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Circo criollo

Oficio de policías

Opinión

Por   | LA NACION

Las presidenciales de octubre están planteadas así: por un lado, una nube de candidatos que pretenden que las pocas semanas que faltan para las elecciones se estiren como un chicle para dar tiempo a que sus mensajes lleguen a la mayor cantidad de tipos y que luego se transformen en votos; y por otro, Cristina, que aspira a que los días que faltan para los comicios duren lo que un lirio, lapso que atravesará lo más vertiginosamente que pueda, administrando las entrevistas, dosificando los actos, negándose a debatir, viajando hoy aquí y mañana allá y tratando de convencer a todos de que representa a la vez la continuidad del éxito y la perspectiva del cambio. Si con eso le alcanza, ¡chapeau! y que los perdedores, con sus planes, sus denuestos y sus propuestas más afinadas que el violín de Paganini, lloren su frustración en el templo más cercano.

Pero aunque todos los indicios apuntan a que así será, esto no exime de advertir que el doble mensaje cristinista parte de algo tan aleatorio como la misma suerte y de algo tan inverosímil como que el matrimonio Kirchner puede llegar a tener dos enfoques distintos sobre la misma cosa; más aún, por sus características físicas personales, podría decirse que el único que puede tener dos puntos de vista a la vez es él y no ella. Se está asistiendo, acaso, a un fino juego electoral, encaminado a captar, lo mismo aquí que en el ancho mundo, toda esa franja de opinión pública cuya enemistad supo K ganarse a fuerza de hostilizarla. Y que va desde las grandes petroleras hasta los supermercadistas y desde la Sociedad Rural hasta los puesteros del Mercado Central.

Y que para conseguir sus objetivos, que al fin no son otros que los muy sanos de seguir gobernando mientras el Señor les dé vida (algo que muy bien comprende la mayor parte de los políticos y los sindicalistas criollos, por aquello de que más duro es trabajar), se han embarcado en este juego de sorprendente sutileza, si se toma en cuenta a los protagonistas. Pero que, en realidad, no es nada nuevo. Como que tiene más años que la injusticia y se lo conoce en todo el mundo como el juego del policía malo y el policía bueno. Primero entra el malo y para hacer cantar al sospechoso le da puñetes y lo somete a mil pellejerías. Y cuando este procedimiento ya está agotado, entra el policía bueno y, en lugar de cachetadas y pellizcos, le ofrece un cafecito con dos cucharaditas de azúcar y un vasito de Licor de las Hermanas. Con lo que se consigue que el pobre tipo se olvide del ojo en compota y de las uñas arrancadas y, confiado en que todo cambiará, cuando haya elecciones votará por el policía gentil, creyendo que con él todo será coser y cantar. Sin pensar que ambos, el malo y el bueno, no son más que caras de la misma moneda: de un lado, el hosco hombre de la jaula rosada, y del otro, sonriente y cada día más juvenil y relajada, Cristina Fernández.

"De Lupin se dirá lo que se quiera -dijo un tipo en el Margot-, pero fíjese que se encargó personalmente de que no subiera el precio de la papa. A Cristina esas cosas no le interesan." "No diga eso, maestro -intervino el reo de la cortada de San Ignacio-. Espere a que suban el precio del botox y ya va a ver cómo se pone como un basilisco". .

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