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Retrato de ciertas flaquezas éticas

Jueves 12 de julio de 2007
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El caimán ( Il caimano , Italia/2006, color; hablada en italiano). Dirección: Nanni Moretti. Con Silvio Orlando, Margherita Buy, Jasmine Trinca, Elio De Capitani, Michele Placido, Nanni Moretti, Giuliano Montaldo, Jerzy Stuhr. Guión: Nanni Moretti, Francesco Piccolo y Federica Pontremoli, sobre una historia de Moretti y Heidrun Schleef. Fotografía: Arnaldo Catinari. Música: Franco Piersanti. Edición: Esmeralda Calabria. Presentada por Alfa. 112 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: muy buena

En sus films, Nanni Moretti suele hablar de sí mismo, exponer sus opiniones, sus sentimientos y sus fobias; evidenciar su incomodidad con un mundo en el que no puede reconocerse; confesar sus sueños y sus amarguras y hasta compartir sus grandes alegrías íntimas, como hizo en Aprile con el nacimiento de su hijo. Lo mismo sucede en El caimán , donde se lo ve poco aunque se lo oiga mucho. Más allá de su aspecto de miscelánea, con su rara combinación de historia intimista, sátira política, crónica documental, film dentro del film y tibio homenaje al cine, esta obra también tiene mucho de desahogo, de llamado de alerta ante la indolencia, el cómodo letargo o el consentimiento pasivo y silencioso con que gran parte de la gente (y la oposición política) asistió al espectáculo de la Italia de los últimos años: la de la corrupción, acopio de poder, los escándalos financieros, los juicios a políticos enriquecidos a costa del pueblo, el avasallamiento de los derechos. En el centro de esa visión, claro, está el determinante papel desempeñado por Silvio Berlusconi, que concentró en sus manos (y las de sus holdings) la TV, los bancos, las finanzas, la política económica y cultural: en fin, el destino de su país.

Con sus preocupaciones como individuo, como ser social y como ciudadano, Moretti hace cine, y encuentra seguramente en ese lenguaje (que tanto ama y tanto domina) un medio más eficaz que las polémicas mediáticas y la tribuna pública para hacerlas conocer y para plantearse interrogantes que lo apremian y espera transmitir a los demás. Quizás, en el fondo, apunta menos al Cavaliere (cuyas pintorescas conductas invitan a la parodia) que a la suma de flaquezas éticas, sociales y políticas de la sociedad que favoreció su ascenso y permanencia.

Pero el film, rebosante de ideas, se mueve en un territorio muy amplio. El nexo lo pone Bruno (Silvio Orlando, admirable), el decadente productor de cine clase C en plena crisis matrimonial, laboral y financiera. Cuando fracasa su último proyecto, cae en sus manos un guión que lo entusiasma como para empezar a soñarlo y que -lo descubrirá más tarde- propone un feroz retrato crítico de Berlusconi: El caimán . La empresa tropieza con varios obstáculos; entre esos vaivenes y las escenas del film que imagina o que logra concretar, se exponen las penas y las dificultades de su separación y las consecuencias que ésta produce en los hijos. El mundo del cine, el de la intimidad familiar y la sátira contra Berlusconi conviven con la misma fluidez con que se suceden los cambios de registro, del humor cáustico a los toques grotescos y de la calidez emotiva a la amarga visión apocalíptica.

Moretti no se dispersa y es capaz de concertar un paralelo significativo, por ejemplo, entre la escena en que Bruno irrumpe en un teatro donde canta su mujer (Margherita Buy, irreemplazable) para reclamarle por su abandono; la de los chicos buscando desesperadamente la pieza que les falta para completar el armado de un juego, y la de la asistente del productor que apaga y cierra el estudio en señal del proyecto malogrado. De los tres que buscan remedio a lo que parece no tenerlo, sólo los chicos saldrán triunfantes: la pieza perdida aparece; el mundo puede reconstruirse.

De algún modo, y más allá de que el final incendiario venga cargado de alarmantes presagios, también la última pequeña aventura de Bruno (logra rodar la escena final de El caimán ) propone, al menos, una reacción. Quizás es también su modo de recuperar la dignidad. Nada más nocivo que la indiferencia.

Fernando López

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