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Disculpen si no puedo dejar de preguntar

Lunes 13 de agosto de 2007
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LA NACION
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Parece cosa menor, hasta que uno empieza a expandir las posibilidades, lo piensa a gran escala, se hace las preguntas fundamentales. Me refiero a las dos actitudes posibles frente al avance técnico. Una postura dice que todo tiempo pasado fue mejor. La otra, que todo tiempo futuro será mejor. La primera sostiene que el progreso técnico deja a mucha gente sin trabajo y que hoy vivimos frenéticamente en una sociedad fría, inhumana y computarizada. La segunda cree que el avance tecnológico crea diez fuentes de trabajo por cada una que elimina y que, si aprovecháramos mejor las posibilidades de las computadoras, tendríamos más tiempo y más calma.

La polémica, por supuesto, puede continuar durante horas. Pero, tras confesar que adscribo a la postura optimista y que por lo tanto tengo mis serias dudas de ser completamente imparcial (siquiera de desear serlo), me gustaría salir del marco de referencia local, de este último medio siglo, de la actualidad, de los tiempos que corren. Tengo la sospecha que se trata de mucho más que pesimismo u optimismo.

Si miramos toda la historia de esta especie, haciendo caso omiso de la coyuntura, descubriremos que no hemos dejado de avanzar técnicamente ni una sola semana. Da la impresión, pues, que somos incorregibles en este sentido. Si existe una forma mejor (palabra que, admito, merecería algún análisis) de hacer algo, alguien pondrá manos a la obra.

No es que seamos industriosos; de hecho, estoy seguro de que algunos de los grandes inventos de la humanidad provienen de espíritus indolentes que, con tal de quedarse cinco minutos más en la cama, crearon desde la clepsidra y la palanca hasta el barómetro. Industriosas son las abejas, y a mucha honra, pero la humanidad es más que una colmena.

Y somos más que simplemente inventivos. Salvo el paraguas, ya hemos reinventado todo varias veces, incluida la pólvora, porque no nos alcanza con inventar, nuestra vocación va más allá. Un invento es una respuesta. Las respuestas al final nos aburren.

El problema, para unos; la virtud, para los otros, reside en un mecanismo único en la naturaleza: la pregunta.

No porque sí el adagio, tan trillado que ya suena casi hueco, dice que es más importante preguntar que responder. No nos interesan particularmente las respuestas. Para el siglo V antes de Cristo (o el VII de nuestra era o el XIV antes de Cristo; en particular durante los recientes siglos XVIII y XIX) ya teníamos suficientes respuestas. Pero no nos alcanzaron. Para Newton, que no era precisamente un lerdo, la explicación evidente de que el tiempo era fijo fue bastante. No para Einstein.

Diré más: las respuestas nos irritan. Al leer la historia de la ciencia (una historia de refutaciones), uno se imagina a los pensadores mirando la flamante teoría, la respuesta recién salida del pizarrón, y preguntándose cómo pudo haberles llevado tanto tiempo arribar a algo tan simple. Está bien, las buenas teorías son simples. Pero antes de la noche, la duda estará instalada. ¿No se nos habrá escapado algo? ¿Es bella, simple y cierta, esta explicación, o sólo bella y simple? ¿Es una respuesta completa?

Sabemos, por anticipado, que ninguna respuesta jamás es completa. No lo es por definición. No en la ciencia ni en la filosofía. De ese vacío pasmoso nos salva la pregunta. Y la fe, desde luego, que es la única respuesta que aceptamos como completa.

La pregunta define a la especie. La respuesta conforma al individuo, y sólo durante un tiempo. Tanto, que la pregunta es una actividad imposible de suprimir. Se puede acallar las respuestas, se puede proclamar un saludable silencio, pero la pregunta no se puede abolir. Ni siquiera con 800.000 años de eludir las preguntas (como los Eloi de la novela de Wells) ese ímpetu desaparecería. Cada nuevo niño volvería a preguntar. Está en nuestros genes.

Ni siquiera el mismísimo demonio de Laplace podría ponerle freno a esta vocación; hoy lo sabemos bien gracias a los descubrimientos de otros preguntadores: Max Planck, Werner Karl Heisenberg.

Así que poco importa si somos pesimistas u optimistas al respecto, si nos adaptamos con facilidad o si nos resistimos enérgicamente al avance técnico, si quisiéramos haber nacido en el siglo XVII o si no vemos la hora de que llegue el XXII. Simplemente, esta especie no puede evitar preguntar, y preguntar es avanzar.

En ocasiones, sin embargo, hemos causado la catástrofe: Hiroshima, Nagasaki, Chernobyl; la innecesaria e imperdonable extinción de docenas de especies cada día; el descalabro del ecosistema planetario, que esperemos sea reversible, y sigue la lista. Pero han sido más bien las malas respuestas que las buenas preguntas las que abrieron el ánfora de Pandora, más el hecho de que, seamos humildes, nadie nos explicó cómo era esto de ser humano, no tenemos manual de instrucciones. Lo vamos puliendo. La piedra de amolar es la pregunta.

De vuelta al principio, no hay mucho lugar ni para el optimismo ni para el pesimismo en este asunto. Tampoco para el enfrentamiento. Cuando uno acepta el fatum de la pregunta, cuando admite que hemos logrado maravillas, pero nunca conseguimos dejar de preguntar, entonces pesimistas y optimistas revelan su verdadero valor, su etiqueta correcta, su rol en esta compleja dinámica de la civilización humana.

Ambos son protectores de respuestas. La pregunta no necesita defensor, está en nuestro ADN. Las respuestas son frágiles. Unas por nuevas, otras por antiguas.

Unos son guardianes de las respuestas que se han probado útiles. Los otros quieren imponer las nuevas respuestas antes siquiera de que hayan pasado por el examen del tiempo.

Los primeros dirán que era mejor el mundo sin celulares, pero al decir eso defienden el viejo teléfono analógico, el telegrama y la carta, tecnologías que no existían hace apenas 200 años y que oportunamente también fueron resistidas, por lo que los optimistas de entonces resultaron estar en lo cierto.

Los segundos verán en el celular un milagro de la comunicación, sin darse cuenta de que, en efecto, los móviles pueden llegar a ser enajenantes y que la crítica de los primeros contiene una lección.

Los primeros son guardianes de las respuestas probadas; los otros impulsan las experimentales. Ambos se complementan. Sin respuestas probadas, no hay lugar para nuevas preguntas; sin respuestas experimentales, viviríamos en el pasado. No tiene sentido enfrentarse. Asociados, equilibramos la realidad y resguardamos nuestro espíritu prometeico, al tiempo que nos prevenimos, razonablemente, de sus llamaradas.

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