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Los fieles ya pueden pedir la antigua misa en latín

Sábado 15 de septiembre de 2007
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ROMA.- Con un "motu proprio" que debería poner fin a la división entre tradicionalistas preconciliares y fervientes sostenedores de la reforma instituida por el Concilio Vaticano II, Benedicto XVI dio libertad a los sacerdotes para celebrar la misa tridentina en latín, si así lo piden los fieles de sus parroquias, o seguir oficiando la "misa ordinaria", celebrada en todo el mundo a partir de 1970.

La verdadera novedad es que de ahora en adelante los sacerdotes podrán decidir sin permiso de la Santa Sede o del obispo la celebración de la misa con la antigua liturgia, conocida como rito tridentino (por el Concilio de Trento), instituido por San Pío V en 1536, que fue profundamente modificado durante los trabajos del concilio convocado por Juan XXIII en 1962 y clausurado por Pablo VI en 1965.

Los párrocos deberán, entre otras cosas, escuchar la opinión de sus feligreses para decidir qué tipo de misa celebrarán, pero es un hecho que la mayor parte de las generaciones de católicos posconciliares desconocen completamente el rito y están acostumbrados a ver al sacerdote que oficia la misa frente a los fieles y no mirando hacia el altar.

El cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, que ofició en Loreto la primera misa "oficial" en latín, preside la comisión encargada de las relaciones con los cismáticos seguidores del arzobispo francés Marcel Lefebvre, que no se resignaron nunca a la moderna liturgia utilizada desde 1970.

Lefebvre creó en 1971 un movimiento integrista y tradicionalista que en su momento obtuvo numerosos seguidores e hizo temer un nuevo cisma en la milenaria historia de la Iglesia.

Con la liberalización de la liturgia, por lo tanto, el Vaticano se hace eco en particular de un insistente pedido de los seguidores de Lefebvre, excomulgados junto con el obispo cismático en 1988, que debería llevar a la conclusión de las diatribas que en el siglo XX dividieron la Iglesia Católica, y es el aspecto más "político" del "motu proprio".

Por Cristina Taquini Para LA NACION

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