Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

Rincón gaucho

El caldén, símbolo de la geografía cultural pampeana

Campo

Este árbol, considerado patrimonio natural en La Pampa, está íntimamente ligado a la fisonomía y la historia de la provincia

REALICO.- Llanura, campo raso, define la toponimia pampeana, y es en esa geografía con montes y lomadas donde el vocablo quichua recobra su esplendor, entre tanta diversidad de paisaje. Desde que la ley 1532 de territorios nacionales otorgó los límites definitivos en 1884, la provincia situada en el centro del país está condicionada por las características ambientales -con variación climática gradual desde el Nordeste subhúmedo hacia el Sudoeste árido- que define la organización territorial, la distribución de la población y las actividades económicas en tres áreas: la región pampeana (pastizal), ocupada en su totalidad por los cultivos; la región del espinal (caldenal) en el centro, en forma de cuña o en diagonal Noroeste-Sudeste y la región del monte (jarillal) hacia el Oeste, con el 50 por ciento de la superficie del territorio provincial.

Tiene, el caldenal, la estirpe rankel dibujada en su corteza. Demasiada sangre fue la que trocó a monte y pueblo en postergación y desesperanza, y convirtió en desierto al otrora viejo mar que devino en ramas, salitral y río cercano, donde se presagia todavía un ocre verdeado.

En el hueco de los caldenes más grandes -añosas tinajeras con un par de siglos encima- se adivina el cuenco natural donde abrevaban los antiguos después de que el agua buscara refugio. Sus ramas llevaban, como cañerías a la intemperie, el líquido que recibían entre murmullos del viento. El viento... con su porfía de adueñarse del espacio y del tiempo, mientras silba su provinciana melodía -a veces agorera, otras confundida con trinos y rugidos, o serena, a medio tono-, que se cuela entre los árboles. No los despierta. Están allí desde siempre. Enhiestos, con su forma de brazos en cruz dispuestos a dar cobijo. Casi no necesitan del agua y sobreviven estoicos entre amaneceres y ocasos, aunque ya nadie cuelgue bolsitas con pedidos y trabajos -como hacían los originarios para conjurar las adversidades o para conseguir protección ancestral-, en esos, los árboles del gualichu.

Pampa despojada

Fue el desmonte una forma de vender la propia tierra. En tiempos de la Segunda Guerra, cuando la ración alcanzaba hasta lo imposible, las máquinas ferroviarias a vapor debían ser alimentadas para trasladar materia prima a los puertos. Y en esa quietud de la pampa, desolada, indefensa, caían a golpes de hacha los caldenes. Como hoy, cuando en muchos campos del Oeste, antes plagados de sombra, pretextan reemplazar la cría de ganado por la siembra y los mutilan sin prever la reforestación ni los años que necesitan para crecer.

Caldén, dura y rojiza madera que en su entorno hace intuir la magia de un hogar (los hacheros cavan vericuetos profundos que techan con ramaje y pasto puna, donde albergan a su -siempre- numerosa familia). Caldén, dura y rojiza madera que a gubia y formón -a veces a cuchillo- le dan forma de rostro, de enseres o de figuras dispares, las manos inspiradas de los artesanos. O surgen de su cuerpo lleno de vetas, parquets para los pisos, listones y ahora muebles, en un claro intento productivo que desnuda la necesidad laboral y la entronca con la búsqueda del aporte de elementos genuinos. Con los rezagos o los árboles secos los hornos preparan el carbón de leña que hasta se exporta a Chile y nutre, con su aroma particular y la calidez del fuego.

En el Oeste hubo una propuesta de declararlo parque provincial a un caldenal ya disperso, cercano a Victorica. Pegado a Santa Rosa, en Toay, otro monte de menor superficie, esperó en vano igual reconocimiento. Hace un par de años, entidades ambientalistas pidieron que se declarara al caldenal pampeano Patrimonio Natural de la Humanidad.

Guardianes de la historia

Es tan honda su pertenencia a esta tierra, que el escudo de La Pampa tiene un caldén sobre fondo azul en su campo superior. En el campo inferior, curvilíneo, la figura del indio sobre campo verde se hermana con las espigas que lo rodean y las lanzas pampas cruzadas por detrás, con el sol naciente y la cinta azul y blanca entrelazada. Todo remite a labranza y a indómita heredad, a magnífico cielo y a epopeya pobladora.

Remolinean huesos en el medanal y el páramo, sin apuro, inventa otro paisaje. Y brotan obstinados, como en un ritual, los ecos subterráneos de los raigones dispuestos a no morir, entre tanto silencio, mientras los renuevos afloran en el cíclico trayecto jalonado de alpatacos, jarilla, jume, o aliladas flores de cardo. Cuando la quemazón los lastima, permanecen espectrales, como postrer arraigo.

Acaso el huitrú sea la señal más cabal de pampeanía.

Develado el secreto, emergen y se corporizan en la llanura con tanta naturalidad, que apenas algunos caldenes se atrevieron a seguir plantados en provincias cercanas. Como para no perder la mirada inicial y para que las estrellas que se desbordan del cielo de La Pampa puedan reconocer la huella del regreso -porque aun sin moverse del mismo sitio, se suele emigrar- es preciso, entonces, entrever la silueta inconfundible de esos guardianes de la historia, para abarcarlos en la distancia.

Calden-Huitrú. Es decir La Pampa. Sensación inasible, entrañable correspondencia mineral y vegetal como designio. En la costumbre de escudriñar el horizonte, se los distingue como hipotéticas antorchas que marcan el camino. Que se presume arduo, pero es tan conocido...

La autora es la actual directora de La Voz de Realicó , periódico pampeano que este mes cumplirá setenta años .

Por Gladys Sago Para LA NACION
TEMAS DE HOYCaso García BelsunceRiver PlateBoca JuniorsImpuesto a las Ganancias