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"Me gustaría ser como Los Beatles"

A un mes de la muerte del dibujante y escritor rosarino, lo recordamos con una entrevista inédita en la que habla de su oficio y su mundo, una charla vía mail de junio pasado que gira sobre la película animada en la que estaba trabajando y un sentido texto de quien fue su editor de siempre

Sábado 25 de agosto de 2007
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Por Ana Da Costa Para LA NACION

"El viernes viajo para ir a la Feria del Libro; nos podemos encontrar en un barcito que está en la esquina del hotel, ¿te parece?", propuso Roberto Fontanarrosa por teléfono desde Rosario. Ese sábado nos encontramos en el hotel y caminamos hasta el bar Natasha, en Marcelo T. de Alvear y Suipacha. Ocupamos la misma mesa en la que el Negro había estado garabateando algunas ideas esa mañana y hablamos durante varias horas sobre literatura, la relación con sus lectores, la crítica, los libros y el fútbol, tema insoslayable en cualquier diálogo con el dibujante y escritor.

La entrevista, que se iba a publicar en la revista Lea , quedó inédita. Por entonces -abril de 2003- los editores decidieron levantarla: hacía poco habían publicado un extenso artículo sobre Fontanarrosa y Osvaldo Soriano titulado "Dos potencias se saludan". Guardado en la memoria y en un casete, aquel encuentro llega a los lectores un mes después de la muerte de ese rosarino de aliento casi renacentista, que de chico soñaba con ser delantero de Rosario Central y que, años después, con muchos libros bajo el brazo - No sé si he sido claro , La mesa de los galanes, Una lección de vida , por nombrar solo algunos- aspiraba a ser en lo suyo como los Beatles, "tipos que eran unos animales en lo técnico y lo creativo, y que gustan a todo el mundo".

Fontanarrosa, el Negro en la pluma de Eulogia
Fontanarrosa, el Negro en la pluma de Eulogia.

-¿Aspirás a un público masivo cuando escribís?

-Yo creo que uno hace lo que puede, no lo que quiere. Parece difícil que uno pueda decir: "Tengo que escribir en determinado tono o estilo para llegar a mucha gente". Podés intentarlo, pero se nota. En mi caso, yo tengo gustos que coinciden con los gustos más o menos populares. O sea, me gusta el fútbol Sería distinto si me gustara el cricket y escribiera sobre cricket

-¿Cómo ves el caso de escritores buenos que no alcanzan una cierta popularidad?

-Hay escritores para escritores, en los que uno puede apreciar una riqueza técnica que otros no ven. Supongamos, vemos a un dibujante y uno, que sabe del oficio, dice: "¡Uy, cómo maneja los trazos o los colores este tipo!". Entiendo que hay escritores que son excelentes pero no son populares, no gustan a todo el mundo. Mi aspiración sería ser como los Beatles, tipos que para todos los músicos eran unos animales en lo técnico y lo creativo, y que gustaban a todo el mundo.

-¿Ha cambiado el hábito de la lectura entre las nuevas generaciones?

-Aunque los chicos más jóvenes entran a la lectura por Internet, yo creo que el uso del libro se va a prolongar por muchísimo tiempo. En un viaje, por ejemplo, sigue siendo más cómodo llevar un libro que un televisor. Yo tengo el hábito de ver el papel impreso. Escribo y lo primero que hago es imprimir, porque me gusta ver lo escrito sobre el papel y porque tengo el temor de que esa máquina hija de puta me haga desaparecer todo de un momento a otro. Te digo, de las cosas que me han pasado, la peor de las sensaciones es que de golpe desaparezca un cuento entero de la computadora.

-¿Te ha ocurrido?

-Me pasó. Después por ahí alguien te lo rescata, pero la sensación de desamparo que te agarra cuando de golpe se te va un texto a la mierda, sumado a la certeza de que no lo vas a poder volver a escribir, es tremenda. Yo no puedo ponerme a escribir todo de nuevo con el mismo entusiasmo. Pero vuelvo a lo anterior: el libro a mí me provoca placer porque siempre emparenté la lectura con el placer. Por eso fui un desastre como estudiante. Tener que leer cosas que no me gustaban me provocaba un fastidio tremendo.

-Además del fútbol, ¿cuáles son tus otros gustos?

-Me gusta cierta música popular, y soy bastante clásico en la lectura. No leo escritores de culto. Bah, puedo leerlos y me pueden gustar, pero no los leo. Además, leo cosas muy extrañas y supongo que eso obedece al tipo de información y de cultura que uno recibió. Posiblemente si yo hubiera ido a un exclusivísimo colegio privado y me hubiera manejado en otros ámbitos, escribiría para esos ámbitos. Uno escribe o hace cosas para los que comparten la misma información.

-¿Qué cosas te obligan a abandonar la lectura?

-Si a un libro no le encuentro el atractivo a la página quince o veinte, lo dejo con todo el dolor del alma. "¿Para qué carajo estoy leyendo este libro si hay millones?", me pregunto. "¿Por qué tengo que empecinarme en leer a este muchacho?" Eso es lo que le he querido transmitir a mi hijo: yo no quiero que lea para que sea un intelectual, sino para que se divierta. Mi relación con los libros es de mucho afecto.

-¿Es cierto que le huís a los libros muy voluminosos?

-Un libro gordo a mí me intimida, me parece un abuso de confianza del escritor hacia el lector. Es como si alguien te dijera: "¿Tenés dos semanas para que te comente algo?" Dejame de hinchar las pelotas, contámelo en cinco minutos, decime de qué se trata y después vemos. Eso, independientemente de que he leído muchos libros gordos con mucho placer. Me acuerdo que con El nombre de la rosa te decían: "Tenés que pasar las primeras treinta páginas". Ahora, yo me pregunto, ¿qué es esto, una prueba de obstáculos? Yo intenté dos veces, no pasé y a la mierda. Después fui a ver la película y me divertí mucho más.

-¿Qué otra situación hace que dejes de leer?

-Una novela en la que no hay diálogo me desalienta. ¿Por dónde le entro al texto? Uno ve un socotroco oscuro, ¿viste? Yo necesito el diálogo. Que no me cuenten lo que está diciendo el otro o cómo lo dice. ¡Quiero escuchar lo que dice sin que se metan en el medio! Y yo mismo voy a deducir qué personalidad tiene el tipo o qué piensa, como lo deduzco de la gente común.

-¿Cómo se formó la mesa de los galanes y cuáles son sus códigos?

-Son mesas aluvionales. Un tipo trae al otro. Por ahí vos traés a alguien y después desaparecés y alguien dice: ¿y quién lo dejó a este? Hay tipos que dejan de ir porque se mudan a otra parte y cambian de hábitos, se divorcian o se casan, y quedan otros. Hay una población estable de unos doce tipos, que se puede ampliar. Han desaparecido las mujeres, porque ninguna mujer se aguanta tres horas hablando de fútbol. La característica fantástica que tiene, a mi juicio, es que siempre se habla de pelotudeces. No se hablan temas personales profundos. Para eso me voy a otra mesa y listo. Además de fútbol, se habla de política, de cine, de lo que sea. Y es diversa, hay arquitectos, abogados, desocupados, algún pintor. Me parece una práctica muy sana de distensión y de amistad. Nos juntamos a la tardecita, la gente sale del laburo y antes de volver a la casa pasa por ahí para tomarse un recreo. Es un lindo hábito.

-Si tuvieras que armar una mesa con personalidades que admirás, ¿quiénes la integrarían?

-Primero, gente de fútbol. Me encantaría charlar con Valdano, el "Flaco" Menotti o Roberto Perfumo, tipos que han jugado al fútbol y tienen la capacidad de transmitir lo que ellos sentían como jugadores o técnicos. Tienen, además, capacidad de análisis y una gran cantidad de anécdotas. Por supuesto, también invitaría al "Gordo" Soriano. Y a Woody Allen. En una oportunidad, me acuerdo, fui a escuchar a Woody Allen tocando el clarinete en el Michael Pub de Nueva York. Yo no tengo ningún conocimiento de música como para decir si toca bien o toca mal, no lo sé, pero obviamente me hubiese gustado, aunque no en ese momento, charlar con él. Allen es uno de esos tipos con quien me encantaría conversar.

-Cuando escribís relatos de fútbol, ¿escribís desde la pasión o desde una cierta distancia literaria?

-Debe de ser difícil que a un tipo al que no le guste determinado deporte se le ocurra escribir sobre ese deporte. Salvo Juan José Sebrelli, que tiene una mirada negativa sobre fútbol y hace un libro sobre por qué no le gusta el fútbol, cosa que me parece correcta. Es raro, pero correcto. Yo leía fútbol en la adolescencia, a los periodistas deportivos, a Dante Panzeri y a Pepe Peña, porque no había gente que escribiera de fútbol. Una vez, en un libro de David Viñas vi un capítulo donde había un partido de fútbol. Fue como decir "¡puta, podría escribir sobre esto que a mí me gusta tanto!" Además, es un tema propicio. Está la cuestión del grupo, la cuestión de las pequeñas sociedades. Encontrás al que es egoísta, al generoso. Y ofrece una situación de conflicto, hay planteo dramático porque hay dos grupos en pugna.

-¿Le mostrás a alguien tus textos antes de publicar?

-Generalmente no muestro nada a nadie. Puede parecer una pedantería, pero uno se guía un poco por el gusto personal. Cuando me siento a escribir algo entusiasmado, me digo: "Algo voy a transmitir con todo esto". Después, los cuentos los lee Daniel Divinsky, que es mi editor. ...l corrige mucho, posiblemente esos defectos que yo llamo formales, de construcción, y con la suficiente sutileza como para que yo no me dé cuenta. Yo después leo el cuento impreso y parece que lo hubiera escrito yo, pero supongo que tiene algunas correcciones de estilo.

-¿Cuál es, a tu juicio, el compromiso del escritor?

-¡Llenarse de dinero! Parafraseando a Borges: "He cometido el peor de los pecados, no he sido millonario". Yo he disfrutado mucho con la lectura, y ojalá que el tipo que lea cosas mías disfrute también. Que le guste, que le atraiga, que se entusiasme, que se cague de risa si puede, que se emocione. Trato de transmitir esas cosas, pero no me meto en el supuesto compromiso de los intelectuales de esclarecer a la gente. Porque yo no soy para nada un esclarecido. Como escritor, quiero que la gente la pase bien leyendo lo mío. Hasta ahí llego. Gustos personales, tendencias o ideologías siempre se filtran, pero sería demasiado pretencioso de mi parte suponer que voy a generar un movimiento de masas o a cambiar el mundo.

Con la colaboración de Damián Vives

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