El presidente de la Nación denunció ayer la existencia de una "campaña sucia" que estaría por sobrevenirle a Cristina Fernández. Es decir, sobre la primera dama, candidata presidencial por el Frente para la Victoria y senadora por la provincia de Buenos Aires. Es la segunda vez en pocos días que augura ese ataque.
No hay que reclamar demasiadas precisiones. Cualquiera que se ponga en el lugar de Kirchner percibirá, clara y distinta, la campaña sucia a la que se refiere. A la ministra de Economía, Felisa Miceli, le descubren una bolsa de dinero en el baño. Al cabo de 15 días, ella no puede dar una explicación satisfactoria. Apenas intenta hacerlo, se descubre otro dislate. La secretaria de Ambiente, Romina Picolotti, viene realizando desde hace meses contrataciones tan dispendiosas como disparatadas. Parece haber una epidemia. Y ataca a mujeres, como Cristina. Para Kirchner es obvio: alguien está orquestando estas desgracias. Campaña sucia.
El parque energético funcionó de manera razonable todos estos años. Inviernos cálidos, veranos tolerables. Bastó que se lanzara a Cristina, y comenzó a nevar en Buenos Aires y en todo el país. Falta agua en las represas. Y "los deshielos se atrasan", como dijo textualmente el Presidente. San Pedro conspira contra Cristina. Campaña sucia y fría.
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Ojalá las advertencias de Kirchner se deban a ese error de percepción, y no se trate de un intento de bloquear con chicanas un debate sobre la orientación que se le imprimió al país desde que él llegó al poder. Si esa discusión se estableciera, tal vez advertiría -en ese giro autocrítico que promete la candidatura de Cristina- que lo que se desató sobre su gobierno no es efecto de ninguna usina siniestra. Es la crisis de un método. Es la consecuencia de una selección de personal que privilegia la obediencia a la idoneidad. El resultado de una gestión que, como la que se verifica en el mercado de carnes, en el sector energético o en la política de precios, prefiere la prepotencia de la voluntad al saber técnico. Es la derivación inevitable de un modo de gobierno en el que decide y piensa, si es que tiene tiempo para hacerlo, una sola persona. Es ese estilo de trabajo el que conspira contra el oficialismo. Es Kirchner el que maquina contra Kirchner.
No hay campañas sucias. Más allá de alguna denuncia falsa, como una sobre una cuenta de Enrique Olivera en el exterior, formulada a la sombra de Alberto Fernández; salvo que se ajuste la definición; que se considere, por ejemplo, que postular a un pariente para la sucesión no es jugar limpio (no hay que ir a Suiza: en Brasil, a Cristina le estaría vedado por la Constitución ser candidata), o se piense que usar los aviones y helicópteros del Estado y disponer de la cancillería para costosos viajes de instalación internacional de una candidata es hacer trampa. Por no ir a lo más obvio: una campaña en la que el presidente de la Nación dedica el discurso del Día de la Independencia a defender la candidatura de su mujer de un enemigo al que ni siquiera puede identificar, ¿es limpia o sucia? .
