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La carrera presidencial

Cristina Kirchner, de diputada rebelde a senadora estrella

Política

Los giros políticos de la primera dama

Por   | LA NACION

Aunque los afiches que ayer invadieron la Capital digan que "El cambio recién comienza", en el caso de Cristina Fernández de Kirchner el cambio empezó hace ya mucho tiempo. Más precisamente, el mismo día que su esposo, Néstor Kirchner, asumió la presidencia de la Nación.

Es que en los últimos cuatro años la legisladora dejó de lado su imagen de senadora díscola y opositora para cumplir a rajatabla con el teorema que en la política argentina se adjudica al radical mendocino Raúl Balgini, y que dice que el nivel de rebeldía de un dirigente es inversamente proporcional a su cercanía al poder.

El cambio ha sido de tal magnitud que desde diciembre de 2005 ya no representa más a su amada Santa Cruz, sino que es senadora por la provincia de Buenos Aires, aunque su actuación en este tiempo no la muestre demasiado activa en la defensa de los intereses del distrito más populoso del país.

De hecho, el anuncio de la oficialización de su candidatura presidencial llega en el que, sin dudas, es su año de menor labor legislativa. En lo que va de 2007, la Comisión de Asuntos Constitucionales, que preside y maneja con mano de hierro, sólo se reunió en una oportunidad. En el recinto, sólo pidió la palabra hace poco más de un mes para defender el proyecto de expropiación del Hospital Francés.

Los cambios operados en la senadora son tan importantes que ya no es más aquella legisladora que hizo de la defensa de la libertad de conciencia y de acción una bandera de lucha. Lejos en el tiempo ha quedado el incidente que protagonizó en 1995 y que la llevó a asegurar que ella "no era la recluta Fernández" para tener que cumplir sin cortapisas las órdenes de su jefe de bloque, en ese entonces el entrerriano Augusto Alasino.

Aquel encontronazo le valió ser expulsada del bloque de senadores peronistas, al que nunca volvió. Ni siquiera con la llegada de Kirchner a la presidencia. Sin embargo, desde que su esposo accedió a la primera magistratura se las ingenió para castigar a las voces críticas -desplazó a la salteña Sonia Escudero de Asuntos Constitucionales, entre otros casos- y para que los proyectos del Poder Ejecutivo fueran sancionados sin que se les modificara una coma. En ese sentido, es fundamental el papel de Miguel Angel Pichetto (Río Negro), que en su condición de jefe de bancada opera como polea de transmisión de los deseos del Gobierno hacia el interior del oficialismo en la Cámara alta.

Como contrapartida, cuando no se sintió cómoda con algún proyecto del Gobierno apeló a la estrategia de escaparse del recinto para no votar. Lo hizo con las sucesivas prórrogas de la ley de emergencia económica, que la habían tenido como opositora desde que Eduardo Duhalde decidió impulsarla, en 2002.

Cambio

Esta estrategia se convirtió en conducta durante los primeros dos años de gobierno de Kirchner, a tal punto que varios senadores plantearon sus quejas por tener que votar iniciativas que la propia primera dama eludía aprobar. Eso cambió a mediados del año pasado, cuando Cristina Kirchner se puso definitivamente el traje de oficialista para defender, en dos sesiones consecutivas y maratónicas, la cesión de superpoderes al jefe de Gabinete y la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia (DNU).

En ambos casos, apeló a extensas exposiciones para criticar la postura de los medios de comunicación sobre esos temas. En realidad, con esas crispadas embestidas no hizo más que ocultar su cambio de posición. En 2001, Cristina Kirchner sostenía que los decretos de necesidad y urgencia debían ser ratificados por el Parlamento en un plazo perentorio.

El año pasado, le puso su impronta a una ley que garantiza la sanción ficta de los DNU si es que no son explícitamente rechazados por ambas cámaras.

En cuanto a los superpoderes, varios de sus actuales compañeros recuerdan que fue una dura opositora a otorgar ese tipo de facultades cuando fueron solicitados por Domingo Cavallo. .

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