Opinión
La literatura también pierde
Por Mempo Giardinelli
Para LA NACION
Desde los diez o doce años pasaba horas copiando los cuadritos de las revistas de historietas que todos leíamos en los 50 y 60: Rayo Rojo , Misterix , El Tony . En todas se destacaba, insistente, la publicidad de las clases por correspondencia de la Escuela Panamericana de Arte, que él cursó y desde donde se erigió en un dibujante excepcional, a la altura de Quino y en la preciosa tradición de Ramón Columba, Dante Quinterno y muchos otros que enaltecen la historieta y el humor gráfico argentinos.
Pero Roberto Fontanarrosa fue también un narrador original, personalísimo. Lo prueba su vasta y rica producción de cuentos, llena de personajes entrañables y aclamada por decenas de miles de lectores, a la vez que rigurosamente ignorada por la academia y el canon.
Siempre fue un gran escritor, además de dibujante genial, y tengo para mí que le hubiera gustado recibir el reconocimiento que, en este campo, no llegó a tener. Era serio a la hora de escribir, era exigente y conocía los secretos del oficio porque desde chico fue un lector competente, incesante, un curioso inagotable.
Y ojo que escritor fue siempre. Creo que fue en el 80 o el 81 cuando la Editorial Pomaire publicó en la Argentina Best Seller , su primera, encantadora novela. Por la misma época en la sucursal española (entonces las sucursales estaban en España) yo debutaba con La revolución en bicicleta . Alguna vez bromeamos acerca de esa casualidad, que se sumaba a las de ser hinchas de clubes "chicos" (Rosario Central y Vélez) y no vivir en Buenos Aires.
Ahora quedarán sus libros, y me atrevo a decir que lo sobrevivirán tanto como sus popularísimos personajes. Porque Inodoro, Mendieta, Boogie y alguno más perdurarán, sin dudas, como íconos de nuestro tiempo. Pero me parece que será en la literatura donde Roberto Fontanarrosa, escritor chispeante a la par que tozudamente conceptual, tendrá asegurada la memoria.
Se la ganó en buena ley. Y creo que él hubiera asentido ante esta afirmación, humilde y melancólico, un segundo antes de cambiar de tema con una ocurrencia. Su prosa vibrante, irónica y desaforada se va a extrañar ahora, por la sencilla razón de que era única.
Qué más decir en esta noche fría. Si es tan triste y duro, y sobre todo tan odioso, escribir la necrológica de un colega y amigo. .
