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Lynch redobla la apuesta

Jueves 13 de septiembre de 2007
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Imperio ( Inland Empire , Francia-Polonia-Estados Unidos/2006). Fotografía, edición, guión y dirección: David Lynch. Con Laura Dern, Justin Theroux, Jeremy Irons, Julia Ormond y Harry Dean Stanton. Dirección de arte: Christy Wilson y Wojciech Wolniak. Producción hablada en inglés y polaco, con subtítulos en castellano y presentada por Distribution Company. Duración: 180 minutos. Nuestra opinión: muy buena

Imperio dura tres horas, tiene una trama casi imposible de seguir, una calidad de imagen bastante pobre con mucho grano y pixelado (fue rodada con una camarita de video casi obsoleta) y, a pesar de eso, es una de las películas más interesantes y distintivas de todas las que se han estrenado este año.

No es cuestión de engañar a nadie: si el lector no conoce la filmografía excepcional pero provocadora de David Lynch, si no está dispuesto a abrirse a la radicalidad narrativa, estética y temática que aquí se propone ni a entregarse con todos los sentidos a una experiencia tan rica como exigente, entonces mejor dejarla pasar. No hay aquí ninguna de las gratificaciones inmediatas que suele proponer el cine industrial y este viaje a una dimensión desconocida puede resultar, por momentos, casi abrumador.

Si a Lynch se lo conocía hasta ahora por la audacia y el desparpajo de Terciopelo azul, Twin Peaks, Carretera perdida o Mullholand Drive: el camino de los sueños , cabe indicar que Imperio redobla (o triplica) la apuesta. Estamos ante la película más extrema, deforme y ambiciosa de su carrera, un relato en el que nada es lo que parece, en el que el más insignificante detalle cotidiano se transforma en un monstruoso acontecimiento surreal, en la peor de las pesadillas posibles.

Bifurcaciones

Lynch se reencuentra con Laura Dern (la heroína de Corazón salvaje y coproductora de este nuevo emprendimiento) para una película que arranca con una historia más o menos lógica de cine dentro del cine, pero que de forma progresiva se bifurca en varias líneas narrativas que cambian constantemente de registro, de tiempos, de lugares, de actores y de tono. Algo así como navegar en Internet, hacer zapping en televisión o ingresar en un universo de realidad virtual.

El punto de partida (y de vista) es el de Nikki (Dern), una exitosa actriz que es elegida por un director (Jeremy Irons) para filmar la remake de una película nunca terminada por... el asesinato de sus protagonistas. Nikki, que está casada con un hombre impresentable, empieza a coquetear con su seductor compañero de elenco (Justin Theroux), pero, poco a poco, crece la confusión y la interacción entre la "realidad" de estos artistas y la ficción de la historia que están rodando.

Al tratarse de un film especialmente delirante, ominoso, alucinatorio, perturbador y desatado del director, comienzan a acumularse asesinatos, apariciones y visiones de corte fantástico, situaciones paranoicas y esquizofrénicas, mientras Lynch se divierte con constantes efectos visuales, matones polacos y leyendas gitanas, personajes con cabezas de burro cuyas apariciones son seguidas con esas típicas risas grabadas que se incluyen de fondo en los programas cómicos de la televisión, patéticos números musicales de viejos temas pop como The Locomotion o de clásicos de Nina Simone, prostitutas de prominentes curvas y escaso talento actoral, situaciones que apuestan al artificio teatral e ironías varias hacia las miserias de un Hollywood que Lynch ha aprendido a evitar, a trascender y a cuestionar.

Todo vale en una obra desmedida y descomunal que tiene el sello inconfundible de un verdadero autor que se ha decidido a subvertir todas las convenciones, los límites y prejuicios del cine contemporáneo.

Diego Batlle

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