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Reconocer lo mejor

Domingo 12 de agosto de 2007
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PARA LA NACION

La competencia es en Gran Bretaña y se trata de cantar. Es un concurso televisivo similar a los que están de moda: miles de participantes enfrentan un jurado que elige a unos pocos. Desfilan "raperos" y "rastas" con los tatuajes y "piercings" de rigor, niños alentados por sus padres, excéntricos de todo tipo..., en fin, la materia prima habitual en estos casos. La tribuna, en su mayoría juvenil, representa a quienes pretenden triunfar en Gran Bretaña tiene talento, que así se llama el programa.

Entre tantos aspirantes, aparece uno próximo a la cuarentena, el número 31.829, de aspecto gris e intrascendente, poco atlético y que cuando sonríe, nerviosamente, descubre la impostergable necesidad de visitar a un odontólogo. Los miembros del jurado, dos hombres y una bella joven, lo reciben con cierta displicencia y, cumpliendo con el ritual, ella le pregunta qué cantará. El participante balbucea, temeroso, que lo suyo es… la ópera. Los jueces intercambian miradas cómplices, parecen contener una sonrisa y, con indisimulada resignación, lo invitan a comenzar. Las dos mil personas presentes no parecen más interesadas que los árbitros en lo que está sucediendo.

Canta entonces Paul Potts, que así se llama quien, según ha dicho, vende teléfonos celulares en Port Talbot, Gales. Entona el aria Nessun dorma, de Turandot, la ópera póstuma de Giacomo Puccini. Esa música maravillosa, interpretada magistralmente, toma por asalto al jurado y a la audiencia. La bella voz del tenor logra paralizar a todos. Se ve al juez que más despectivamente había recibido a Paul, el productor discográfico y temido árbitro en este tipo de concursos Simon Cowell, alzar los ojos azorado y mirarlo, tal vez por primera vez. El otro, el periodista gráfico y de televisión Piers Morgan, también jurado de concursos como American Idol, esboza una complacida sonrisa. La bella joven, Amanda Holden, conocida actriz del teatro y la televisión británicos, está tan conmovida que no disimula las lágrimas que ruedan por sus mejillas. El público escucha en silencio y luego explota en una ovación. Paul concluye el trozo del aria entre vítores y no puede dar crédito a tanto entusiasmo. Los jurados le auguran un gran futuro y hasta arriesgan que puede ganar el concurso que, además de 100.000 libras, brinda la oportunidad de cantar ante la reina Isabel II durante la Royal Variety Performance. El breve video que registra el episodio, tan sucintamente descripto, fue visto ya por varios millones de personas ( http://www.youtube.com/watch?v=9oxTy7KIAaA )

Luego de cantar en la ronda semifinal la canción de inspiración operística Con te partirò, popularizada por Andrea Bocelli, y reiterar Nessun dorma en la final, Paul gana el concurso monopolizando el voto telefónico de los televidentes. En menos de un mes pasa de vender teléfonos a viajar a los EE.UU., donde atrae a los grandes medios de prensa y graba su primer álbum, que aparecerá en estos días.

Esta historia, relatada en tan gruesos trazos, pretende ilustrar el arrasador poder de la belleza para atrapar y conmover aun a quienes parecen desatenderla. A diferencia de la experiencia del violinista Joshua Bell –quien pasó desapercibido interpretando Bach en el subterráneo de Washington– en este caso el público está en situación de prestar atención. Cuando lo hace, confirma que no es verdad que quiera consumir la vulgaridad que con tanta insistencia se le ofrece, argumento con el que se justifica gran parte de la programación televisiva. Cuando se brinda calidad, ésta es percibida de inmediato, incluso por quienes no parecen estar preparados ni dispuestos a identificarla tanto en el auditorio como en los hogares. Confirma, en suma, que no debemos perder la esperanza en el espíritu humano, que cuenta con reservas inagotables que le permiten reconocer lo mejor que él mismo tiene: la milagrosa capacidad de crear.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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