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Cómo votan los argentinos

Mientras la batería proselitista ya trabaja para octubre, nadie tiene muy claro todavía cómo define su voto el ciudadano. Los especialistas hablan de un votante que se define por múltiples factores Por Pablo Mendelevich

Domingo 12 de agosto de 2007
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Cuentan los arqueólogos de la política que hace muchos años los votantes se ilustraban con fruición acerca de las propuestas de los distintos partidos políticos, auténticos protagonistas de la competencia electoral. Se leían las plataformas, se escuchaba lo que tenían para decir los candidatos y se contrastaba la oferta. Luego se decidía qué lista votar. Por fin, en el cuarto oscuro los ciudadanos ejercían, con sentido altruista, el derecho al sufragio.

En rigor, ya nadie recuerda bien si eso pasó de verdad o si fue una clase de instrucción cívica de tercer año -materia que muchos cincuentones de hoy tuvieron incluso cuando gobernaba el general Onganía- lo que dejó impregnado el ambiente de una difusa añoranza colectiva. Mal pudo la escarpada democracia del siglo XX, rica en fraudes, golpes de estado, proscripciones, abstenciones, voto en blanco de dos dígitos y otras anomalías, garantizar un paisaje cívico tan pastoral. Pero el hecho es que hay, quizás, una evocación del paradigma del elector ilustrado que, aun si existió en alguna parte, ya no existe más.

Ahora los partidos políticos son asunto casi exclusivo de la justicia electoral -ni siquiera se sabe muy bien qué partido es el del Gobierno-, el mitin pertenece a la prehistoria, la palabra plataforma ya acumula casi tanta telaraña como "reclame", los dirigentes se degradaron a referentes, a las fuerzas políticas -o quién sabe a qué- se les dice "espacios", más que para gobernar se buscan candidatos "que gestionen" (jactancia reciente del candidato Daniel Scioli: "tengo pasión por gestionar"), en sus discursos los políticos ahorran menciones a los próceres del género y las ideas apenas si cotizan como moneda fuerte de la política.

Foto: Diseño: Mariana Trigo Viera / Silvana Segú

Desde luego, en este contexto el votante promedio tampoco es el mismo. Sujeto de identidad partidaria descafeinada, piensa y siente con menos fanatismo que, desde ya, su abuelo, un peronista o antiperonista preconfigurado para quien el universo era un país divido en mitades irreconciliables. ¿Y cómo piensa? ¿Cómo siente? En todo caso, ¿cuánto hay de racional en las elecciones de los argentinos y cuánto de afectivo?

El asesor estrella de Mauricio Macri, Jaime Durán Barba, hombre dado al chisporroteo de la provocación intelectual, parece no tener dudas al respecto: "En general, los seres humanos somos simios poco racionales, que pretendemos ser cartesianos. En la política, somos mucho menos racionales todavía. Como dice Bertrand Russell, ´la política es la actividad en la que más hombres inteligentes cometen estupideces .

Los electores no votan con la cabeza sino con el corazón, el hígado y el estómago. Se mueven por simpatías, resentimientos y necesidades. Nadie ve un debate para decidir su voto. Los pocos que lo hacen lo hacen para aplaudir a su favorito y ratificarse en sus sentimientos. Tampoco otros elementos centrales de nuestra vida como la relación con Dios o con nuestra pareja nacen de un silogismo".

Entonces, ¿las propuestas y las plataformas pasaron a la historia? "La mayoría de ellas sí -dice Durán Barba-. Están concebidas por quienes fuimos hijos de la galaxia Gutemberg y creímos en las definiciones ideológicas del siglo pasado. Es difícil entender la lógica de la política contemporánea cuando ser de izquierda supone, en algunos sitios, admirar a un militar golpista que quiere perennizarse en el poder y que no respeta a la oposición. Hoy vemos el entusiasmo de las izquierdas con un gobierno como el de Irán, antisemita, que cercena el clítoris de las mujeres, que ahorca a los homosexuales, en el que algunos Obispos islámicos, que creen que la tierra es plana, ejercen el poder absoluto en medio de un oscurantismo semejante al de la Edad Media Cristiana."

Cambio de coordenadas

Cada tanto, también, hay candidatos que se dan ubicaciones novedosas, como Roberto Lavagna, que se considera de centro progresista. Es probable que cada vez que un político dice que lo de izquierdas y derechas no corre más, muchos votantes sientan lo mismo que los navegantes antiguos una noche en que las nubes iban cubriendo las últimas estrellas. Las coordenadas clásicas también debían servirle a cada cual para saber dónde estaba parado. Un buen chiste sería preguntarle al Estado sobre la identidad política de uno mismo, dado que en un sótano de la calle 25 de mayo reposan millones de cartulinas con afiliaciones partidarias que muchos de sus titulares ya habrán olvidado y que sonrojarían a otros tantos si las contrastaran con el propio historial de voto.

¿Qué somos o qué no somos? El sociólogo Manuel Mora y Araujo dice que en el votante argentino "no existen factores regularmente dominantes. Hay algo alrededor de lo que puede llamarse ´ideología , pero es muy vago y no siempre resulta determinante (caso Macri en la Ciudad: fue votado por personas inicialmente más orientadas a la izquierda). Pesa bastante, casi siempre, que el candidato se haga cargo de temas coyunturalmente importantes. A esto podemos llamarlo propuestas de campaña. El conjunto de esos elementos, sumado a la personalidad del candidato, sus características personales, la confianza que inspira y demás, es el marketing".

La fama de artificio que se ha ganado el marketing no lo ayuda, quizás, a lucir en esta materia tan apropiado como en el ámbito del polvo para lavar la ropa. ¿Qué usuario actual de crema antiarrugas no recuerda la campaña de Nueva Fuerza, el antecesor de la Ucedé, que en 1973 intentó sin éxito convertir a una joven María Julia Alsogaray en diputada? Cada voto de esa campaña (la fórmula era Chamizo-Ondarts, de magra cosecha), se dijo entonces, costó una fortuna, porque para convencer votantes se había pretendido aplicar técnicas de inspiración foránea, léase campañas publicitarias de estilo norteamericano pergeñadas para consumidores anglosajones que comen pochoclo frente al televisor.

Nadie imaginaba entonces que, con la mayor naturalidad, en el siglo XXI, prestigiosos asesores electorales de Estados Unidos iban a ampliar en Buenos Aires su cartera de clientes. O que una candidata no precisamente perdedora como Cristina Kirchner (2005, 2007) haría actos políticos guionados del tipo de los que informa Hollywood. Actos que -ya todo el mundo lo sabe- no están pensados para que los convencidos o los interesados tengan que ir a transpirar entre una multitud mientras el propio candidato socorre desde la tribuna a los que se desvanecen por falta de oxígeno (el clásico "un médico a mi derecha") sino que es la figura política quien viaja a todos los hogares, televisor mediante. "El hecho de que los medios de comunicación, y en particular la televisión, se hayan convertido en el gran teatro de operaciones de la política, hace que importen cada vez más la imagen y los gestos, en lugar de las palabras y los discursos", explica Rosendo Fraga.

De acuerdo, la televisión manda. ¿Pero cómo funciona frente a ella el votante? "Lo racional y lo afectivo -contesta Fraga- juegan de acuerdo con las circunstancias. El voto por Macri puede haber sido racional, pero Michetti le agregó lo afectivo".

Superada la creencia de que sólo los factores sociológicos (género, edad, nivel socioeconómico, educación) explican los comportamientos electorales, es hoy una tarea compleja determinar cómo y cuándo resuelven su voto millones de almas. ¿Inciden realmente las campañas? Un estudio sobre las elecciones presidenciales de 2003, realizado por el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano, con 602 encuestados en la ciudad de Buenos Aires, estableció que a un 37 por ciento de los consultados la campaña lo convenció de votar a alguien diferente del que había pensado en un principio; al 19 por ciento le reforzó la decisión original. Los candidatos más favorecidos por la última presidencial fueron, según esa fuente, Ricardo López Murphy (un 51,7 por ciento reconoció que la campaña lo ayudó a adoptar una posición favorable hacia ese candidato, que resultó el no peronista más votado) y Néstor Kirchner (el 25 por ciento dijo que gracias a la campaña se formó una opinión positiva de quien resultaría presidente). También se les preguntó a los encuestados si recordaban algún spot, afiche, debate o cualquier otra cosa de la campaña. Al tercio que dijo recordar algo específico se le preguntó, ciertamente, qué recordaba. Ahí resultó primero el spot televisivo de Menem (30 por ciento), seguido por comentarios de periodistas de televisión (27,6%), spot de televisión de López Murphy (16,4%), spot de televisión de Kirchner-Scioli (13,5 %) y afiches con "las leyes de Murphy" (4,7%).

Dice el psicólogo político Orlando D Adamo, director del centro que produjo el estudio y coautor del libro Comunicación Política y Campañas electorales : "El votante se maneja con datos periféricos que para cada persona son cruciales. Vota a un ingeniero porque dice ´ya probamos con abogados y siempre nos va mal . Vota a gente nueva que no tenga que ver con la política tradicional porque supone que es menos corrupta. Vota a personas prestigiosas en otros campos, empresariales, deportivos y hasta artísticos, porque si se han desempeñado bien en la vida privada especula que lo harán en la pública. Vota porque percibe a alguien como honesto, o serio, o porque se lo comentó alguien que sabe mucho de política. O porque es policía y va a terminar con la delincuencia poniendo mano dura. Sobre este último tipo de votantes tienen mucho impacto las campañas electorales y el papel que desempeñen en los medios de comunicación".

Claro que una elección es el resultado de una agregación de decisiones individuales, y como dice Luis Tonelli, profesor de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo, "si todos los votantes sólo quieren castigar un poquito al Gobierno y cada uno decide no darle su voto a la espera de que los demás lo voten, el resultado será un desastre electoral para el oficialismo".

Tonelli cree que algo le quita racionalidad al voto y es la política centrada en candidatos que no tienen una trayectoria capaz de ser identificada. "No se sabe quién está detrás de ellos; generan un personalismo light en el que consideran superflua la organización, porque ellos se creen autosuficientes".

Pero no en todos lados es igual. Consultor político habituado a trabajar en distintas provincias, Enrique Zuleta Puceiro advierte que, en algunos casos, el votante debe decidirse entre dos candidatos que tienen algunas similitudes -da el ejemplo de Daniel Filmus y Jorge Telerman- y en otros, como sucedió en Misiones, se trata de un voto de repudio a un anhelo de perpetuación, mientras hay elecciones, como las de Mendoza o Corrientes, que no están polarizadas, situaciones que siguen mecanismos de decisión diversos. Zuleta Puceiro también piensa que el votante se nutre de una variedad de fuentes: "Es como un inversor, que acude a lo que piensa, a lo que escucha, que no abandonó del todo sus dogmas y que tampoco se comporta como un comprador racional".

Desde que en l995, cuando Menem se presentó a la reelección, se acuñó lo del "voto licuadora" -el del beneficiario del consumo en cuotas cuyo endeudamiento le había agrandado la simpatía por la continuidad del gobierno-, ganó adeptos la idea de que la sensación de bienestar económico acompaña a los votos oficialistas como el movimiento de las hojas al viento.

¿Qué dicen los expertos? La respuesta de Fraga: "La clase media puede hoy ser el sector social más beneficiado por la recuperación económica y sin embargo vota menos por el gobierno que los sectores populares, que en términos generales se han beneficiado menos con la recuperación. Creo que la política como acción es más arte que ciencia, porque se trata de percibir, a veces intuir, cuando los factores racionales y los afectivos juegan un papel en la definición del voto".

Contesta el ecuatoriano Durán Barba: "En muchas ocasiones, el crecimiento económico que experimentan los electores durante un gobierno lleva a respaldar a su mandatario. La Argentina ha crecido económicamente los últimos años a un ritmo importante, se ha sentido esa mejoría tanto en la ciudad de Buenos Aires como en el interior. Es natural que un porcentaje importante de la población respalde al Gobierno por esa causa. Los electores no son analistas económicos. No saben ni les interesa si esto es fruto de un crecimiento global, del efecto de China y la India en los precios de determinados productos. Saben que están mejor que hace tres años y eso les gusta".

Pero, advierte el sociólogo ecuatoriano, no se trata de una verdad universal. En Estados Unidos, dice, los resultados económicos son definitorios de los procesos electorales, pero el Perú de Toledo, por ejemplo, experimentó un crecimiento enorme sin que ello remediara la impopularidad del presidente.

Y los episodios de corrupción que salen a la luz, ¿inciden en la cabeza del votante en contra del gobierno y a favor de algún opositor?

Remata Durán Barba: "Ese tipo de eventos, reales o no, suelen afectar a los candidatos cuando no se encaran adecuadamente. De hecho, el tema crisis, ataque y defensa, es una de mis especialidades como consultor. Sin embargo, no hay que sobrevalorar el entusiasmo ético de los electores comunes. Los derechos humanos, la defensa de las minorías, el respeto a la diversidad, la introducción de una serie de valores en la política son fruto de la evolución de la democracia occidental propios de las élites. Las masas con frecuencia son supersticiosas, xenófobas, pragmáticas y la mayoría de los votantes no se deciden por motivaciones éticas".

La quema del ataúd y el temor de los indecisos

Aunque nunca se llegó a medir de manera fehaciente el efecto electoral que tuvo la quema de un ataúd en el acto de cierre de campaña del justicialista Italo Luder por parte del candidato a gobernador bonaerense Herminio Iglesias, ese suceso, ocurrido hace 24 años, pasó a la historia como el de mayor impacto directo que haya existido sobre la conciencia de los votantes.

Tal es su valor simbólico que a toda posibilidad de arruinar a último momento un resultado se lo suele parangonar, en política, con el cajón de Herminio. Los guarismos electorales, sin embargo, no invitan a suponer que la bravata de Iglesias cambió la pelea de fondo, ya que al cabo fue una distancia considerable, de más de once puntos porcentuales, la que separó al ganador Raúl Alfonsín del perdedor Italo Luder pocos días después, en las urnas. Si bien en 1983 las mediciones demoscópicas no eran tan frecuentes y generalizadas como ahora, casi ningún analista ha sostenido, pese al mito popular, que el cajón de Herminio hubiese afectado en sustancia el resultado, más allá de provocar la transferencia de un número desconocido de votantes que entrevieron allí, se cree, la renovación de la violencia del anterior gobierno peronista, y se asustaron.

El episodio suele ser estudiado en comportamiento electoral junto con “sustos” no ya incidentales sino provocados para estremecer sobre la hora a votantes indecisos. Entre ellos las declaraciones de Carlos Ruckauf en vísperas de las elecciones de 1999, cuando a sus posturas de mano dura el candidato a gobernador añadió la aseveración de que su rival Graciela Fernández Meijide era “abortista”, algo inquietante para vastos sectores medios y bajos.

Ahí sí el golpe resultó certero y el resultado, inusual: fue la única vez en la historia que el gobierno nacional y el bonaerense quedaron en manos del oficialismo y la oposición, ya que Fernando de la Rúa ganó la presidencia pero Fernández Meijide perdió en la provincia.

P.M.

Los expertos opinan

Rosendo Fraga: "El hecho de que los medios de comunicación, y en particular la televisión, se hayan convertido en el gran teatro de operaciones de la política hace que importen cada vez más la imagen y los gestos en lugar de las palabras y los discursos."

Jaime Durán Barba: "Los electores no votan con la cabeza sino con el corazón, el hígado y el estómago. Se mueven por simpatías, resentimientos y necesidades. Nadie ve un debate para decidir su voto."

Orlando D Adamo: "El votante se maneja con datos periféricos que para cada persona son cruciales. Vota a un ingeniero, porque ´ya probamos con abogados y siempre nos va mal . Vota a gente nueva que no tenga que ver con la política tradicional porque supone que es menos corrupta".

Zuleta Puceiro: "El votante es como un inversor, que acude a lo que piensa, a lo que escucha, que no abandonó del todo sus dogmas y que tampoco se comporta como un comprador racional."

Luis Tonelli: "Lo que quita racionalidad al voto es que no se sabe quién está detrás de los candidatos; generan un personalismo light en el que consideran superflua la organización, porque ellos se creen autosuficientes".

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