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El padre, el heredero y una batalla de 25 años

Lunes 02 de julio de 2007
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LA NACION

¿Preparados para un par de semanas de polémica? Bueno, es el año perfecto para eso porque en 2007 el disco compacto cumple un cuarto de siglo. En agosto, informa Philips en su sitio Web, se imprimió la primera placa en la flamante planta de Hannover: Una Sinfonía Alpina , de Richard Strauss, dirigida por Herbert von Karajan, un entusiasta del CD de la primera hora. A finales de 1982 (“el primero de noviembre”, según Florencia Pavese, gerente de marketing de Philips de Argentina) la primera maravilla de la era del entretenimiento digital estaba en el mercado. Un mes antes, Sony, que desarrolló junto a Philips el nuevo soporte de música, había lanzado su robusto y campechano reproductor CDP-101, al tiempo que publicaba sus primeros títulos en Japón. Calle 52 , de Billy Joel, fue el primero de todos, me dicen en Sony.

Es cierto que el Laser Disc (el abuelo del DVD) había aparecido poco antes, en 1980, pero varias razones –principalmente, su tamaño– lo hacían poco práctico y nunca llegó a popularizarse. Con 30 centímetros de diámetro, los recuerdo como Long Play futuristas, plateados y pesados, cuyos reproductores eran, incluso para los estándares de la época, gigantescos. No obstante, el Laser Disc de Pioneer fue el primer registro óptico que estuvo disponible comercialmente.

Y también son ciertas muchas otras cosas que siempre (siempre) surgen cuando uno habla del compacto: que el primer láser fue puesto en funcionamiento en 1960 y que James Russell ya había pensado en el registro óptico de información en 1965. La historia de la tecnología abunda en estos tránsitos sincopados. A fin de cuentas, ¿a quién se le podía ocurrir que la luz coherente podría algún día darle placer a los oídos? Es un salto conceptual extraordinario y no me parece raro que hayan transcurrido 22 años entre una cosa y la otra.

Con todo, el pequeño y cristalino compacto iniciaría una revolución que nos ha traído hasta el MP3, el DVD y el iPod. ¿Listos para la polémica?

Lo diré de nuevo. Nunca me gustaron los discos de vinilo. El ruido de la púa acompañó mi amor por la música desde que tengo recuerdos, siendo muy chico. Nada se parecía más a llevar un guijarro en el zapato. Hasta que un día, en 1986, oí la Novena Sinfonía de Beethoven en un disco compacto de la célebre discográfica Telarc, fundada por los músicos Jack Renner y Robert Woods, hoy en manos de Concord Records. Me quedé mudo, embargado por la emoción.

No había más ruido de púa. No había más fritura. Y además la gran sinfonía del gran Ludwig estaba en el tempo exacto. Esta obra increíble, demasiado extensa para un solo vinilo pero muy corta para un álbum doble, solía estar sometida a cierto trotecito indigno, para ajustarla a una sola placa. Casi la única posibilidad de oírla como la pensó Beethoven era ir al teatro.

(La Novena, vengo a descubrir hoy, tuvo mucho más que ver con la gestación del CD de lo que yo creí en 1986. Es más: Beethoven fue el que determinó que el compacto durase 74 minutos. Dice Philips en su sitio que originalmente el compacto iba a tener 11,5 centímetros de diámetro y una duración de 60 minutos. “Sin embargo –continúa el texto de Philips– el vicepresidente de Sony, Norio Ohga, responsable del proyecto, no estuvo de acuerdo. No por nada había estudiado en el Conservatorio de Berlín y tenía entrañables recuerdos de la Novena Sinfonía de Beethoven.” Esa era la medida para el CD, decidió Ohga, y los ingenieros de Philips concordaron en que había espacio para unos minutos más. Para estar seguros de que ninguna Novena quedaría exceptuada del CD, verificaron todas las versiones de esa sinfonía en PolyGram, subsidiaria de Philips. La más extensa conocida era la de Wilhelm Furtwängler, interpretada durante el Festival de Bayreuth de 1951. Duraba 74 minutos. Esa grabación monofónica en vivo determinó la duración del CD y su diámetro actual de 12 centímetros.)

Ese día de 1986, ese mismo día, guardé mi bandeja giradiscos para siempre. Desoí la avalancha de críticas que muchos melómanos soltaban contra el CD. Y comencé con lentitud pero con absoluta convicción a reemplazar cada vinilo de mi discoteca por su versión láser. Me había criado escuchando música y sabía perfectamente lo que me había pasado al oír aquél primer Beethoven digital. Quizás sea medio sordo, quizás sea incapaz de disfrutar de las sutilezas que perciben quienes (todavía hoy) defienden el vinilo. Pero, créame, cuando me calcé los auriculares y pude oír hasta el crujir de la tarima del director, cuando cerré los ojos y era como estar ahí (en el teatro no hay fritura), me di cuenta de que por fin iba a poder disfrutar de la música grabada sin más piedras en el zapato.

Era cierto por entonces que algunos vinilos (no todos, ni por asomo) tenían mayor fidelidad que los compactos. Dudo que esto fuera así con las ediciones de los perfeccionistas ingenieros de Telarc. Y dudo mucho que esto siga siendo cierto hoy, con los avances que el mismo CD ha experimentado. Pero, adelante, podemos pasarnos otro cuarto de siglo discutiéndolo.

Ese no es el punto. Lo que yo descubrí esa tarde de 1986 fue que invirtiendo la misma cantidad de dinero obtenía mucha mayor calidad de un CD que de un vinilo.

Ese era todo el truco. Una cuestión de costos. Los discos analógicos seguramente eran capaces de ofrecer una fidelidad excepcional, pero no con el equipo de audio que yo podía pagar por entonces. Igual que la PC trajo poder de cómputo para las mayorías, el CD le dio al gran público una calidad de sonido que el vinilo, a costos razonables, no podía ni soñar con ofrecer.

Lo mismo le pasó al 99% de las personas, que adoptaron el disquito láser y archivaron los vinilos sin mirar atrás. Recuerdo demasiado bien el Winco que acompañó mi adolescencia de Los Beatles, Pink Floyd y Joan Baez; la distancia que hay entre esa máquina y el más económico de los reproductores de CD de hoy es abismal.

Veinticinco años, parece mentira. Muchas veces, en este cuarto de siglo, me he planteado cómo hubiera sido mi experiencia de la música grabada de haber tenido que seguir, digamos, otros 25 años con el long play de vinilo. Se hubiera parecido a esos amores imposibles, que tanto tienen de atracción como de obstáculo.

Pese a todo esto, seguimos enredados en si es mejor el vinilo o el CD. Y lo más raro de esta polémica es que el vinilo en su momento cumplió la misma función que el CD: llevó el placer de la música a quienes no podían pagar el teatro, o el viaje hasta la ciudad donde se presentaba la obra. Del vinilo hablaron mal varias generaciones de melómanos habituados a la orquesta real. Pero hubo tanta gente que amaba oír música que se convirtió en industria, en estándar y en norma. Y le salió, hace 25 años, un heredero. Desde un Beethoven al que sólo oían 150 personas a las 2500 millones de canciones distribuidas por iTunes, la tradición se ha mantenido intacta. Un digno heredero, digan lo que digan.

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