Una larga fila, en Pisco, a la espera de ayuda, que llega de manera escasa
Foto: AP
CHINCHA, Perú.– El grito es incisivo, fastidiado, permanente. Se repite a lo largo de decenas de kilómetros, entre los escombros, los cerros, los asentamientos. Ayuda, ayuda y más ayuda.
Desde Ica y Pisco hasta Chincha y Cañete, decenas de miles de peruanos están desesperados. Cuatro días pasaron ya desde que el sismo destruyó sus ciudades, y la comida, remedios y carpas prometidos por el gobierno no llegan. O, cuando llegan, son escasos y alcanzan apenas para una minoría de los 200.000 peruanos que por estas horas necesitan alimentos y albergue.
Mientras tanto, ellos viven a cielo abierto, con miedo a más sismos, a enfermedades, al hambre, a un clima frío y lluvioso, al futuro.
Tanto crece cada día el nerviosismo de los peruanos afectados, que ayer su presidente, Alan García, tuvo que advertir, una vez más, que la asistencia está en camino.
En Chincha, no le creen. Esta bulliciosa ciudad de unos 40.000 habitantes, ubicada a 120 kilómetros de Lima, está destruida, desesperanzada y furiosa. Unos 80 habitantes murieron. El 60 por ciento de sus casas se derrumbó. Sus fábricas cerraron. Sus lucrativos sembradíos de espárragos se secaron. Sus presos se escaparon. Sus alimentos desaparecieron.
Pero en el centro, en los barrios aledaños de casas de adobe, en los asentamientos de chozas de esterilla, la ausencia de militares, bomberos y médicos es palpable.
Aún destrozados por la tragedia, los chinchanos saben que su ciudad no es Pisco o Ica. Prácticamente pulverizadas, ambas se convirtieron en símbolos de muerte y destrucción. Y hacia allí, entonces, partieron miles de funcionarios, rescatistas, militares, toneladas de alimentos, remedios y abrigo.
En Chincha, en cambio, todavía los esperan; los camiones de asistencia pasan de largo por la Panamericana, hacia Pisco, y cada chinchano debe arreglárselas como pueda.
"No tengo un soldado, un bulldozer, un bombero; acá todo es privado. He tenido que pedir prestado hasta el combustible. Nadie aparece; nadie toma una decisión", cuenta a LA NACION César Carranza, un empresario textil de la ciudad. Angustiado por la orfandad de Chincha, Carranza se lanzó a la calle para coordinar por cuenta propia la distribución de ayuda y la remoción de escombros.
De noche, clasifica las donaciones que llegan desde Lima, para repartirlas luego en camiones prestados. De día, organiza con varias empresas constructoras la demolición de los cientos de casas de adobe que quedaron en pie, pero están resquebrajadas y temblorosas.
Carranza pasa, sin pausa, de la hiperactividad a la angustia y a la irritación. "No se puede creer este olvido del gobierno. Ayer [por anteayer] hasta me di el lujo de gritarle al presidente. Y él me respondió livianamente que la ayuda está en camino", dice.
En un intento de llamar a los peruanos a la paciencia, García dio ayer otra vez explicaciones sobre la falta de asistencia. "La ayuda está llegando de manera proporcional al número de damnificados", dijo el mandatario.
Poco consuelo llevaron sus palabras a los chinchanos. Pese a que están casi desconectados del mundo por la falta de energía, saben que en Pisco "cayó una bomba atómica" y se compadecen de sus vecinos. Pero el hambre, la desprotección y el miedo los sobrepasan.
"Se nos está terminando lo poco que rescatamos de la casa y mañana no vamos a tener qué comer; dormimos en la calle sin frazadas, bajo la lluvia, sentadas en sillas. Necesitamos carpas, comida, trabajo. ¡Ayuda, por favor!", dice Esperanza Benavides, una mucama de 43 años que perdió a dos sobrinos, de 7 y 11 años, en el sismo.
En la Plaza de Armas, Benavides hace cola desde hace tres horas para buscar la ayuda que baja de dos camiones. No sabe qué va a recibir; ruega que sea una carpa y colchones para sus tres hijos. Anteayer quiso comprar una esterilla para dormir, pero le pidieron 20 soles (igual cantidad de pesos) por ella, y Benavides no los tiene. Perdió su trabajo de mucama, por el que ganaba 45 soles (igual cantidad en pesos) por semana, porque la casa de su jefa se derrumbó.
El trabajo lo necesita porque sabe que subsistir en esta ciudad devastada justo cuando su precaria economía remontaba, gracias a la exportación de espárragos y a las fábricas textiles, será una proeza. Los colchones y las carpas, también, porque sus noches son prácticamente un martirio. No sólo por la lluvia y el frío, sino por los disparos.
"Todas las noches se oyen balazos; son los saqueadores y también los que roban por necesidad", cuenta.
PsicosisLa policía desmintió este fin de semana que hubiera habido saqueos, pero no pudo aplacar la psicosis. Más de 600 presos escaparon de la cárcel Tambo de Mora cuando sus paredes cayeron el miércoles. Y los nervios hicieron temblar a los chinchanos tanto como las réplicas que los sacuden varias veces por día.
Muchos creen que ellos están detrás de los robos en las casas destruidas. Por eso, así como se organizaron solos, sin el gobierno, para limpiar sus escombros y confrontar la falta de ayuda, también formaron patrullas civiles para contrarrestar la inseguridad durante las noches sin luz.
"Algunos van armados y los más jóvenes van con piedras. Así dormimos más tranquilos", dice Sarela Peláez, respecto de la patrulla de su cuadra, cubierta de escombros.
El hambre y la desesperación también podrían estar detrás de esos robos. Un grupo de chinchanos intentó asaltar el hospital local porque pensaban que allí había alimentos, según informó el director del centro de salud, Jorge Barrera.
Sin cuartelA pesar de que es el destino de la mayoría de la ayuda, Pisco tampoco es indiferente a esas imágenes de desborde y necesidad, aun cuando el gobierno desplegó más soldados anteayer. Tal vez no son saqueos, pero sí luchas sin cuartel por una pequeña bolsa con alimentos.
Unos 800 metros al este de la entristecida Plaza de Armas, el ejército y la marina coordinan uno de los centros de evacuados. Los 2200 pisqueños refugiados allí recibieron carpas; comida no les sobra, pero tampoco les falta.
Para los militares a cargo, el problema de la falta de ayuda no es la ausencia de víveres, medicinas y abrigo, sino la distribución, porque la gente espera que las autoridades vayan casa por casa. "No se puede alcanzar a todas las zonas afectadas", dijo el capitán Dante Molina a un grupo de periodistas.
A unas tres cuadras de allí, unos pocos minutos más tarde, cuando la mañana despuntaba, ese problema de distribución y desesperación quedaba al desnudo. Unas 30 personas corrían tras un camión, se golpeaban y empujaban.
Pugnaban por agarrar una de las bolsitas con comida que lanzaban desde un camión; algunas lloraban cuando las alcanzaban. Era lo primero que recibían en más de dos días. Son las escenas de desesperación y necesidad en el Perú del terremoto.
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