RESISTENCIA.- Mientras Rosa Molina (que tiene 54 años y pesa 24 kilogramos), casi piel y huesos, comía rodeada de mujeres aborígenes en el hospital Julio C. Perrando, donde se repone de un grave cuadro de desnutrición y enfermedades, en su barrio seguía el drama de los más desposeídos: falta de comida y de trabajo y graves enfermedades que empañan las esperanzas de sus habitantes.
Las estadísticas conmueven. Ayer se conoció que los aborígenes muertos por desnutrición en el último mes ascienden a diez. Muchos aseguran que las cifras aumentarán por el frío y que los aborígenes con alto riesgo de salud son unos 80.
Molina fue trasladada anteayer por miembros de la Comisión de Derechos Humanos del Chaco a la catedral de Resistencia para que su caso tomara estado público, lo que desató una polémica entre la institución y el gobierno provincial.
El médico Rodolfo Sobko, miembro de la comisión, aseguró: "Ante el grave cuadro de salud de Molina, la invitamos a que nos acompañara a la catedral porque pudimos confirmar que no estaba siendo atendida por el centro de salud cercano a su casa ni por el hospital Perrando".
La mujer, que vive sola con su nieto de 11 años en el barrio aborigen Cacique Pelayo, de la localidad de Fontana, en el Gran Resistencia, se mostró frente a las cámaras de televisión y desató una ola de críticas contra las autoridades sanitarias y de asistencia social de la provincia.
Sin embargo, el gobierno emitió en las últimas horas un comunicado en el que advierte que Rosa Molina fue engañada en su buena fe.
"Estos hermanos nuestros son símbolos que nos siguen enrostrando nuestra indiferencia más extrema ante las realidades de escandalosa pobreza que tenemos permanentemente al alcance de la mano", denunciaron Roberto Silva y Jorge Lesteni, a cargo de la catedral de Resistencia.
Por su parte, el coordinador de la organización humanitaria Centro Nelson Mandela de Chaco, Rolando Núñez, confirmó que son diez los aborígenes de esa provincia que ya han fallecido por desnutrición y alertó de que hay otros 80 con un cuadro similar de riesgo. "Es un desastre humanitario", subrayó.
Fontana, pobreza extremaLos chicos, despreocupados, corren por las polvorientas calle de Fontana. Son aborígenes y criollos que viven en los barrios Cacique Pelayo, Villa Allín y Balastro, donde la degradación humana está a la vista. Allí, la pobreza golpea con rigor.
"Este año habrá muchos muertos. Hace mucho frío y no tenemos con qué taparnos ni nada que comer", dicen Avelino Gómez, de 56 años, y Jorge Echegaray, de 49, sentados en su vivienda, casi una tapera, ubicada frente al comedor Nogoxiguen Nalá Ñacpiolec (´Niños, levántense a la luz , en lengua toba).
Fontana es la imagen del desgarrador éxodo poblacional que sufrió el Chaco en pocos años debido a la caída de la producción de algodón. El medio donde residían, el campo, no los pudo sostener, y llegaron a la ciudad entre 10.000 y 12.000 personas por año.
El intendente Clide René Briansó admite que en 2001 había 26.000 habitantes; hoy llegan a casi 60.000 en una ciudad que alguna vez albergó una industria taninera.
Sin estadísticasHoy, la pobreza y la desnutrición se observa a cada paso. Cuando uno concurre a los centros de salud, hay temor de hablar, más aún cuando se trata de obtener estadísticas.
"Tienen que pedir en el Ministerio de Salud", es la frase más común. En realidad, se atiende bien a las personas que concurren, pero después de brindar remedios, hierro para las mujeres anémicas y leche para los chicos, el drama se repite: en sus casas no tienen qué comer.
A pesar de que nadie quiere dar su nombre, LA NACION pudo saber que en uno de los centros de salud de Fontana se atienden unos 200 desnutridos de distinto grado.
En esta capital también hay un barrio toba. Está a la vera de la ruta nacional N° 11, donde la Cruz Roja trabaja con la comunidad desde hace años.
Las casas son de material, pero construidas hace más de 40 años. El hacinamiento, la promiscuidad y las enfermedades son también el patrón común de sus habitantes. Pero aquí hay más esperanzas: las autoridades prometieron la construcción de nuevas viviendas.
Mientras tanto, en el gobierno, conducido por el radical Roy Nikisch, hablan de campaña política: "Estamos presenciando evidentemente una campaña que no sabría ni catalogar, en la que están apareciendo desnutridos", dijo el ministro de Salud, Ricardo Mayol, refiriéndose a la muerte de los aborígenes.
"En ninguno de los casos que hemos detectado, en los que hemos trabajado en el Impenetrable y en los que estamos trabajando, hemos abandonado a la gente o vamos a dejar de atenderla. Estamos abocados exclusivamente, no al aborigen, sino a toda la provincia en este sentido", agregó el funcionario.
"Hábitos culturales"El ministro negó así que hubiera habido abandono de persona por parte del Estado y aceptó que la desnutrición existió en los casos señalados, aunque la atribuyó a "hábitos culturales" de los aborígenes.
"No hubo abandono. Además, hay hábitos culturales, estilos. Ellos tienen su manera de comer, su manera de alimentarse, y a veces no aceptan la nuestra. Entonces son una serie de cosas que no son sencillas. No estamos haciendo abandono de nada", sentenció.
"Todos los pacientes están tratados. Los que tienen tuberculosis y todo hay que ver si coinciden con que están desnutridos. Pero si están registrados, están anotados y en tratamiento. Esta es una situación real, histórica, en la provincia", indicó.
En cambio, Germán Bournissen, coordinador del Equipo Nacional de Pastoral Aborigen, denunció: "Es verdad que los aborígenes mantienen su medicina tradicional, pero saben bien que hay enfermedades como la tuberculosis que deben tratar en los centros médicos. Lo que sucede es que se acercan a los hospitales y no reciben la atención adecuada".
Bournissen sostuvo: "Más que una cuestión de salud, es un problema de soberanía alimentaria porque la desnutrición es el último eslabón de una cadena que comienza con la destrucción del monte donde viven los aborígenes, que es su fuente de alimentación".
Por José V. Derewicki
Para LA NACION
04.08.0721:49
04.08.0720:40