Penurias de una familia tucumana en Buenos Aires (Nota I de II)
El drama de vivir... y morir junto a las vías
Por Evangelina Himitian | LA NACION
Hace tres meses, LA NACION publicó una nota sobre la muerte de tres hijos de cartoneros que viven al borde de las vías del San Martín, entre Chacarita y Paternal. Habían sido arrollados por un tren. El gobierno porteño prometió un traslado que aún no se concretó. LA NACION acompañó durante un mes a una de las familias para retratar cómo se vive a un metro de la muerte. Y viajó con ella a Tucumán, su provincia, de la que se había ido para escapar de la pobreza. Aquí, la historia.Cuesta imaginarse un escalón más bajo en la línea de la pobreza que aquel en el que estas familias instalaron sus casillas, en la curva que hace el ferrocarril San Martín entre las estaciones Paternal y Chacarita.
En la casilla de Elvira Robles hay seis hijos que cuidar. Y la muerte se cuela por cada hendija. Puede ser el tren que pasa a un metro de la puerta y ya se llevó a tres niños. Puede ser ese extenso y sobrecargado alargue que trae electricidad a unas 30 familias de cartoneros que viven junto a las vías. Las ratas, que cuando hace frío buscan calor dentro de las camas. Esa llanta en la que encienden fuego dentro de la casilla de paredes de aglomerado, para calentar el ambiente. O los cientos de virus que por estos días enferman a los porteños y que allí se hacen gigantes. La muerte cruza la mirada con la familia de Elvira desde distintos puntos, todo el día, todos los días.
Hace medio año, el tren se llevó a su sobrina Iara, de once meses, que gateó hasta las vías en un descuido. También a Víctor, uno de los chicos del asentamiento, que tenía once años.
Ese día, Elvira tomó la decisión de irse. Hoy espera el cumplimiento de una promesa del gobierno de la ciudad hecha hace tres meses: trasladarlos por un semestre al centro de viviendas precarias que se levanta dentro del Parque Roca y, después, indemnizarlos con 6000 pesos, promesa que se postergó cinco veces y aún no se cumplió.
¿Por qué prefieren vivir al borde de tantos peligros, antes que en otro tipo de asentamiento? "Se sienten mejor allí que en una villa tradicional. Están en el centro del circuito del cartón; tienen escuelas, y en esa zona no hay otras villas", explica Silvina Pennella, que trabaja en la Defensoría del Pueblo e investiga los nuevos asentamientos urbanos. "Es difícil de entender. Aunque son conscientes del peligro, lo minimizan o se les vuelve imperceptible porque están demasiado familiarizados con él", explica la psicóloga.
Esa familiaridad "se sacudió" hace tres meses con la muerte de los niños. Muchos quisieron irse de ese infierno, pero en la práctica los únicos que salieron fueron los padres de los chicos que se llevó el tren. Los demás volvieron a acostumbrarse al riesgo de vivir en las vías.
Elvira lo explica a su manera: "El tren te hipnotiza, no te deja pensar". Tiene 31 años, pero parece de muchos más. Luis Carabajal, su pareja, 36. Son de Tucumán y tiene ocho hijos. Sólo seis viven con ellos. A Joan, de cuatro años, lo cría la mamá de Luis, unas casillas más allá. Florencia, de tres, vive con la bisabuela materna, en Tucumán.
En el último mes, varios hijos de la pareja acabaron en el hospital por accidentes o urgencias relacionadas con las situaciones de riesgo en las que viven.
Jorge tiene un año y medio, y su familia lo llama "Tote Grande". Es porque hay un "Tote Chiquito", que es Alejandro, de cuatro meses. Tiene la cabeza llena de rulos y está empezando a caminar. Elvira tiene cerrada la puerta todo el día, porque el bebe quiere salir y las vías están a sólo un metro de la puerta.
Cuando baja el Sol, las casillas se ponen heladas. Hace casi un mes, Elvira hizo un fueguito sobre una llanta y puso la pava. Alejandro comenzó a llorar y la mamá fue a alzarlo. Tenía las manitos frías. Apenas lo levantó, oyó otro grito. Era "Tote Grande", que había gateado hasta el brasero incandescente. Quiso pararse y se prendió de la pava, que se le cayó encima. Las manos le quedaron en llaga viva. Elvira le puso vendas y se fue al hospital Tornú. Como Luis estaba en la calle con el carro, dejó a los chicos encerrados, al cuidado de Ivana, de 11 años.
Dos días más tarde, otra vez tuvo que ir a la guardia. Kevin, de cinco años, fue con su papá a juntar cartones en bicicleta. Se enganchó la pierna en una de las ruedas y salió despedido. Durante dos semanas, no pudo caminar.
La mamá tuvo que volver al hospital varias veces esa semana. Por la conjuntivitis de Talía, de 7 años, y por una mancha que le salió en la cara al bebe, una alergia que, según la doctora, aparece como reacción al pelo de ciertos animales.
Dormir con ratas
"Este bebe estuvo en contacto con ratas. Si se llega a contagiar la enfermedad de las ratas, se te va a morir. No podés vivir así", le reprochó la doctora. Elvira volvió del hospital con ganas de llorar, enojada con ella misma y con la situación, y con esa destructiva sensación de impotencia.
El día anterior había sido una de las jornadas más heladas del año. En lo de los Carabajal, el frío se volvió criminal. Elvira esperó a Luis, que volvió de cartonear a la medianoche, con el fuego encendido y mate dulce. Los chicos ya dormían. Por eso, ellos se acostaron en silencio, sin encender la luz. Estaban por dormirse cuando notaron ruidos. Luis se sobresaltó por un movimiento bajo la sábana. "¡Se subió una rata!", gritó, mientras sacudía las frazadas. Un roedor que buscaba calor había entrado en la cama.
"¡Los chicos!", dijo la madre, y corrió a ver las cuchetas. Varias ratas salieron de aquellas camas. Ni ella ni Luis pegaron un ojo en toda la noche. Se sacaron el frío luchando contra las ratas. "Sacamos una a punto de morderle la oreja a Kevin", cuenta Elvira. "Lo que más me dolió del comentario de la doctora es que no conoce cómo es vivir acá", dice.
Dos semanas más tarde, Alejandro quedó internado en el hospital Pirovano porque tenía media cara roja como un tomate. Después de hacerle análisis, la doctora se le acercó y le dijo: "¡Ay, mami! Tenemos que hablar. Es el virus de la rata". Elvira pensó lo peor, que era hantavirus, como tuvo Gladys, su vecina. El segundo análisis confirmó que el virus estaba en la piel y no en la sangre. "Tenés que salir de ahí. Si la rata le camina por encima, lo lastima o lo muerde, lo va a infectar", le advirtió la doctora.
A Elvira le duele vivir así. Y hoy es una de las pocas que se quieren ir. "Esto no es vida. Vinimos acá buscando un lugar para vivir y trabajar. Y lo encontramos, después de estar en villas, casas tomadas y debajo de los puentes. Acá hay más trabajo que en otros lados. Pero cada día tenemos que luchar con la muerte", confiesa. Muchos de sus vecinos prefieren vivir allí, antes que en las villas porteñas, donde, según dicen, ya no hay lugar para nuevos habitantes y donde no se consiguen vacantes en las escuelas. Además, allá el cartón deja menos ganancia, está más lejos y se reparte entre más personas.
Piquetera por Raúl
Cuando Elvira no sabe qué hacer, dice: "Lo voy a llamar a Raúl". Raúl es Castells. Elvira se hizo piquetera hace un tiempo, desde que empezó a pedir a funcionarios y políticos un mejor destino. "El único que vino y tomó un mate con nosotros fue Raúl", explica.
Desde ese día, Elvira es incondicional de Castells. Tiene el número de su celular, aunque la mayoría de las veces no la atiende. Para las elecciones porteñas prestó su nombre para figurar número 28 en la lista de candidatos a diputados por el Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados. Elvira arenga a sus vecinos para ir a las marchas. El argumento más elocuente lo da cuando baja de una camioneta con cajas con alimentos que le dieron en el partido. "Sólo esto nos dieron porque ninguno de ustedes va a las marchas. No saben los colchones y frazadas que nos perdimos", reprocha. Es llamativo. Las cajas que entrega Castells dicen "Ministerio de Desarrollo Social" y "Gobierno de la Ciudad".
Elvira, lista en mano, entrega a cada uno lo que le corresponte. "Son cuatro productos por ir a la marcha, cuatro por estar al día con la cuota social." Así, va sacando polenta, leche en polvo, harina y otras yerbas. La entrega se prolonga hasta las 21. Luis acumula las cajas vacías. Esta noche no tuvo que salir con el carro: el cartón vino hasta su puerta.
Luis llegó a Buenos Aires en 1989, dos años después que su mamá. Trabajaba en cortadas de ladrillos y vino de visita, pero se quedó. Vivió en el albergue Warnes y después se mudó bajo el puente Juan B. Justo, donde conoció a Elvira, que tenía 17 años y acababa de llegar de Tucumán. "Allá vivíamos a menos de tres cuadras y nos vinimos a conocer en Buenos Aires", cuenta Luis. La pareja tuvo sus idas y venidas. Un tiempo en Tucumán; un tiempo en Buenos Aires; un poco juntos; otro, separados. En ese ir y venir perdieron dos hijos. "Al primero, los padres se lo hicieron sacar -cuenta Luis-. El segundo murió a los pocos meses."
La tristeza que le vino a Elvira sólo se pudo sobrellevar cuando nació Ivana, que hoy tiene 11 años. Después llegaron Carolina, de nueve; Talía, de siete; Kevin, de cinco; Joan, de cuatro; Florencia, de tres; "Tote", de uno y medio, y Alejandro, de tres meses. "Acá cerramos la fábrica", dice Elvira. Eso le pidieron los médicos, ya que del último embarazo quedó con graves daños en un riñón.
La familia se afincó en los márgenes de la vía hace tres años. Tuvieron dos oportunidades de tener una casa. "Una noche, revisando la basura, encontré un sobre con 1500 dólares. Llegué a casa y le dije a Elvira: «¿Esto sirve?». En el banco, nos dijeron que eran de verdad", relató Luis.
Compraron una casita en San Miguel, provincia de Buenos Aires. "Pero se inundaba. Estuvimos casi dos años y nos fuimos porque así no se podía vivir", relata. También vivieron un tiempo en la villa Che Guevara, en Mariano Acosta y Castañares.
Cuando la crisis de 2002 golpeó al país, Elvira y Luis conocieron la cara más cruel de la miseria. Durante los años siguientes, las cosas empeoraron. "No había nada de trabajo. Pasábamos varios días sin comer y ni siquiera podíamos comprar carbón para calentar la casa", recuerda Elvira. Fue entonces cuando se enfermó de tuberculosis y quedó internada varios meses. Kevin tenía dos años; Joan, uno, y Florencia era beba. Por eso, los dos menores fueron a vivir con la abuela y con la bisabuela. A ellas, hoy las llaman "mamá".
Por aquella época tuvieron que dejar la villa porque se desalojó para instalar un polo farmacéutico. Los indemnizaron con $ 15.000. "No nos poníamos de acuerdo en qué hacer con la plata y cuando salió de alta, nos peleamos y nos separamos. Yo quería comprar una casa y ella, una heladera, un equipo de música y una moto. Al final, no nos dimos cuenta de cómo, pero la plata se nos empezó a ir y, cuando nos quisimos acordar, nos la habíamos gastado toda", confiesa Luis. .
