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Los días finales del Führer

En En el búnker con Hitler (Crítica), Bernd Freytag von Loringhoven, ayudante de campo del general Guderian durante la II Guerra Mundial y uno de los últimos en abandonar el búnker de Berlín antes del suicidio del líder nazi, recrea el clima de obsesión y muerte en el derrumbe definitivo del régimen. Aquí, un fragmento

Domingo 05 de agosto de 2007
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Los rusos se acercaban al centro de la ciudad. Se luchaba en la Alexanderplatz. El aeropuerto de Tempelhof había caído. Mientras la artillería soviética arrojaba sobre Berlín toneladas de obuses y de bombas, sus defensores, que no disponían de apoyo aéreo, carecían de municiones en todas partes. Al norte de la capital, el 25 de abril, el 3er ejército blindado fue atacado, al sur de Stettin, por el grupo de ejércitos del mariscal Rokossovski. Sus restos se replegaron hacia el oeste sin oponer ninguna resistencia. Fuera de Berlín, los soviéticos ganaban terreno rápidamente en Pomerania y en Mecklemburgo. Por órdenes de Hitler, el 9o ejército permanecía a orillas del Oder. Todas las llamadas del general Busse pidiendo autorización para replegarse hacia Berlín habían sido ignoradas. El 27 de abril, cuando ya era demasiado tarde, el 9o ejército recibió la orden completamente ilusoria de atacar por el oeste, con el objetivo de reunirse con el ejército de Wenck. Muchos soldados murieron en los bosques al sur de Berlín o cayeron prisioneros.

Daba igual. No estaba todo escrito aún en aquella agonía. La esperanza renacía en el ambiente febril del búnker, era el momento de quemar los últimos cartuchos. Desde el principio, Hitler había depositado sus esperanzas en el ejército del general Wenck. Joven, dinámico y competente, disponía de tropas formadas con los últimos reclutas de la juventud alemana, dispuestos a morir en el campo de batalla. Tal vez era el último instrumento capaz de forzar el destino, pero un observador lúcido no podía dejarse engañar. La diferencia entre las tropas de Wenck -a lo sumo, unas pocas divisiones- y los dos grupos de ejércitos rusos con docenas de divisiones de infantería y de blindados era flagrante. Por mucho que fuera el valor de los soldados o el arte de mando de los oficiales, no cabía esperar milagros. A la vista de las fuerzas disponibles, era incluso sorprendente que hubiera combate. Tras haberse reunido al sur de Brandeburgo, el ejército de Wenck lanzó su ofensiva al sur de Potsdam.

El 27 de abril al mediodía, tenía al teléfono al OKW [Mando Supremo de Wehrmacht]. Wenck había llegado a Ferch, un suburbio situado a unos doce kilómetros de Potsdam y a veinte kilómetros al suroeste de Berlín. Yo sabía que el jefe del 12o ejército sólo disponía de tres divisiones en condiciones de avanzar, carecía de blindados y de DCA, pero esa noticia inesperada me produjo el efecto de una descarga eléctrica. Inmediatamente trasladé al mapa el avance de Wenck y me precipité al búnker. Krebs y Hitler se encontraban en el gabinete de trabajo del Führer. "Les traigo una buena noticia -anuncié desplegando el mapa sobre la mesa-. Wenck ha llegado hasta Ferch." Mientras yo hablaba, Hitler, con las gafas sobre la nariz, cogió el mapa con manos temblorosas y ojos brillantes y febriles, y se volvió hacia Krebs con aire triunfal para decirle: "Siempre os lo había dicho. ¡Lo conseguiremos!". Krebs, con rostro cortés e impenetrable, se ajustó el monóculo y respondió fríamente: " Mein Führer , ¡Ferch no es aún Berlín!"

La noticia corrió como pólvora. Los habitantes del búnker, la mayoría sin ninguna experiencia militar, recuperaban la confianza en la buena estrella del Führer. Veía de nuevo rostros alegres preguntándome si las noticias de Wenck eran completamente ciertas. La euforia duró poco. Como no teníamos noticias de Wenck desde hacía varias horas, escuchábamos el mismo mensaje triunfal en la radio alemana. "En su ataque por liberar Berlín, las jóvenes divisiones del ejército de Wenck han llegado a la región al sur de Ferch". En el búnker, algunos lo consideraron de inmediato una traición. Si los rusos no lo habían adivinado todavía, el objetivo de Wenck ya no ofrecía dudas. Al día siguiente, gracias a una comunicación con el OKW, supimos que las divisiones de ataque de Wenck se habían visto obligadas a retroceder hacia el oeste. Por la noche, las informaciones ya no dejaban ninguna duda sobre el fracaso. La última ilusión había desaparecido. El búnker caía de nuevo en la depresión. Perdida definitivamente toda esperanza, resurgía la preocupación por la muerte. Hitler había anunciado su intención de quitarse la vida. Corría la noticia de que se dispararía un tiro a la cabeza y de que Eva Braun tomaría un veneno. "¡No somos más que un depósito de cadáveres!", dijo alguien expresando el sentir general.

Pero el deseo de vivir, aun vacilante y acorralado en sus últimas trincheras, era demasiado fuerte. Se seguían discutiendo proyectos descabellados. La noche del 26 de abril, el general Weidling, comandante militar de Berlín, propuso una evacuación nocturna de Hitler y de todos los habitantes del búnker durante la noche del 28 de abril. Una escolta de blindados y de soldados garantizaría una salida en dirección oeste y se encargaría de la unión con el resto de los grupos de ejércitos del Fístula. Hitler rechazó todas las súplicas. Todo el mundo se resignaba a lo inevitable. Los soviéticos se encontraban apenas a unos centenares de metros de la cancillería. Habían tomado la estación y el puente de Potsdam. La Potsdamer Platz se encontraba bajo el fuego graneado de sus ametralladoras. Si la brigada SS Mohnke, que se suponía debía proteger la cancillería del Reich con sus dos mil hombres, no resistía, los soviéticos estarían a las puertas del búnker en unos minutos.

La noche del 27 al 28 de abril, los bombardeos redoblaron su intensidad. En el bloque de hormigón del Führerbunker se percibían las vibraciones causadas por el martilleo ininterrumpido de la artillería rusa que golpeaba la cancillería. El techo del búnker, mucho menos grueso, amenazaba con ceder bajo los obuses. El agua corría en el Kannenberggang , agujereado por todas partes por los proyectiles. Las luces de emergencia, que funcionaban con la ayuda de un grupo electrógeno, se encendían de forma intermitente. El búnker se hundía en el desorden. La suciedad se acumulaba por todas partes. Ya no se recogían las basuras. Los colchones se amontonaban de cualquier manera en los pasillos. El polvo y el humo entraban por las aberturas y los ventiladores.

La noche del 28 de abril, Heinz Lorenz trajo un mensaje sumamente importante. Un despacho de la agencia Reuters confirmaba la noticia difundida de madrugada por Radio Estocolmo y transmitida a Hitler a media tarde. El Reichsführer SS Heinrich Himmler había propuesto a los aliados occidentales capitular, pero éstos habían rechazado su oferta. Reuters precisaba que Himmler les había comunicado que podía llevar a cabo una rendición sin condiciones y hacerla respetar. El Reichsführer se consideraba de facto el jefe de Estado, usurpando los poderes de Hitler. Para el Führer era la madre de todas las traiciones. El más "fiel de los fieles" había entrado en contacto con el enemigo, un paso que Göring no se había atrevido a dar. El "fiel Heinrich", cuyas SS tenían como divisa "La lealtad es mi honor", le había dado la última puñalada por la espalda. El Führer tuvo la postrera explosión de rabia y de cólera.

El fracaso del ejército de Wenck acabó con las esperanzas militares. La traición de Himmler significaba el final político del régimen. La división gangrenaba sus filas hasta la cúpula. La mañana del 29 de abril, Krebs me describió la profunda decepción del Führer. Tras haber visto cómo fracasaban todos sus intentos, Hitler había decidido acabar ya con su vida. El poco tiempo que tal vez le dejaran aún los rusos había que aprovecharlo para organizar su sucesión. Ante el asombro de todos los habitantes del búnker, decidió casarse con Eva Braun. Se casaron por la noche y ofició la ceremonia un oficial de estado civil del Ministerio de Propaganda, vestido con el uniforme del partido con el brazalete del Volksturm, y fueron testigos Goebbels y Bormann. Krebs se unió a los invitados a un improvisado banquete de bodas. El ambiente era enrarecido. Nadie tenía ganas de fiesta. Detrás de esa pareja maldita, asomaba visiblemente la muerte. Mientras los invitados a la boda estaban aun reunidos, Hitler se retiró para dictar a Traudl Junge, su secretaria, el testamento político y el testamento personal. Para sorpresa de todos, Hitler no eligió como sucesor a un dignatario del partido -Goebbels o Bormann-, sino al gran almirante Dönitz. El comandante en jefe de la marina era un nacionalsocialista convencido, pero nadie se esperaba que el Führer confiara en un militar justo antes de su muerte.

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