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VIOLENCIA

Una mirada del fenómeno en Europa.

Sábado 18 de marzo de 2000

Ariel Hauptmeier es un periodista alemán; tiene 30 años, vive en Berlín y está en Buenos Aires becado por la International Journalist Program; durante dos meses estará en La Nación y su trabajo apunta a una investigación de la violencia en el fútbol argentino; qué mejor, entonces, que nos cuente el mismo fenómeno que se da en su país y en el resto de Europa.

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Entré en una barra brava a los 15 años -dice Thomas-. Estaba claro que no se debían utilizar armas ni golpear a la gente que no tuviera que ver con la violencia, ni tampoco tocar a las personas que hubieran caído al suelo." Hoy es diferente. Estas reglas ya no valen más. Los barrabravas jóvenes de Europa llevan cuchillos y palos y consumen cocaína. Golpean a cualquier persona que esté pasando por el mismo lugar que ellos. Y pueden, incluso, llegar a matar a golpes a un adversario.

Actualmente, Thomas tiene 26 años, es camarero en un hotel en Bremen, Alemania, y lleva una vida normal entre semana. Pero los sábados y domingos, así como el doctor Jekyll se convierte en Mr. Hyde, Thomas lo hace en una máquina de combate.

"Para mí, las peleas son como una competencia deportiva. Cuando derribo a alguien me siento como si tocara el cielo con las manos", dice Thomas.

En las barras bravas del Viejo Continente hay muchas personas como él. Bachilleres, padres de familia, policías... Incluso se vio a un modelo que trabajó con Claudia Schiffer. La violencia en las canchas no es expresión de marginalidad, sino la búsqueda de una emoción existencial. La evasión de una sociedad aburrida, sin verdadero riesgo.

Existe otra cara de las barras bravas. Hace pocos meses, la policía de Berlín descubrió una red de doscientas personas que controlaba la venta de cocaína en las discotecas. Los integrantes de esta red -formaban parte de la barra brava de Dynamo Berlín, club de la segunda división de Alemania- fueron sorpendidos en poder de una gran cantidad de armas de guerra.

En los estadios alemanes de primera división, el problema de la violencia fue solucionado en gran medida gracias a un plan de seguridad muy estricto. Los violentos que figuran en listas de la policía no pueden entrar en la cancha. Por un lado, hay muchos policías que reprimen con fuerza y, por otro, trabajadores sociales que conocen y se ocupan de los casos más problemáticos.

Además, todos los espacios están controlados por cámaras de video. Las grabaciones pueden ser usadas como prueba en el proceso. Los fiscales se encuentran dentro del estadio y el delincuente es juzgado pocos días después.

No obstante el esfuerzo, la violencia de los hooligans sigue siendo un problema, porque adaptaron su estrategia a la de la policía. Ahora, actúan fuera de las canchas, tienen mucha movilidad. No es posible identificarlos por la ropa, ya que visten como el común de los hinchas. Llevan teléfonos celulares y se citan en estaciones de servicio, autopistas o cualquier otro lugar donde no haya cámaras para vigilarlos ni policía para separarlos.

Como en la primera división del fútbol alemán hay mucho control, la violencia se trasladó hacia la tercera -como la primera B de la Argentina- y a los encuentros internacionales.

Los países del Viejo Continente están preocupados por la Eurocopa de este año. Las muy violentas barras bravas de Holanda y Bélgica, países donde se disputará el certamen, anunciaron por Internet que se juntarán con las de Inglaterra y Alemania. Así, empezarán una guerra de todos contra todos, y todos contra la policía.

Los ministros del Interior de los países de la Unión Europea (UE) tomaron medidas para evitar que se repitan los sucesos del Mundial de Francia, en los que casi muere un policía. Durante todo lo que dure el torneo se supenderá el Tratado de Schengen, por el que se eliminaron los controles fronterizos entre los países miembros de la UE. De esta manera, quieren evitar que ingresen las barras bravas en Holanda y en Bélgica. Para reforzar la seguridad, habrá 1500 efectivos en cada partido.

"La única lengua que entienden las personas violentas es el palo", dice Roger De Bree, encargado de seguridad de la Asociación Belga de Fútbol.

Las entradas para los cotejos están personalizadas, como si fueran un boleto de avión. Para ingresar en la cancha es necesario llevar el pasaporte. Este documento indica si su poseedor es miembro de una barra brava.

Además, el gobierno alemán promulgó una ley que obliga a los 3000 hooligans de la categoría C -los más violentos- a presentarse en la comisaría más cercana a su domicilio cada dos o tres días durante el campeonato.

Las medidas de seguridad no sólo son represivas. El plan tiene prevista una serie de actividades para prevenir la violencia alrededor de los estadios. Pantallas gigantes en las que se pueden ver los encuentros de fútbol, conciertos y encuentros pacíficos para que la gente que queda fuera de la cancha no se torne agresiva.

Sin embargo, estas medidas, que también se aplicaron durante el Mundial de Francia, no fueron útiles.

En Lens, un grupo de alemanes atacó a un gendarme y le provocó lesiones severas. Por este grave incidente, cuatro barrabravas fueron sentenciados: la pena más dura fue de 10 años de cárcel.

En Rotterdam, donde el 2 de julio de este año se jugará la final del campeonato, está una de las barras bravas más violentas de Europa. Mil jóvenes en total, que en 1997 mataron al líder de los barrabravas de Amsterdam en una autopista. En abril del año último, doscientos de ellos atacaron con hierros, botellas y bombas molotov. La policía debió defenderse disparando hacia los fanáticos.

Thomas, el hooligan de Bremen, va a seguir peleándose, afirma. No tiene miedo de pelear con cualquiera. El único temor que le genera la violencia es perder su trabajo.

Por Ariel Hauptmeier

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