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El factor Michetti

Se convirtió en la figura que marcó la diferencia en las últimas elecciones porteñas. En una entrevista íntima, la futura vicejefa de Gobierno habla de todo: la política, el pecado, la familia, y la soledad dentro y fuera de la política

Domingo 15 de julio de 2007
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La cita es a las 12.30 de un martes. Llegamos unos minutos antes; tocamos el timbre. No era a nosotros a quienes esperaban, sino un pedido de empanadas. La desilusión fue muy evidente. En fin, el lugar a esa hora del día parece un hervidero. Mujeres que van y mujeres que vienen. Un gran "mujererío". Todas circulan "a mil": Norma, la empleada, con Sol, su beba de dos meses, en el cochecito; Isolina Peña, su colaboradora y amiga personal, la que se ocupa un poco de todo, y Paula Schuster, su jefa de prensa. Ubicada en el barrio de San Cristóbal, esta especie de "casa chorizo" adaptada a su dueña tiene sólo la batería en el cuarto de Leandro, como toque varonil en el ambiente. Al fondo, pasando un patio con una piscina, está la casa de la hermana, con una decoración que bien podría presentarse en casa FOA.

La botella de bebida light y dos celulares apagados acompañan durante la charla y la sesión de fotos. Gabriela es la mayor de tres hermanos; le siguen Silvina, licenciada en historia, que ahora vive en Francia, y Gabriel, médico, instalado en Olavarría con su mujer y sus hijos.

A los 42 años, Gabriela Michetti, licenciada en Relaciones Internacionales, egresada de la Universidad del Salvador, da la sensación de que nada le es imposible: criar a su hijo adolescente, llevar a cabo su actividad política como legisladora del Pro, ser coqueta, ser sociable. En 1994 tuvo un accidente automovilístico muy grave. En ningún momento emplea su discapacidad como recurso. Con ella uno se olvida de la silla de ruedas. Michetti tiene una manera de expresarse muy poco dispersa. Usa su facilidad de palabra para manejar las situaciones y, al decir las cosas, siempre busca la forma más diplomática.

–¿Por qué alguien puede decir que la separación fue más dolorosa que el accidente que la dejó en silla de ruedas?

–Porque tuve la vivencia de un matrimonio como el de mis viejos, muy especial. Mi mamá todavía hoy se viste para ir a una comida con papá y le pregunta si está linda. Tienen 68 años, y están como si todavía fueran novios. Me tocó eso. Y esto ha hecho que yo haya sufrido fuertemente la separación.

–¿Cuál era el mandato en esa casa? ¿Qué querían para usted?

–En casa siempre fue muy fuerte la importancia que se le dio a la educación, a la cultura, al desarrollo profesional. En primer lugar, porque mi viejo, Mario Michetti, es una persona enamoradísima de su profesión de médico recibido en la UBA. Mamá es maestra rural. Pero, como en todos los típicos matrimonios médico-maestra de pueblo, ella dejó de enseñar y se dedicó a su casa. Mi papá quería ejercer como médico rural y eligió un pueblo como Laprida, donde nacimos todos nosotros. El hizo los tres partos de mi mamá.

–En su casa.

–No, en el hospital. ¡Pero hizo los partos de sus propios hijos! Como es cirujano, tiene cierta omnipotencia...

–¿Usted no ha tenido que trabajar para estudiar?

–No, gracias a Dios, tuvimos esa ventaja. Yo viví, primero, dos años en un pensionado o residencia universitaria llamada El Centavo, que está en Juncal entre Talcahuano y Libertad. El target del lugar era éste: todas chicas del interior...

–Muy estilo chicas católicas, como la obra de teatro…

–Sí, porque, si bien este pensionado no es religioso, está a cargo de una asociación de mujeres muy ligadas con la religión. Fui catequista en Laprida, fui dirigente scout, fui coordinadora de la Diócesis de Azul. Siempre estuve muy vinculada con la actividad de la Iglesia. Cuando llegué a Buenos Aires, busqué dónde insertarme en ese sentido. Me llamaron del Opus Dei para invitarme a algunas reuniones.

–¿Y qué pasó?

–Tenía diecisiete o dieciocho años. Fui a algunas reuniones, pero no me sentí identificada con ese estilo; desde la celebración litúrgica, hasta el tipo de... En fin, no me sentía como en mi grupo parroquial.

–¿De una chica se esperaba que se casara virgen, y la que osaba tener relaciones prematrimoniales era "la pecadora"?

–Ese era un claro mandato de la moral religiosa, pero mis padres no fueron condenatorios de las conductas de los demás. Al contrario, nos educaron fuertemente en el respeto de las diferencias. Mis padres nos educaron sin televisión; compraron una recién cuando los tres nos vinimos a Buenos Aires, porque no querían que perdiéramos el tiempo con la tele, así que nosotros no tenemos cultura masiva de TV.

–¿Alguna de sus compañeras quedó embarazada?

–No, que yo sepa. Yo hice el secundario entre el ’78 y el ’82; en un pueblo es posible que, de las veinte compañeras que tenía, una o dos hayan tenido relaciones sexuales antes de los veinte años.

–¿Quién le habló de sexo por primera vez?

–De ese tema siempre se habló en casa con una naturalidad total. En nuestra educación hubo cosas muy claras al respecto. Mi papá, por ejemplo, a poco de llegar a Laprida, en el año ’63, daba clases de educación sexual en el secundario. Lo hacía desde una perspectiva biologista, a la que sumaba una connotación valorativa en términos de las relaciones sexuales y el amor. Pero el sexo no era un tabú.

–¿Cuál era el concepto de pecado en su casa? ¿Cuál la escena temida?

–Yo creo que lo más temido probablemente fuera tener que casarse por quedar embarazada o alguna otra cuestión que tuviera que ver con las relaciones sexuales. Pero eso está mucho más marcado en mi mamá, que fue criada en un colegio de monjas.

–¿Habrían querido un hijo sacerdote o una hija monja?

–No. Yo, por mi parte, tuve un momento de crisis vocacional cuando estaba en tercer año de la facultad. Quise ser monja, pero del tipo misionero. Me fui a vivir una semana a la parroquia de una villa para la que yo trabajaba.

–¿Cuál era la posición política de sus padres?

–Socialcristianos. Mi mamá es sobrina nieta de Arturo Illia y, a pesar de eso, en mi casa no había cultura de partido radical. Mi papá, antiperonista, estuvo muy enojado con la proscripción del peronismo en las elecciones en las que ganó Illia, y votó en blanco. Después, votó Alende-Sueldo.

–¿Cuál era la imagen que tenían de Perón y de Evita?

–De autoritarismo. Imaginate: el tronco de la familia de mi madre era radical y, además, ella tiene el recuerdo de que, cuando era maestra, la obligaban a realizar ciertas lecturas con los chicos, lo que no le parecía razonable. Por otro lado, son personas de clase media. Entonces, tampoco tienen el afecto y el vínculo que buena parte de la clase obrera tuvo con el peronismo.

–¿Tuvo novios antes de casarse?

–Sí.

Michetti interrumpe la charla con naturalidad. "¿Querés una empanada? Yo estoy a dieta, pero hoy me muero si no como algo de esto. Engordé como cinco kilos", se lamenta, y vuelve a permitir que fluya la entrevista.

–Da la sensación de estar muy orgullosa de sus padres. ¿Se puede crecer sin enojarse con los padres?

–Tuve una relación muy conflictiva con mamá en la adolescencia y en la primera juventud. Porque somos absolutamente distintas.

–Debe de ser muy fuerte tener una hija linda y seductora como usted.

–Pero mi mamá es una diosa. Fue Reina del Trigo, Reina de la Cosecha. Es mucho más linda que mi hermana y que yo.

–¿Y no competía?

–Yo creo que ella tenía pánico de perder el control en cuanto a qué podía llegar a hacer yo: "Esta chica, ¿dónde va a terminar?" Yo creo que sufría por eso. No me dejaba tener novios, ni ir a bailar, ni nada.

–Volvamos a los novios.

–Mi mamá no me dejó tenerlos. Tuve un noviecito de secundaria, pero era un drama: era una total persecución, algo imposible.

–¿Hubo besos?

–Sí, durante el viaje de egresados, al cual tampoco quería dejarme ir. Pero fue un noviazgo muy perseguido. En cuanto a los novios, quiero recordar el orden, porque no he sido una chica de pocos novios. Tuve uno que era compañero de la facultad, Martín, con quien estuve tres años de novia. Sufrí como una condenada cuando me dejó. Después, estuve de novia con Juan dos años. Y luego con Alejandro.

–Volvamos a ese entonces: ¿le preocupaba la ropa?

–Sí. Me gusta la ropa, pero no de manera escandalosa ni compulsiva. Tuve un período de cuatro o cinco años de mucha militancia en la villa; entonces, claro: jardinero, rodilla pelada, suetercito.

–Que no se note el cuerpo...

–Sí. Después tuve una época new-romantic, y luego pasé de la onda hippie a la combinación de algunos trapos. Pero siempre me importó la ropa. De hecho, el jardinero y el suetercito que usaba, no eran de cualquier marca.

–¿Cuál era su fuerte? ¿Qué prefería mostrar?

–(Lo piensa, y responde sin manifestar incomodidad o pena) Las piernas. Andaba bastante con mini.

–¿Dónde conoció a su ex marido, el periodista Eduardo Cura?

–En Radio Municipal, cuando Pepe Eliaschev era el director. Yo hacía una columna de política internacional en un programa con Marcelo Manuele (creo que se llamaba Día tras día). Eduardo producía un programa que iba más tarde, a la noche. Nos conocimos de casualidad. Un día fue a buscar al productor del programa en el que yo trabajaba y nos vimos. Al año y un mes nos estábamos casando.

–¿Usted se sentía seductora?

–Tenía mis inseguridades. Pero estaba más segura que insegura.

–¿Cómo es su ocio?

–Ahora es pura necesidad de Lautaro. Trato de ver cómo organizo sus horarios y los míos, de modo de estar con él en los pocos agujeros que tengo. Tiene 14, una edad en la que uno puede, si establece una buena comunicación, pasar momentos divinos.

–¿Por qué tuvo un solo hijo?

–Bueno, porque tuve el accidente y después, cuando decidimos que podíamos encargar el segundo niño, tuve problemas ginecológicos y ya no pude tenerlos. La verdad, me hubiera encantado tener más.

–¿Adoptaría?

(Responde categórica) –Sí. De hecho, me encantaría. De todos modos, en este tema está Lautaro de por medio. No va a ser sólo mi deseo, sino que él estará en conversación.

–¿Le puede pasar que otro señor ocupe su corazón?

–Sí, por supuesto. Eso puede pasar, y ojalá pase alguna vez porque, sinceramente, soy de las mujeres a las que les gusta estar en pareja.

–¿Cómo vivieron sus padres y sus hermanos el accidente?

–Nos conmocionó mucho a todos. No habíamos tenido una experiencia tan dura en la familia, más allá de la muerte de mis abuelos, que fue más predecible, o natural. Los conmovió mucho, pero también le pusieron una garra infernal: me dieron fuerzas, me animaron, estuvieron al lado.

–¿Tuvo que hacer mucha rehabilitación?

–Sí, mucha. Hice rehabilitación inmediatamente después de la cirugía. En seguida, me interné un mes entero para hacer rehabilitación ocho horas por día. Después, hice cuatro o cinco horas por semana durante muchos años. Lo hice todo de manera muy ordenada, hasta que me desordené totalmente por la política.

–¿No debería estar haciendo rehabilitación?

–Absolutamente. Tengo que hacerla de por vida. En primer lugar, porque es una manera de mantener el cuerpo con una calidad importante de salud. Por ejemplo, yo me paraba con un par de bastones canadienses y una bota especial para una de las piernas (en la que tengo menos movimiento) y daba unos pasos. Bien: hace dos años que no me paro. Para el cuerpo, el hecho de poder pararse (si bien no era una marcha para ir a ningún lado porque tardaba cuarenta minutos en hacer diez metros), era una marcha terapéutica. Ahora en las piernas tengo muchos dolores que antes no tenía. En segundo lugar, porque, en casos como el mío, es necesario tener el cuerpo muy bien preparado, por si avanza la experimentación, que hoy se está haciendo en animales, en regeneración de tejido nervioso. Si llega a surgir como un tratamiento posible, hay que tener un campo fértil para que eso pueda funcionar.

–Usted me dijo al principio de la nota que su fuerte frente a los demás eran las piernas. ¿Cómo es ahora?

–Ahora es la cara. Yo estoy contenta con mi cara de tana expresiva. ¿Me das un pucho? Porque ya me puse nerviosa.

–Durante un tiempo, ya estando en política y en el Pro, usted resultaba invisible. ¿Cuándo cree que se convirtió en visible?

–Me parece que hay una primera y pequeña visibilidad, menos masiva, cuando estuve involucrada en el proceso de juicio político a Aníbal Ibarra. Hasta ese momento, no tenía ninguna visibilidad a pesar de que estaba trabajando como una loca. Y creo que la segunda fue durante esta campaña.

–¿Por qué está en contra de la despenalización del aborto?

–Lo que pasa es que tengo una postura que va mucho más allá de mi religión: la inscribo en la defensa de los derechos humanos.

–Me pregunto si un gobernante no debería pensar también en la mayoría, en las adolescentes que se mueren por abortos mal hechos.

–Por eso pienso que el Estado tiene que estar muy presente para que no se produzcan embarazos no deseados, y para, si se producen, acompañar a esa persona, darle los recursos que necesita y generar una ley de adopción más flexible, más lógica. Yo separo la moral religiosa de mi representación política.

–No parece…

–Entiendo que el no tener relaciones prematrimoniales es una conducta de moral católica. Y no puedo imponerles la moral católica a todos los ciudadanos de una república en la que hay distintas religiones. Eso es un disparate absoluto. Ahora bien, considero que el Estado tiene que estar muy presente en cuanto a la información sobre los anticonceptivos, en cuanto a dar educación sexual; por eso apoyamos la ley de educación sexual de la diputada del kirchnerismo Ana María Suppa.

–¿Y qué se hace frente al sida?, ¿preservativos?

–Sí, por eso yo me diferencio de la Iglesia. Una cosa es lo que yo haga como católica y otra es pretender imponerle a la gente esa moral. Si la gente cree que tiene que tener relaciones prematrimoniales y cree que tiene que planificar su familia, es absolutamente respetable.

–Usted sabe que su relación con Mauricio Macri provoca fantasías en la gente.

–A mí me parece increíble porque, sinceramente, si hay algo que no existe en nuestra relación es eso. Nunca existió ni va a existir, porque no tenemos ese enganche con Mauricio. Para nada, de ninguno de los dos lados. Y yo agrego: gracias a Dios.

–Después de tanta reunión y tanta actividad, ¿hay un momento en que le da miedo estar sola?

–Sí. Cuando me voy a acostar, durante la primera media hora en que me duermo. Es un momento de soledad. En ese momento, siento que una se completa con un hombre. Es un tema muy marcado en mí. No me siento totalmente fuerte si soy una mujer sola. Me he sentido mucho más segura cuando he estado en pareja.

Por Any Ventura

Fotos: Daniel Pessah y gentileza G. Michetti

Mujeres políticas

Cristina Kirchner

Respeto su trayectoria política. Incluso, en el Congreso ha tenido roles bastante destacados y serios para defender sus convicciones. No comparto la actitud que tiene dentro de la acción política, como mujer. Ella empezó su actividad política cuando todavía abrirse paso como mujer era más a los golpes que con diálogo.

Lilita Carrió

Es intelectualmente brillante y posee integridad ética, cosa que a mí me parece fundamental en la política. La respeto mucho y además la quiero. No comparto sus estilos de construcción política. Me parece un poco cerrada, a veces.

Nina Peloso

Es una mujer con mucha garra. Estudia, milita, se mete en un programa de televisión como Bailando por un sueño, que es de mucha exposición, y lo hace convencida de que eso les hace bien a su grupo y a su militancia.

Hebe de Bonafini

Hebe representó, en su momento, el gran dolor y el drama que fue el terrorismo de Estado y la pérdida de hijos. Pero creo que fue acentuando más su dimensión de pelea; hay demasiado resentimiento.

Estela Carlotto

Respeto mucho en ella, como en Hebe, el hacerse cargo de una bandera tan difícil como lo es la defensa de los derechos humanos. Ahora bien, en los últimos dos o tres años la he visto, en ese sentido, un poco más cerrada que antes.

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