A 10 años de su muerte
Servir, el legado inmortal de la Madre Teresa
Por Bartolomé de Vedia
De la Redacción de LA NACION
El siglo XX produjo liderazgos extraordinariamente vigorosos en los más variados campos de la actividad humana y social. Pero ninguno de esos liderazgos alcanzó un reconocimiento moral tan unánime y completo como el que logró la albanesa Gonxha Agnes Bojaxhiu, conocida internacionalmente como la Madre Teresa de Calcuta, a quien el mundo evoca hoy, en el décimo aniversario de su fallecimiento.
Es curioso: el siglo que provocó dos guerras mundiales devastadoras, que encendió un debate ideológico de proporciones gigantescas –el que intentaron dirimir en su momento el estatismo comunista y el capitalismo liberal– y que transcurrió casi permanentemente bajo el signo de la violencia, la oposición y el desencuentro, se unificó simbólicamente, en sus últimos tramos, en la valoración admirativa hacia la acción de una mujer de aspecto frágil, aunque de indestructible poderío interno. Una mujer que aspiraba a redefinir el mundo en clave de amor, de solidaridad con los más humildes y de reconstrucción de los caminos que conducen a redescubrir a Dios. Una mujer obsesionada por ayudar a cada persona, por amar y por servir a cada pobre. Eso fue, fundamentalmente, la Madre Teresa. Una mujer extraordinariamente imaginativa, capaz de regalarle al mundo ideas y reflexiones como ésta: "¿Qué es la pobreza? La pobreza es libertad. La pobreza es esa maravillosa libertad por la cual todo aquello que poseo no me pertenece, no me domina, no me ata, no me impide compartir mis bienes con los más olvidados ni entregarme plenamente a mis hermanos".
Sólo un Mahatma Gandhi, un Martin Buber o un Juan Pablo II -por mencionar un poco al azar tres figuras de nuestro tiempo de vigoroso perfil espiritual- podrían aproximarse a lo que significó Teresa de Calcuta en su esfuerzo por descubrir una nueva manera de iluminar la vida en función del amor a los pobres, a los más necesitados, a los destinatarios directos de la solidaridad que propiciaba y practicaba.
Había nacido el 24 de agosto de 1910 en Skopje, una ciudad situada en el cruce de la historia entrañable de los Balcanes. Pero había nacido también en otros años y en otros lugares, según se complacía en subrayar. Había nacido, por ejemplo, el 10 de septiembre de 1946 en un tren que la llevaba de Calcuta a Darjeeling, ciudad en a la que se dirigía para practicar sus ejercicios anuales.
La hermana Teresa había ingresado en 1928 a la comunidad religiosa de Loreto, en Irlanda. Destinada a la rama misionera que esa comunidad tenía en Calcuta, había hecho sus votos definitivos en 1931. Durante ese decisivo viaje en tren recibió lo que a menudo solía denominar una "llamada dentro de la llamada". Una "sed infinita de amor y de almas" se apoderó en ese momento de su corazón y se convirtió en la fuerza motriz que movilizaría toda su vida, según consta en uno de sus escritos más recordados.
El mensaje era claro: debía abandonar el convento de Loreto para entregarse al servicio exclusivo de los pobres y los marginados. Pero, sobre todo, debía marcharse a vivir sola en los barrios pobres de Calcuta. El compromiso con los pobres exigía que se instalara a vivir con ellos y como ellos.
Por supuesto, para dejar el convento necesitaba una autorización oficial de la autoridad eclesiástica. Cuando presentó una petición formal en ese sentido, se entabló una discusión formal acerca de si debía solicitar su "exclaustración" o su "secularización". La hermana Teresa pedía que le dejaran abandonar el claustro, pero no quería perder su condición de religiosa. El arzobispo del que dependía su comunidad sostenía que lo correcto era que regresara a su estado secular.
Identificada con los pobres
La tenacidad de un espíritu iluminado por la fe es capaz de superar los más severos obstáculos. La hermana Teresa obtuvo, finalmente, lo que deseaba: se la autorizó a abandonar el convento y a dedicarse al servicio de los más pobres sin dejar de ser lo que hasta entonces había sido: una religiosa.
El primer paso estaba dado: había logrado ensanchar los límites de su claustro personal hasta hacerlos coincidir con el espacio abierto y sin fronteras visibles que estaba esperándola en los barrios paupérrimos de Calcuta. Era una transgresora, sin duda, pero a partir de su firme decisión de conservar intacta su intimidad conventual. Quería saltar las paredes del convento sin que eso significara modificar el espacio de su pequeño pero infinito reducto de oración y de fe.
Entendía que el Evangelio debía practicarse con palabras, pero sobre todo con obras. Por eso aspiraba a identificarse con los pobres, a vivir como ellos, a encarnarse en ellos. "Mi verdadera comunidad son los pobres. Su seguridad es mi seguridad. Su salud es mi salud. Mi hogar, ineludiblemente, está entre ellos", solía repetir. Y su vida fue absolutamente fiel a ese deseo.
Cuando finalmente logró fundar en Calcuta la Congregación de las Misioneras de la Caridad, en 1950, la madre Teresa era ya "la misericordia en acción", como la definió uno de sus biógrafos. Pocos años después -hacia los años 60- su liderazgo cobró notoriedad internacional y se instaló como una de las leyendas vivas de la espiritualidad del siglo XX.
Cuando alguna vez le preguntaron qué opinaba de los ricos, no vaciló en responder: "Creo que la persona apegada a la riqueza, en realidad es muy pobre. Sólo cuando esa persona pone su dinero al servicio de los demás, pasa a ser rica, riquísima. Veo a los ricos más pobres de lo que la gente imagina. Y creo también que están muy solos por dentro. Por supuesto, no todos son así: cada persona es diferente. Pero pienso que la pobreza de los ricos es la más difícil de eliminar. El hambre de amor es mucho más difícil de remediar que el hambre de pan".
A diez años de su muerte, la Madre Teresa de Calcuta es un símbolo al que la humanidad necesita volver una y otra vez.
Desde luego, es un símbolo para los cristianos, para quienes aspiran a encontrar cada día en el prójimo -y, sobre todo, en los más desposeídos- un testimonio vivo de su fe. Pero es también un signo para la humanidad en su conjunto, necesitada de un esfuerzo por rescatar a los que más sufren y por crear las bases de un código de solidaridad y comprensión que derribe definitivamente las murallas levantadas por el odio, la injusticia, la marginalidad, el fundamentalismo o la violencia.
Es decir, por todo aquello que hace que los hombres y los pueblos se queden solos con su infinita pobreza de espíritu. .
