se ven de manera más objetiva. Uno no tiene filtros protectores: está acostumbrado a ver cómo funcionan las cosas en serio.

-Usted enseña en un muy prestigioso programa universitario de escritura creativa. ¿Cree que a sus alumnos, con vidas burguesas sobreprotegidas, les falta un toque de realidad?

-Entre mis alumnos de posgrado, en términos de habilidades y uso del lenguaje diría que hay algunos que son tan buenos como varios autores publicados. El problema, o la parte más difícil, es hacer que logren encontrar historias que resuenen en el lector, que tengan una complejidad que las abra a distintos tipos de audiencia. Y no sólo tengo chicos norteamericanos, sino de varias partes del mundo -este año, incluso, un joven brillante de la Argentina-, muchos de los cuales han tenido experiencias de vida duras, que los alejan de cualquier burbuja. Pero digamos que aun los de la clase media alta norteamericana son conscientes de que eso puede ser un límite, y cuando escriben trabajan para tener un contacto directo con la realidad.

-Finalmente, ¿cree que la pluma es más poderosa que la espada?

-Claro que no. La espada es mucho más poderosa: destruye, mientras que la pluma no es un arma. Escribir es exactamente lo opuesto a luchar, porque es una fuerza que abre el debate, que da lugar a distintas opiniones y que, paradójicamente, así puede unir a las personas.

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