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Jueves 30 de agosto de 2007 | Publicado en edición impresa

El suburbio desde otra mirada

Por Fernando López | LA NACION

 
 
 

Juegos de amor esquivo ( L´esquive, Francia/2003, color; hablada en francés). Dirección: Abdel Kechiche. Con Osman Elkharraz, Sara Forestier, Sabrina Ouazani, Nanou Benahmou, Hafet Ben-Ahmed, Aurélie Ganito, Carole Franck. Guión: Abdel Kechiche. Adaptación y diálogos: Ghalya Lacroix y Abdel Kechiche. Fotografía: Lubomir Bakchev. Edición: Ghalya Lacroix y Antonella Bevenja. Presentada por IFA. 117 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: muy buena

Abdel Kechiche hace más que una pequeña revolución al ofrecer en Juegos de amor esquivo una visión franca y desprejuiciada de los populares barrios de inmigrantes en la periferia de París. El cineasta tunecino afina la mirada documental para derribar uno a uno todos los clichés que la distorsionan; registra el contraste entre dos lenguajes (dos culturas); desarrolla una tierna historia de amor adolescente en los términos de una comedia de Marivaux; juega, como el célebre dramaturgo, con los disfraces y las apariencias (es decir, con el teatro), y, sobre todo, invita a registrar lo esencial: la verdad humana que no sabemos o no queremos reconocer en realidades poco gratas que nos son muy próximas y por eso, o por prevención, desconocidas.

Lo mejor es que toda esta operación diversificada y compleja se concreta en una fábula de encantadora sencillez, sin la menor ostentación de inteligencia, sin pretensiones de examen sociológico o antropológico, y con una naturalidad tal que se sale del cine con la impresión de haber convivido por algún tiempo con el grupo de muchachos y chicas que animan la historia.

De lenguajes y revelaciones

El lenguaje juega un papel fundamental. De entrada nos encontramos con los amplios espacios y la impersonalidad casi irreal de un barrio de viviendas populares donde discurre (y discute) el grupo de adolescentes de origen magrebí metido en sus problemas clásicos. Las chicas, con sus vestidos, sus chismes y sus coqueterías; los chicos, con sus lealtades, sus competencias entre barras y sus inquietudes amorosas.

Lleva un buen rato acostumbrarse a los diálogos repetidos y superpuestos y a la constante violencia verbal que ellos exhiben; una agresividad que es casi un código de comunicación y que parece una pantalla para ocultar la timidez o el pudor. Hay que superar ese umbral para poder llegar después a disfrutar de la belleza y la riqueza del cuento. Y para descubrir, bajo el brutal contraste con el lenguaje elegante de Marivaux, cuánto hay de similar entre los juegos del amor y del azar, que los chicos representarán en la fiesta escolar, y los que el franco y apocado Krimo vive con la desenvuelta y seductora Lydia.

Como él es incapaz de expresarle su secreto amor, asume el papel del galán de la ficción teatral para conquistar a la veleidosa con las palabras de Marivaux. Bien lejos del intrincado argot contaminado de expresiones en árabe que los chicos vociferan en su vida diaria. Pero las palabras son ajenas y Krimo no sabe hacerlas suyas: no sabe representar.

Kechiche derrocha sutilezas al confrontar realidad y ficción. En las escenas de los ensayos, en la guía de la profesora y su interpretación de Marivaux, hay un subtexto dramático y un cotejo cultural que no por implícito deja de ser revelador.

Como se ve, no hay aquí guerra de pandillas, drogas, violaciones ni autos incendiados, aunque a veces la violencia irrumpa caprichosamente, estimulada por el prejuicio. Kechiche contraría el estereotipo impuesto por el cine y otros medios, quiere mostrar que en el suburbio de los inmigrantes, como en todas partes, los chicos se enamoran, pelean y sufren. O sueñan como Krimo con sus viajes en veleros de acuarela, o como Lydia, metida en su traje de época. Igual que en el siglo XVIII y que en todas las épocas. Esa humanidad, que los admirables intérpretes hacen ver tan genuina, no puede sino conmover. .

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