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Héctor Tizón a fondo

Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION

Miércoles 05 de septiembre de 2007
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Luego de disfrutar de una buena novela, Juan Libro evitaba leer la biografía de su autor. Rara vez ésta se correspondía con la felicidad que le había dado su obra. O bien el escritor había sufrido de manera desmedida, y cada libro era un desafío, o bien la escritura le había servido de antídoto contra ciertas compulsiones irremediables. Algo estaba claro: la genialidad de un artista no suele depender de sus buenas intenciones. Pero aun desconociendo la vida de un autor es posible establecer un lazo muy próximo con el libro. En este sentido, la lectura es una suerte de amistad transitoria. Al concluir una historia, nos embarga cierta pena, no sólo porque llegamos al final, sino porque nos quedamos sin la compañía de un amigo: el narrador.

Quizá por este sentimiento de apego, Juan Libro temía descubrir la identidad del escritor. Para resolver esta prevención, se abocó al género de las entrevistas. Más que en las biografías –a veces, distantes– o en las autobiografías –a veces, engañosas–, en los libros de entrevistas la voz del autor aparece nítida, directa. Encontró una edición flamante de De La Flor: Héctor Tizón. Un ejemplar de frontera, de Ana Da Costa. Primero lo hojeó para cerciorarse de que el diálogo estuviera bien establecido. Se llevó una sorpresa. No sólo aparecían los sentimientos del autor, explayados en las casi trescientas páginas, con fotos incluidas, sino también la emoción (comedida) de la entrevistadora, que pasó varios días en Jujuy para familiarizarse con el entorno del entrevistado.

A Juan Libro lo irritan aquellos entrevistadores que enarbolan preguntas escabrosas o destilan ironía para condimentar el encuentro.

En este libro, en cambio, el itinerario fue escogido en función del aprendizaje, permitiéndonos conocer a Tizón, en el llano y en sus pliegues. Incluso el abordaje de sus obras, que aparece en el capítulo titulado “Soy cada uno de los personajes que voy escribiendo”, nos lleva a comprender lo que el autor toma o deja en la vera del camino. Su interés por conservar los vestigios del pasado, que aparece en novelas como Fuego en Casabindo se modifica con la publicación de La casa y el viento, su novela del adiós, “la mejor forma de cerrar un exilio tan doloroso para mí”.

Desde esa inflexión, Tizón piensa casi lo contrario de lo que pensaba antes: más que lo que queda, lo que importa es lo que deviene: “Lo vital es la mescolanza, la hibridación”.

Juan Libro pensó en la propia combinación de Tizón. Juez y escritor, casi al unísono. Da Costa obtiene varias respuestas, que apuntan a diferenciar uno de otro: “El juez no puede darse el lujo de dar una sentencia ambigua y un novelista no puede darse el lujo de no ser ambiguo, porque en la ambigüedad, justamente, está la riqueza de la prosa narrativa”. Por otra parte, “un novelista puede escribir con metáforas y hacer llover cuando se le da la gana; un juez no”. Sin embargo, hay un origen que los aúna: “El derecho nació de un género literario, como fue la tragedia. Cuando Layo dice que él sabe que Edipo es el rey, aparece la figura del testigo y el enorme poder del que sabe”.

Juan Libro siguió leyendo, provisto de una nueva confianza: había encontrado un amigo.

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