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Una fiesta que se preparó durante 24 años

La euforia socialista se amoldó a los tiempos y la cautela de Binner

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LA NACION
Lunes 03 de septiembre de 2007 • 02:08
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ROSARIO.- Se hicieron las ansiadas seis de la tarde y nada cambió. En el búnker de Hermes Binner, la calma que había sobrevolado la tarde se mantuvo inmutable. No hubo ni gritos ni festejos. Ni siquiera música.

La fiesta tardó en estallar y se acopló a los tiempos y la mesura del ahora electo gobernador de Santa Fe. También, tal vez, a los 24 años de batallas perdidas a manos del justicialismo.

Diagnóstico. "El problema es que no tenemos un televisor acá. Si se vieran las cifras estaríamos todos saltando", conjeturó una señora. "No se puede poner música porque lo pidieron los medios", aportó otra. Las dos formaban parte de una de las varias "rondas de debate" que se armaron durante las dos primeras horas de la tarde a la espera de alguna señal firme para dejar salir la euforia.

Por momentos, la reunión cobró aires de tertulia. El escenario con la cara de Binner de fondo, el clásico atril y las banderas nacional y provincial a los costados parecía condenado a la soledad. Ni los dirigentes del binnerismo ni los socialistas históricos asomaron sus cabezas.

Tal como él mismo había anticipado, Binner prefirió el calor del hogar para esperar datos certeros, después de insistir durante una semana con que el fraude era una posibilidad casi palpable y con que el escrutinio sería insalvablemente lento.

La contención y las charlas en voz baja de los militantes históricos dieron un vuelco con el desembarco de los jóvenes del partido en el Patio de las Maderas, el principal predio de exposiciones de la ciudad, frente a la Terminal.

El que no salta. Con ellos, la mayoría llegados de escuelas en las que fueron fiscales, aterrizó el color, rojo, por supuesto, y una especie de "piedra libre" para los festejos. El salón empezó a llenarse de voces y de cantitos de cancha. Los hubo para Bielsa, para Kirchner, para Reutemann y para Obeid. Ni el kirchnerismo en su versión juvenil salió indemne.

"¿Qué dicen? Necesito traducción", se desesperó un hombre de suéter gris y anteojos gruesos. "Que el que no salta es un joven K", aclaró la mujer que tenía al lado. "Ah, no. Yo soy un viejo S", aseguró orgulloso y sonriente.

De a poco, la contención fue mutando en ansiedad mezclada con incredulidad y se armó la primera ronda. "Borombombom, borombombom/es Hermes Binner, gobernador", cantaron como si giraran en torno a una fogata invisible.

Sangre joven. El desembarco juvenil fue la llave para la fiesta. El lugar empezó a llenarse y el clima se tornó cada vez más futbolero, aunque no se escuchó un solo bombo. El reclamo estaba en el aire. Hasta que una mujer se convirtió en vocera: "¡Bielsa, admití la derrota de una vez, que queremos escuchar a Binner!", vociferó.

El aclamado se hizo rogar un rato más. Los militantes volvieron visible y audible la impaciencia. Una vez más combinaron cantitos dedicados al oficialismo con himnos del socialismo como: "Estévez Boero/es nuestro compañero". El cotillón de carnaval carioca circuló de mano a toda velocidad. El papel picado se amontonó en bolsas improvisadas.

A las 22.20, diez minutos después de que Bielsa se describiera a sí mismo como "el único padre de la derrota", Binner subió al escenario y entonces sí, la fiesta que los socialistas soñaron y vieron frustrarse a lo largo de 24 años se volvió posible.

"¿Viste Pichi? Yo sabía que esto algún día iba a pasar", le dijo una rubia a uno de remera celeste en el medio de un abrazo ya afuera del búnker, en la esquina de Caferata y Córdoba. A sus costados, decenas de hombres y mujeres felices y tal vez todavía incrédulos marchaban hacia el monumento a la Bandera. Como toda fiesta que se espera por mucho tiempo, esta no iba a durar poco.

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